10 abril, 2020

Ciudad diversa

por Christian Mendoza

La “diversidad” de usos que tendrían que tener las ciudades es una de las ideas más defendidas por Jane Jacobs en su libro La muerte y la vida de las grandes ciudades americanas. Para la autora los barrios, las calles y los parques no pueden reducirse a una sola forma de tránsito, deben ser espacios permanentemente abiertos a todas las clases de ciudadanía. En las páginas del libro, las zonas de oficinas y los suburbios son constantes ejemplos que demuestran cómo, si se coloca en un amplio terreno una sola forma de vida —las casas donde la gente se aísla del exterior, o los edificios que mantienen en movimiento a las calles únicamente en horas laborales—, éste degenerará en una gran área gris que no construye ningún tipo de productividad ni social ni económica. Jacobs declara que la diversidad es un factor obligado para considerar a una ciudad como tal, pero el espectro de lo que ella considera diverso se rige por los usos mixtos, y nada más.

Una ciudad enriquecida podrá albergar lavanderías, escuelas, oficinas y centros de esparcimiento de manera simultánea. Así, el ciudadano tendrá a la mano herramientas para satisfacer todas sus necesidades, y la economía urbana se mantiene en un constante flujo. Jacobs escribió La muerte y la vida de las grandes ciudades americanas en 1969. Por supuesto, no se podía predecir que este ensamble de usos comerciales y de vivienda sería lo que ahora conocemos como gentrificación. En la Ciudad de México, es un dato obvio que las colonias que cuentan con servicios y amenidades de todo tipo son las que tienen las rentas más encarecidas. Además, la diversidad planteada por la periodista contempla aspectos que sus propios lectores adoptaron a sus propias necesidades, las cuales podrían tomarse por reprobables por lo que se pensaría que es una ciudad comercialmente diversa.

 

Samuel R. Delany es un académico y escritor estadounidense, especializado en ciencia ficción –o lo que se denomina en estudios literarios como ficción especulativa– que expresó su total acuerdo con las perspectivas de Jacobs en su libro Times Square Red, Times Square Blue, que en 2019 cumplió 20 años de publicación. Para Delany, la ciudad permite establecer relaciones con otros ciudadanos que están dirigidas por el consenso, el respeto a la privacidad pero también el cuidado mutuo y que pueden cultivarse cuando, si seguimos a Jacobs, los urbanitas transitan entre tiendas pero que, según Delany, ocurren en los cines pornográficos. Times Square Red, Times Square Blue es una memoria de la célebre avenida de Nueva York antes de su regeneración, con la que se construyeron restaurantes y oficinas pero que provocó la clausura o demolición de los cines que proyectaban material pornográfico, y que desplazó hacia las periferias bares concurridos por la clase trabajadora, drag queens y hombres homosexuales. Delany, cámara en mano, camina por una Times Square totalmente destruida y retrata algunos de los sobrevivientes de la especulación inmobiliaria, como prostitutos y taxistas, además de las fachadas de aquellos cines donde entabló relaciones fugaces y significativas no sólo con otros hombres, sino también con otras clases sociales.

Para el autor, los cines fueron espacios públicos ya que funcionaron como refugios para las poblaciones más precarizadas –conformadas por hispanos, hombres racializados, judíos e incluso sujetos con enfermedades mentales–, en los que se cuidaban de la intrusión policiaca, tomaban siestas o se masturbaban. La concurrencia a los cines no sólo planteó posibilidades afectivas para hombres heterosexuales con gustos homosexuales, o para homosexuales que buscaban contacto físico en tiempos de persecución médica y policiaca, sino que permitió encuentros interraciales y entre clases con una facilidad mucho más contundente. Delany describe a los cines como instituciones que permitieron aperturas urbanas hacia los otros –hacia la otredad– y subvirtieron al interior doméstico ocupado por las familias monógamas, ya que las redes de apoyo podían expandirse no hacia una sola persona sino a una sala de cine entera. También Delany no deja de mencionar que la regeneración de Times Square y la subsecuente destrucción de los cines pornográficos fue por un interés doble: la economía inmobiliaria y el pánico moral. Darle a ciudad la faz de los restaurantes y de las oficinas, de cierta manera, también ayudó a “controlar” una crisis de salud pública como lo fue la epidemia del SIDA: «La amenaza del SIDA produjo una ordenanza de salud de 1985 que comenzó el cierre de los medios sexuales específicamente gay en el vecindario: las casas de películas gay y los teatros porno heterosexuales que permitían la masturbación abierta y la felación entre la audiencia. Por un dólar cuarenta y nueve en los setenta, y por cinco dólares en el año antes de su cierre desde la mañana hasta la medianoche podías entrar y, en los asientos caídos, ver una proyección de dos o tres videos porno hard-core

