31 mayo, 2018

Un solo árbol: ciudad apropiada y apropiable

por Juan Palomar Verea

 

Hacer propia la ciudad es una de las principales necesidades de la convivencia urbana. Esto quiere decir identificarse con su presencia física, encontrar puntos de referencia, ser capaz, como individuo, de reconocerse como integrante de una comunidad que comparte los ámbitos en los que transcurre su vida cotidiana.

La ciudad, en toda su compleja estructura, se conforma de pequeños y grandes hitos que le dan carácter, que determinan su fisonomía. Pueden ser entornos urbanos completos, piezas arquitectónicas destacadas, cuadras por diversas razones recordables, fachadas que se convierten, por su gracia o peculiaridad, en elementos citadinos destacados.

El anonimato, la indiferenciación, provocan en los habitantes un extrañamiento ante sus contextos vitales. Esta condición de alejamiento respecto al marco físico de la existencia conlleva irremediablemente a una distancia de los demás ciudadanos, a una cierta indiferencia frente a la gran variedad de temas que atañen a la comunidad.

La cara visible de la ciudad siempre será el reflejo del estado que guarda su funcionamiento social y las condiciones más hondas en las que transcurre su devenir. Por fortuna, basta asomarse a gran cantidad de barrios y colonias tapatíos para advertir una sana vitalidad. Es allí, en los contextos comunes, en donde son evidentes los lazos de solidaridad e identificación entre vecinos, la afinidad de modos de entender la vida, la red social que logra dar forma de comunidad a lo que de otra manera no sería más que la yuxtaposición de intereses particulares demasiado frecuentemente discordantes.

Por supuesto que, como en toda convivencia urbana que se ha dado a través de la historia, hay a veces conflictos y diferencias. La común noción del interés general, los ordenamientos legales y la prudente intervención de la autoridad debieran bastar para conciliar estas dificultades. En la medida que los escollos a la convivencia se acentúen aparece la falta de identificación con el entorno vital y se corre el peligro de una gradual desintegración del medio humano.

Es por todo lo anterior que resulta urgente la transmisión, a través de la fisonomía urbana, de su ambiente general, de las cualidades que subrayen la pertenencia a una comunidad, la invitación permanente a apropiarse de su contexto físico, de sus características particulares, de sus perspectivas y arquitecturas.

Un solo árbol, bien plantado y mantenido, de generosa talla y de silueta memorable, basta a veces como seña de identidad, como rasgo de orgullo para todos los que lo reconocen, los que agradecen su sombra y su frescura. Tal ejemplar arbóreo se constituye en un hito, una señal reconocible y compartible de que es posible una mejor ciudad, más amable, más susceptible a volverse propia, defendible, querible. A veces, la ciudad es, en esencia, un magnífico árbol que se vuelve propio para todos.

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