26 octubre, 2016

Caminar en tiempos revueltos

por Ana León
Ciudades Paralelas es el inicio de una serie de entrevistas y reflexiones en torno a las formas marginalizadas de habitar la ciudad, formas que existen a pesar de los discursos unificadores que buscan volverla para una clase única de urbanita: la ciudad de las mujeres, la ciudad de los peatones, la ciudad de los niños, la ciudad de los que no tienen un techo y la ciudad de los afectos distintos serán algunos de los segmentos que buscamos abordar. 

 

Sólo aquél que se va de la Ciudad de México por un tiempo y regresa a ella, vuelve a contemplarla bella, a adorar su bullicio y su caos, a apreciar su arrogancia, o por lo menos eso me pasó a mí cuando en 2012 hice el viaje de regreso de Cancún al entonces llamado DF después de dos años de ser “gente de la península”. El olor a smog, el tono grisáceo, la imagen de esa urbe que ha tenido que responder a la ambición de quienes la habitan me pareció más real y más bella que la promesa de paraíso de la que volvía. Recuerdo la abrumadora sensación de que aquí se puede hacer todo. Que la ciudad está llena de posibilidades y que si no tienes a dónde ir o qué ver o qué hacer es simplemente porque no quieres. Era, en ese entonces, como un ciego que por primera vez ve, para el que todo es nuevo, para el que todo tiene que renombrarse porque el tacto y la vista hablan lenguas distintas. Empecé entonces a hacer algo que antes de irme no hacía: empecé a caminar la ciudad. No porque antes me moviera en auto –nunca he necesitado poseer uno ni he tenido ese deseo, para mi incomprensible, de atesorarlo como un trofeo–, simplemente porque antes de partir iba y venía de forma automática de y hacia cada uno de los sitios que formaban parte de mi rutina. Regresé para caminar a los museos que están cerca de mi vecindario, a los cines, a los cafés, al supermercado, a cualquier lugar aunque esto implicara más de una hora de trayecto a pie (y no, no vivo ni en la Condesa, ni en la Roma, ni en la Juárez, ni en la Nápoles, ni en la San Rafael) y porque en esos días, recién llegada, no tenía la prisa que un horario laboral demanda, a veces. Caminar se hizo entonces una costumbre.

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Empecé a notar que aquí se camina con la vista clavada en el piso, que mucha gente embiste todo lo que le aparece al paso, incluso personas. Que la gente revela mucho de su personalidad por la forma en que camina. Están aquellos que van dando tumbos, con una trayectoria sin pies ni cabeza, que se detienen a mitad de la calle, de la banqueta, de los pasillos del metro, porque de pronto recordaron que el trayecto no era ese o que dejaron algo sobre la mesa o simplemente porque el teléfono (Facebook, Whatsapp, Twitter o Instagram) no entienden acerca del espacio real, sino sólo del tiempo real. Están esos otros que no saben nada acerca del espacio vital, de ese metro de sana distancia entre desconocidos que es posible mantener en las calles, en los andenes del metro (no dentro de los vagones), en las paradas de autobús (no dentro del autobús), en los elevadores, en los museos, en la fila del cine o al sentarse en una banca en el parque. Existen otros más para los que el tiempo se eterniza entre zancadas, que me hacen pensar que siempre han estado ahí, en ese paso eterno sin venir de ningún lugar, sin ir hacia ningún otro. Me di cuenta que, contrario a lo que imaginaba, caminar no es siempre relajante, que las calles no siempre están hechas para ser transitadas por el peatón y que el espacio público es, muchas veces, todo menos público.

