14 octubre, 2015

Ciudad satélite

por Alejandro Hernández Gálvez | @otrootroblog

El 4 de octubre de 1957 se lanzó desde el Cosmódromo de Baikonur el Sputnik 1, el primer satélite artificial que logró ponerse en órbita alrededor de la Tierra. El Sputink 1 era una esfera de aluminio de 58 centímetros de diámetro que pesaba 83 kilogramos y con cuatro antenas de más de dos metros de largo cada una. Diez días después, el 14 de octubre, Hanna Arendt cumplía 51 años. Había nacido en 1906 en Linden. Estudió en Königsberg y en Berlín y luego en la Universidad de Marburgo, donde fue alumna de Martin Heidegger. En 1933 dejó Alemania; se fue primero a Checoslovaquia, luego a Ginebra y finalmente a París, donde conoció y se hizo amiga de Walter Benjamin. Tras la ocupación alemana del norte de Francia, fue enviada a un campo de concentración al sur, del que salió en 1941 exiliándose entonces a Nueva York. En 1957, el año que se lanzó el Sputnik, Arendt terminó su libro La condición humana, que se publicó al año siguiente. En el primer párrafo del prólogo escribió:

En 1957 un objeto originado en la tierra y hecho por el hombre fue lanzado al universo, donde pro algunas semanas circuló la tierra según las leyes de la gravedad que mecen y mantienen en movimiento los cuerpos celestes —el sol, la luna y las estrellas. Estamos seguros que el satélite hecho por el hombre no era ni luna ni estrella, ningún cuerpo celeste que pudiera continuar su órbita por el tiempo que, para nosotros mortales, limitados al tiempo terrestre, dura de la eternidad a la eternidad. Con todo, el tiempo que pudo mantenerse en los cielos, habitó y se movió en la proximidad de los cuerpos celestes como si hubiera sido admitido, tentativamente, en su sublime compañía.

Para Harendt, ese momento marcaba un cambio de importancia no inferior a ningún otro en la historia humana: la Tierra, “la quintaesencia de la condición humana”, empezaba, como en literatura de ciencia ficción, a dejar de ser nuestro único hábitat y al “artificio humano del mundo,” eso que separa nuestra existencia de la de todos los demás seres vivos, se le abría la posibilidad de pasar de la Tierra al universo. Pero la condición humana no está sólo determinada por nuestra residencia en la Tierra, sino por nuestra manera de relacionarnos con ella y con nosotros mismos, en ella, a partir de tres “actividades humanas fundamentales”: la labor, “la actividad que corresponde al proceso  biológico del cuerpo humano,” es decir, aquello que hacemos para mantener la vida misma; el trabajo, que es “la actividad que corresponde a la no-naturalidad de la existencia humana” y que provee “el mundo «artificial» de las cosas;” y la acción, “la única actividad que sucede directamente entre los humanos sin el intermedio de cosas o de materia y que corresponde a la condición humana de la pluralidad.” La acción es la condición de la vida política.

Al final del prólogo a su libro, Arendt apunta una doble alienación en el mundo moderno: por un lado el vuelo de la Tierra al universo que el lanzamiento del Sputnik parecía confirmar y, del otro, el repliegue del mundo al individuo. Como si el espacio exterior —ese espacio que la ciencia primero describía y luego conquistaba colocando cuerpos celestes artificiales en órbita alrededor de la Tierra— y el espacio interior —el de la intimidad del individuo aislado— amenazaban tanto al espacio común —ahí donde tienen lugar la labor y el trabajo— como, sobre todo, al espacio público o, como lo llama Arendt, al espacio de aparición:  ahí donde “la acción y el lenguaje crean un espacio entre los participantes;” el espacio donde “yo aparezco a los otros y los otros aparecen ante mi.” La polis, agrega, “es esa organización de la gente que resulta de actuar y hablar juntos, y su verdadero espacio yace entre la gente que vive junta con ese propósito, sin importar dónde estén.” Que hoy un satélite artificial pueda conectar a dos personas aisladas en lugares distintos y distantes, ¿implica la desaparición del espacio de aparición o que, simplemente, está en otra parte?

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