 

Es probable que Delany haya vivido la misma Nueva York que la documentalista Jenni Livingston retrató en la cinta Paris is Burning, que actualmente celebra 30 años desde su estreno. Livingston transita el barrio Harlem para adentrarse en la escena subterránea del ball, encuentros de baile pero también de escenificaciones que reunieron al mismo sector que Delany pudo conocer en los cines: hispanos y hombres racializados, además de mujeres trans. En salones, todos ellos podían expresar glamour, poder político y económico, a través de una parodia cercana a la fiesta de disfraces. Ya sea mediante una pasarela en la que hombres competían para decidir quién se parece más a una mujer, con el montaje de un desfile militar conformado por hombres racializados, o por una “sesión de fotos” con personas hispanas vestidas con los códigos de aquellos que juegan al tenis o son dueños de yates, Paris is Burning pone en la superficie las diferencias raciales y de clase que existen entre quienes habitan lo que era considerado un gueto y la ciudadanía mayoritariamente blanca que pueden entrar a las tiendas departamentales sin ser calificadas como criminales. El punto de vista de Livingston también contempla cómo en la calle o en los balls fueron conformándose las mismas relaciones que consigna Delany, aunque con un grado de mayor compromiso. Si para Delany el cine era un espacio hecho para lo provisional, los testimonios que recoge la cámara de Livingston narran cómo las prostitutas drag y los hispanos homosexuales organizaron casas que los retiraban, momentáneamente, de una indigencia a las que fueron orillados incluso por sus propias familias. Delany llega a mencionar que personajes como Marshall Berman o Rem Koolhaas lo acusaron, burlonamente, de tener una nostalgia por el distrito rojo de Nueva York, cuando el desarrollo inmobiliario era más bien un rescate de una zona poco higiénica y poco segura. Pero Delany y Livingston dejan abierta una pregunta crítica: ¿cómo es posible que las remodelaciones inmobiliarias ataquen supuestos problemas de salud pública, pero sin ofrecer garantías de vivienda y de encuentro a las poblaciones vulneradas por ese desplazamiento? 

Hace 40 años se publicó en México El vampiro de la colonia Roma, de Luis Zapata. Primer premio en el concurso de novela Juan Grijalbo, el libro de Zapata provocó un escándalo de censura en el medio literario de ese  entonces. A decir de José Joaquín Blanco, la novela de Zapata levantó las opiniones reprobatorias de las plumas ilustres de Juan Rulfo y Sergio Magaña. Además del puritanismo estético, los setenta también fue una década que terminó de clausurar la posibilidad de la protesta pública tras la Matanza del Jueves de Corpus, evento no muy posterior a lo ocurrido el 2 de octubre en Tlatelolco. Para la construcción de Adonis García, personaje principal de El vampiro, Zapata retoma la tradición de la picaresca, cuya constante es la de permitirle el habla en primera persona a criminales de poca monta, indigentes y jugadores, todos ellos personajes que encarnan prohibiciones de lo que las leyes del siglo XVII llegó a considera como vicios de la vía pública. Zapata coloca en el mismo nivel a un “chichifo”, un prostituto masculino que recorre calles y establecimientos de la colonia Juárez y de la Zona Rosa para “talonearle”, es decir, agarrar clientes en la vía pública o en espacios tan sanitizados como son la cadena de restaurantes y tiendas departamentales Sanborns, cuya atmósfera es más bien familiar y que, se dicen, fueron un punto importante para el ligue gay antes de que en la ciudad existiera mayor abundancia de bares que pudieran recibir a cierta concurrencia en particular. Si el Lazarillo de Tormes robaba comida para una aristocracia putrefacta que se negaba a aceptar su ruina, Adonis García vende su cuerpo a hombres heterosexuales y políticos que no pueden aceptar abiertamente su orientación sexual. Para Adonis García la domesticidad es algo imposible de habitar. El espacio mínimo de un cuarto en la colonia Roma es el sitio donde llega a sentirse más precario por su situación económica y subjetiva, y donde sus intentos de relaciones monógamas terminan en la estridencia de la promiscuidad y lo celos, polos equivalentes en su historia. Las calles –Reforma, la Alameda– calman la claustrofobia que le pueden llegar a provocar los interiores, ya sean los de una vecindad de la vieja Roma o los de la mansión suntuosa del político que llega a adoptarlo.