Hay muchas ciudades, tantas como formas de pensar, como habitantes en ellas, porque cada uno de nosotros camina y vive diferente. Pero tratando de acotar la experiencia me arriesgaré a decir que hay dos ciudades: la que viven los hombres y la que viven las mujeres. Resulta arriesgado escribir esto porque sé que muchos pensarán que es un reduccionismo simplón, un lugar común, pero ni me considero reduccionista ni mucho menos feminista y como este texto se trata sobre mi experiencia de ser mujer en una ciudad como la Ciudad de México, pues bienvenida sea, en este contexto, la acotación. Pero antes me parece importante decir que no soy feminista porque considero que la etiqueta reafirma la diferencia y porque creo que el tipo de mujer que somos implica ya una cierta militancia irrenunciable sin la necesidad de la distinción. Sé que hacer esa división es en sí una contradicción a lo que acabo de escribir, porque este tipo de “diferencias” las hacen las feministas, como en la marcha del 19 de octubre donde los hombres, los que les interesó marchar, los que quisieron hacerlo, los que pudieron hacerlo, tuvieron que replegarse al final o ser sólo observadores; y entonces yo voy y hago lo mismo: divido.

Pero divido porque creo, y en charlas con amigos ha salido a flote el tema, que la experiencia de un hombre y de una mujer al andar en la ciudad, en ésta y en otras ciudades, nunca será la misma. La ciudad, irremediablemente, nos recibe diferente. No soy un portento de mujer, pero soy mujer y esa es ya razón suficiente para, algunas veces, padecer la ciudad. Y digo padecer en todas sus acepciones, porque la ciudad a veces se tiene que soportar, sufrir, aguantar, sobrellevar… resistir. Y no porque sea la ciudad en sí la que venga y nos agreda, sino porque las dinámicas que genera una gran urbe como la nuestra motivan ciertos comportamientos. Porque una calle vacía y mal iluminada después de las once de la noche se vuelve un espacio al cual temer o al que se supone se debería temer si andas sola. Porque cuando aparece una mujer agredida mucho se menciona de las horas y los lugares por los que andaba y la forma en la que vestía y muy poco sobre las deficiencias de la infraestructura urbana, de la falta de seguridad en la calles y de la corrupción de las mismas autoridades. Porque sí, mucha ciudad cosmopolita, mucha capital mundial del diseño, pero con todo y nuevo nombre e ínfulas de ciudad marca, la gloriosa CDMX sigue arrastrando prácticas tercermundistas. Mi mirada es arbitraria, sí, no profesional, sí, vivencial y, por supuesto, cien por ciento subjetiva.

Entonces aquella iluminada y moderna ciudad que percibí cuatro años atrás a veces se oscurece, porque nuestra ciudad está marcada por un ánimo de violencia desde que se diseña un paisaje urbano excluyente e indiferente, porque las necesidades empresariales superan a las de sus habitantes. Porque la infraestructura no responde al entorno social sino al comercial. Porque quienes diseñan la ciudad se olvidan de sus habitantes y porque lo que más importa en esta urbe moralista y católica es lo que está a la vista, pero entonces lo que ahora está a la vista (violencia de género, pobreza, inseguridad) se vuelve cada vez más incómodo para las campañas políticas, inmobiliarias y empresariales que quieren que la ciudad luzca muy pulcrita.

Es sábado por la noche y releo un texto aparecido en La Tempestad 104 (septiembre-octubre de 2015), una conversación con el geógrafo, investigador y explorador Bradley Garret sobre sus «arriesgadas exploraciones urbanas», en la que al final de la charla, en la que se hace referencia al papel del habitante reducido a mero espectador por las corporaciones, Garret señala «…la ciudad debe afrontarse a través del cuerpo. Imaginar ciudades construidas para cuerpos y no para las finanzas. La única opción que tenemos para hacernos de un espacio en la ciudad capitalista es reinsertar al cuerpo, y a veces tenemos que hacerlo de formas agresivas…» Me gustaría pensar entonces que esto es posible en una ciudad como esta que repele cualquier gesto de reapropiación del espacio público y más aún que reinsertar al cuerpo, al cuerpo de la mujer, para hacerse de la ciudad sea posible sin tener que caminar cuidándose de no ser perseguida, agredida o violentada, que salir a hacernos de un espacio en la ciudad no sea una cuestión de empoderamiento o de poder sino de libertad, la libertad de construir las ciudades que queremos.

 

*Recupero el título de una serie de entrevistas hechas a editores llamada “Editar en tiempos revueltos”, porque caminar y editar se trata de decidir, de asumir una dirección, de dejar fuera y al mismo tiempo, de incluir.

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