19 noviembre, 2019

Cien años de Shakespeare and Company

por Alejandro Hernández Gálvez | @otrootroblog

“La primera vez que entré en la librería estaba muy intimidado y no llevaba suficiente dinero para suscribirme a la biblioteca circulante. Ella me dijo que ya le daría el depósito cualquier día en que me fuera cómodo y me extendió una tarjeta de suscriptor y me dijo que podía llevarme los libros que quisiera.” Eso escribió en los años cincuenta Ernest Hemingway, contando su estancia en París en los años veinte del siglo pasado. Ella era Sylvia Beach, la dueña de Shakespeare and Company, librería y biblioteca de préstamo que abrió sus puertas hace cien años. “Tenía las piernas bonitas y era amable y alegre y se interesaba en las conversaciones; le gustaba bromear y contar chistes,” según Hemingway. Beach nació el 14 de marzo de 1887 en Baltimore, Maryland. “Tenía unos 14 años cuando papá llevó a toda la familia a vivir a París”, escribió Beach en sus memorias, publicadas en 1959. Tres años después regresaron a vivir a Princeton, pero volvían a pasar algunas semanas o meses incluso en Francia cada que les era posible. “Teníamos una verdadera pasión por Francia”, dijo Bleach.

En 1917 ella y su hermana, Cyprian, volvieron a París para estudiar. “Un día en la Biblioteca Nacional —cuenta Beach— me di cuenta que una revista se podía comprar en la librería A.Monnier, en el 7 de la calle del Odéon.” Adrienne Monnier había nacido en París en 1892. El 15 de noviembre de 1915, usando el dinero que su padre le dio y que él había recibido como compensación por un accidente, abrió La Maison des Amis des Livres. Desde el primer día que se conocieron, Beach y Monnier hablaron de su pasión compartida: los libros. Beach pensó en abrir una sucursal de la librería de Monnier en Nueva York, pero al final decidió abrir una con libros en inglés en París. Monnier le avisó de un local vacío, una antigua lavandería ahora en renta, a la vuelta de la calle del Odéon, en el número 8 de la calle Dupuytren. “Al poco tiempo —escribe Beach—, mi madre en Princeton recibió un cable mío que decía simplemente: «Abro una librería en París. Por favor envía dinero,» y me envió todos sus ahorros.” Empezó la compra de libros —la mayoría de segunda mano en librerías parisinas— y los arreglos del local. No se planteó una fecha para abrir. “Finalmente llegó el día en el que todos los libros que pude comprar estaban en los estantes y uno podía caminar sin tropezarse con escaleras y latas de pintura. Shakespeare and Company abrió sus puertas. Era el 19 de noviembre de 1919.”

Beach había previsto que el préstamos de libros en inglés en París tendría más éxito que su venta. “Por eso conseguí todo lo que me gustaba para poderlo compartir con otros.” Los suscriptores, tras dejar un depósito, podían llevarse hasta dos libros a la vez, aunque había excepciones como Hemingway o James Joyce, que según Beach se llevaba docenas de libros y los tenía en su casa por años. Cada miembro tenía una pequeña tarjeta de identidad, “tan buena como un pasaporte”, dice Beach que le contaron. Entre los primeros suscriptores estuvo André Gide y, recién llegados de Londres, Ezra Pound y su esposa, Dorothy Shakespear. También Gertrude Stein y Alice B. Toklas, Walter Benjamin, William Carlos Williams o Paul Valery fueron algunos de los muchos escritores y artistas que se volvieron habituales de la librería de Beach. El verano de 1920 entró a la librería el que sin duda sería el más importante miembro del club de lectura: James Joyce.

Prueba del Ulises con correcciones de Joyce.

 

Beach admiraba la obra de Joyce y pronto se volvió su amiga y confidente. Cuando Joyce le contó sobre los problemas para encontrar un editor para la obra que estaba a punto de terminar, el Ulises. “Sin desanimarme por la falta de capital, de experiencia y de todo el resto de requisitos de un editor, me lancé con el Ulises,” escribió Beach, quien instruyó al impresor de darle a Joyce todas las pruebas que pidiera para hacer correcciones. El 2 de febrero de 1922, el día que Joyce cumplía 40 años, Beach tocó a la puerta de su casa llevando el primer ejemplar impreso del Ulises como regalo. “Sorprendentemente, dice Beach, en la tierra de Rabelais, Ulises fue casi demasiado atrevido para la Francia de los años veinte.” En Inglaterra y en los Estados Unidos el libro fue considerado obsceno y prohibido. En sus memorias Beach reproduce una carta de George Bernard Shaw diciendo que el Ulises le parecía “un registro repugnante de una asquerosa fase de la civilización, pero un registro verdadero.” La relación de Beach y Joyce y Shakespeare and Company duraría casi dos décadas y sería incluso de algún modo el detonador del cierre de la librería en 1941, durante la ocupación Nazi: 

Un oficial alemán de alto rango, quien había bajado de un enorme coche militar gris, se detuvo a ver una copia de Finnegans Wake en la vitrina. Entró y, hablando un inglés perfecto, dijo que quería comprarla. “No esta en venta.” “¿Por qué no?” Es mi última copia, dije. La estaba guardando. ¿Para quién? Para mí. Estaba enojado. Estaba muy interesado en el trabajo de Joyce, dijo. Me mantuve firme. En cuanto salió, quité el Finnegans Wake de la vitrina y lo guardé en un lugar seguro.

Un par de semanas después el mismo oficial regresó a la librería. ¿Dónde está el Finnegans Wake? Lo guardé. Temblando de rabia dijo: “Vendremos a confiscar todos sus bienes hoy mismo.” “De acuerdo”. Se fue de ahí.

Beach vació por completo la librería en dos horas —libros, libreros y hasta lámparas. “¿Vinieron los alemanes a confiscar los bienes de Shakespeare and Company? Si así fue, no encontraron la tienda.” Pero al poco tiempo fueron en búsqueda de la propietaria, que estuvo seis meses recluida en un campo. Pese a las recomendaciones de muchos amigos, Sylvia Beach permaneció en París, junto con Adrienne Monnier. El día de la liberación de la ciudad oyó que alguien gritaba su nombre en la calle. Era Hemingway. Beach murió en París en 1962.

En agosto de 1946 llegó a París otro estadounidense, George Whitman. Tenía 33 años y tras haber servido en el ejército se había inscrito en la Sorbona. Cinco años después, en 1951, abrió una librería en París. Beach era una de las visitas habituales a la librería de Whitman, quien era su gran admirador. En 1964 Whitman le cambió de nombre a su librería, recuperando a manera de homenaje el de Shakespeare and Company. No sería el único homenaje que Whitman haría a la famosa librera y editora. Su hija, quien hoy dirige Shakespeare and Company, se llama Sylvia Beach Whitman.

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