21 julio, 2016

Ciudad Pokemon

por Pedro Hernández Martínez | @laperiferia

¿Qué será de la ciudad después de un juego como Pokemon? Más allá del elevado número de descargas, de las ganancias de Nintendo, la ciudad puede cambiar. Tal vez suene a idea pasajera y, en realidad, el juego se vaya como llegó, de forma casi espontánea. En una reciente entrevista realizada a Beatriz Colomina y publicada en este mismo blog, la académica apunta que hoy ya no nos movemos en la ciudad moderna, sino que navegamos un espacio híbrido: «estás aquí y en otras tantas partes del mundo simultáneamente. ¿Qué tipo de experiencia es esa?”

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Porque ante el exorbitado éxito del fenómeno Nintendo, apoyado, todo sea dicho, en un halo de nostalgia por la infancia —¿quién no soñó con ir a cazar pokemones?— no debiéramos extrañarnos si empresas y marcas se lanzan a imaginar logros y descuentos por nuestras ciudades. ¿Suena a imposible? No tanto. El pasado 13 de julio la cuenta del Jardín Botánico de Culiacán —un lugar con obras artísticas de autores como Dan Graham, Francis Alÿs o Richard Long— animaba a sus seguidores a visitar el espacio y cazar nuevas especies de pokemons. ¿Por qué no pensar entonces en espacios —culturales, comerciales o lo que quieran pensar— que puedan pagar por tener la exclusividad de poder cazar en su perímetro uno de esos animales digitales que sirven para esa espacie de versión binaria de peleas de gallos? Si el fenómeno se extiende, ¿cómo será vivida la ciudad?, ¿como una práctica integra o como un simple trendingtopic urbano donde los flujos, acciones y hábitos sean definidos por algoritmos?

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La polémica no ha tardado en llegar, el museo de lo que fuera el campo de concentración de Auschwitz ya ha vetado el juego ante la aparición de un Pokemon de gas que ha provocado el enojo de muchos. Al parecer, no hay espacio para ellos en un lugar tan marcado por el dolor. Y es que la pantalla nos separa de lo real, creando una realidad que nos resulta a veces más cómoda, sugerente y apetecible. Una fórmula que puede conducir al consumo y a la demanda masiva de imágenes superficiales que no sean capaces de resolver de una forma integral los problemas que presenta la ciudad.

Imagen de esto son la transformación de las políticas urbanas en una marca o un simple hashtag, que busca condensar los comentarios y opiniones en una palabra o concepto, pero que puede limitar la crítica y el debate a un reducido like de Facebook —ahora acompañado de otros igual de complejos cinco sentimientos más­. Todo esto puede sonar a una postura conservadora. Nada más lejos. Las posibilidades de entender la ciudad en términos híbridos tienen un potencial enorme. Una ciudad así permite incorporar más capas de información, pero sólo cuando ésta sea puesta en un diálogo abierto y no gestionada por unos pocos que pretenden reducir todo a un simple fenómeno de consumo.

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