4 noviembre, 2019

Ciudad: el secreto de la mirada perpendicular

por Juan Palomar Verea

Dice el poeta que los griegos miraban sus ciudades. Era su primera y cotidiana manera de querer y mantener al suelo que pisaban. Recuperarlo, honrarlo. Reconocer otra vez lo propio, volverlo nuevo, darle alas y deseo. Mantenerse vivos, los griegos, mirando sus propias cosas. Esta continuada operación de estar al pendiente de los asuntos urbanos puede ser a la vez muy sencilla y muy sofisticada. Es el ojo del amo que engorda el ganado, es la costumbre ancestral de establecer un cuidado colectivo sobre el patrimonio común.

Pasear, circular por la ciudad, es en sí mismo un ejercicio de activación de la vigencia de un contrato social. Todo está allí, todo funciona, los árboles crecen, los días pasan. Sobre la sólida base de lo comunitario es entonces posible establecer derroteros personales. Pero sucede que es necesario también romper las rutinas de lo gris y lo esclerótico; las que se forman a fuerza de pura repetición, de manoseada reiteración. Como cuando se recorren una y otra vez los mismos itinerarios de los que se cree ya haberlo visto todo.

Puede ser la mirada unidireccional. Ir viendo simplemente hacia el frente mientras en panorama de diario discurre a nuestros lados. Todo es visto de golpe, nada es posible considerar en particular. No hay prácticamente distinciones ni contrastes, sino una acumulación plana de no lugares. Miles de kilómetros pueden así ser cubiertos sin que nuevas informaciones enriquezcan lo captado, sin que ningún dato relevante pueda alimentar la información, ilustrar la mecánica urbana.

Basta ponerse de través. Avanzar con el campo visual paralelo a lo que pasa a los lados. Conservar la mirada en posición perpendicular al avance del recorrido. Y entonces se vuelve a redescubrir que el recorrido no es más que una compleja sucesión de intersticios, de entreveros llenos de contraste, amenidad y frescura. Lo que era una fachada plana, una simple serie de bocacalles, se despliega en un juego de dimensiones, en una variedad de escalas. Ventanas insospechadas, detalles divertidos, tamaños inesperados. Las cosas y las actividades adquieren nuevas significaciones. Un cancel plano revela ahora todo un mundo en su interior, un patio que se comprueba así muy amplio ofrece todo un programa a disposición de quien pasa.

La vida perpendicular es la de las cosas vivas, al alcance de la mano, inteligibles. Entre ellas se establecen relaciones, jerarquías. Por ejemplo, una escuela vista así deviene en toda una cosmología, un universo contenido en las horas vacantes de la mañana.

No es más que un salto en la costumbre, una alteración de lo habitual: mirar sin los obstáculos que conforma lo rutinario. Y hacerse dueño entonces de la ciudad, hacerse responsable de ella. La mirada perpendicular desarticula lo gastado y lo previsible, entrega una lucidez que resulta indispensable.

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