Susan Stryker en Transgender History. The roots of today’s revolution cuenta cómo la ciudadanía periférica de distintos centros urbanos de Estados Unidos habitó los márgenes de la ciudad, los cuales fueron entregados a las instituciones inmobiliarias y familiares. Una vez que se desarrollaba vivienda proyectada para una familia que estuviera conformada por padre, madre y tres hijos, y que los servicios por los que tanto abogaba Jacobs aumentaran el costo de la renta, las mujeres trans, los hombres negros, los migrantes y la diversidad sexual se trasladaba a lo que los detractores de Delany nombraban como distrito rojo. Según Stryker, fue en esos márgenes donde se construyó la contracultura que devendría en el movimiento por los Derechos de la Comunidad LGBT, cuya principal punto de articulación fueron las calles. El cine, el baile, el espacio público: aquí se han expuesto tres ejemplos del siglo XX, anclados en lo documental y en lo ficcional, que demuestran la oportunidad política de los espacios que fueron construidos por cuerpos no legitimados por la narrativa hegemónica de las ciudades, oportunidad  historiada por Stryker y también, desde sus propias preocupaciones, por Guillermo Osorno y Carlos Monsiváis en textos dedicados a la ciudad, pero también a las actividades festivas y sexuales que aportaron lo propio para modificar, de alguna manera, los usos de lo urbano. Para estas comunidades, la calle y algunos interiores ajenos a la domesticidad de la clase media heterosexual fueron espacios para construir lo colectivo, más allá de lo que se puede mediar  en el espacio público en cuestiones tránsito ciudadano y de flujos comerciales. El cine y el ball permitieron la formación de apoyos comunitarios que abarcaban aspectos provisionales, como comprarle una comida a un prostituto en el cine, siguiendo a Delany, o albergar bajo un techo a los desposeídos, como retrata Livingston. «Esta ciudad es muy cachonda», dice Adonis García en el capítulo final de El vampiro de la colonia Roma, donde pronuncia una reflexión de cómo espacios que son adaptados a los encuentros sexuales, como los baños de vapor, «las esquinas mágicas» o las tiendas departamentales son también sitios donde, al menos en lo que respecta al personaje de Zapata, forjó su identidad individual y comunitaria. Sin embargo, la tecnología urbana vuelve a acercarse a parámetros que segmentan las clases socioeconómicas, evitando de alguna manera la diversidad política. La geolocalización de aplicaciones como Grindr parecen evitar el encuentro entre clases sociales que antes permitían otros sitios. La solución no está en romantizar las posibilidades comunitarias del siglo XX, pero los años recientes del XXI han estado marcados por la protesta, por un cuestionamiento de cómo habitamos la calle y la casa, algo que ha sido señalado activamente por las organizaciones feministas alrededor del mundo. La diversidad urbana vuelve a adquirir matices sociales. ¿De qué manera la comunidad LGBT se suma a esta discusión? Si la romantización no es útil, tal vez la memoria sí. En Tengo que morir todas las noches, Guillermo Osorno recoge el testimonio de cómo, tras el terremoto de 1985, los trabajadores y los clientes de El 9 —drags, hombres homosexuales—, el primer bar gay de la Zona Rosa, organizaron una colecta por los damnificados.

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