31 julio, 2017

Ciudad opaca, crímenes nítidos

por Christian Mendoza

La colonia Narvarte Poniente, delegación Benito Juárez, todavía no muestra los indicios de gentrificación que continúan modificando a otras zonas no tan alejadas de su perímetro. Si tomamos, por ejemplo, la calle Luz Saviñón, una de las vías principales del barrio, encontraremos que está compuesta por lavanderías, ferreterías, tiendas de abarrotes, cafeterías minúsculas y casas antiguas que continúan siendo habitadas por familias y no por oficinistas. Luz Saviñón no es una calle particularmente distinta a las que forman el trazo de la colonia. No se diferencia por su tranquilidad, tampoco por mantener algunas cervecerías artesanales y otros locales para la vida nocturna, uno de los principales indicadores que pueden determinar que una zona sea segura o no. La Narvarte puede describirse como una zona familiar e incluyente, a pesar del edificio 1909 de Luz Saviñón y de que, hoy hace un año, hayan asesinado en esa construcción a Nadia Vera, a Yesenia Quiroz, a Mile Virginia Martín y a Olivia Alejandra Negrete. La vida en la Narvarte continúo después del 31 de julio de 2015.

De los hechos ocurridos hace un año, tenemos imágenes nítidas, declaraciones contundentes y protestas cuya comunicación, en su momento, predominó en los medios. Tenemos la portada de la revista Proceso del 16 de febrero de 2014, en la que se imprimió un retrato de Javier Duarte, hecho por el fotoperiodista Rubén Espinosa, y la declaración de su autor hecha para el portal de noticias Sin Embargo: “Tengo una portada en la revista Proceso con el gobernador, esa portada lastimó mucho, de hecho la compraron a granel…” Tenemos la “recomendación” que hizo Duarte a los periodistas, con la excusa de estar preocupado por las familias de los colaboradores de los medios de comunicación. Estamos hablando del infame “pórtense bien”. También, podemos ver retratos que se le hicieron al mismo Rubén, de pie sobre las escalinatas del Ángel de la Independencia, sosteniendo pancartas que piden un alto al asedio que sufren los periodistas. Tenemos la declaración que Nadia Vera dio a Rompeviento TV: “Responsabilizamos totalmente a Javier Duarte Ochoa, gobernador del Estado [de Veracruz] y a todo su gabinete sobre cualquier cosa que nos pueda suceder a los que estamos involucrados en todo este tipo de movimientos”. Las declaraciones de Espinosa y de Vera sobre las continúas amenazas que recibieron del gobierno de Duarte, y sobre su exilio en el entonces Distrito Federal, están recogidas en casi todos los medios nacionales. Tenemos también su subsecuente asesinato el 31de julio de 2015, en el edificio 1909 de Luz Saviñón en la colonia Narvarte. Rubén Espinosa y Nadia Vera vivían con la modelo colombiana Mile Virginia y con la maquillista Yesenia Quiroz. La entrada de Wikipedia sobre el homicidio múltiple describe a Olivia como una “trabajadora doméstica”.

Sin embargo, a pesar de la nitidez de las declaraciones, de las posibles evidencias, de que actualmente Javier Duarte es enjuiciado en México, el caso continúa empañado por especulaciones que, a veces, bordean la calidad de habladurías. Abraham Torres y Daniel Pacheco, los detenidos durante las investigaciones, se retractaron de sus propias declaraciones. El comandante encargado de la investigación contaminó la escena del crimen. Mile Virginia tenía amistades con narcotraficantes y todo fue un ajuste de cuentas. Las víctimas del crimen no existen porque todo siempre es un ajuste de cuentas. Asimismo, no se puede señalar a Javier Duarte de nada, a pesar de lo que repetidamente dijeron los involucrados en lo que más tarde se denominaría el Caso Narvarte, y a pesar de que todos los medios de alcance nacional han investigado a fondo el asedio bajo el que Duarte mantuvo a Veracruz, cuyas provocaciones fueron la deuda en la Universidad Veracruzana o los falsos tratamientos médicos que proporcionaba a niños en hospitales que él mismo inauguró. Los hechos ocurridos en la calle Luz Saviñón quedan envueltos en una opacidad que, como llegó a señalar Sergio González Rodríguez, es totalmente operativa. No saber, desdibujar, es la agenda. Los “narcositios” de Tláhuac y los nexos que han comenzado a aparecer entre el líder del cartel con funcionarios de la delegación, según dice la Asamblea Legislativa, desvían las investigaciones sobre la inseguridad de esa región. Las víctimas, también, terminan representadas como personajes de un chisme, como los provocadores de su propia muerte debido a sus malos pasos. No es impertinente citar de nuevo el caso de Lesvy Osorio y los tuits de la PGJDF al respecto.

Pareciera, entonces, que los crímenes suceden en un momento muy breve, y que en ese microsegundo, en ese momento tan pequeño que representan los escándalos mediáticos, nos asomamos a todo el horror que comienza, desde hace mucho, a anidar en la ciudad. Lo miramos en toda su claridad, para inmediatamente después ver fragmentada esa visión por infinitas bifurcaciones que suceden desde que el peritaje forense en la escena del crimen contamina o pierde la evidencia, hasta los guiones de novela negra imaginados, la mayoría de las veces, por las mismas autoridades. A esta opacidad se agrega otra: la de los filtros de Instagram. La ciudad y sus crímenes también quedan envueltos en su disfraz de “Nueva Berlín” y de “Nueva Islandia”. La opacidad de las fotografías que representan a una capital como el paraíso del turista culto, que desea exotismo con ciertas dosis de arte. Bajo esta lógica, el crimen sólo puede mantenerse como una realidad especulada. Aquí no hay crimen ni redes que lo orquesten, tenemos sólo nota roja.

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