22 agosto, 2016

Buendía, ¿qué importa un maestro?

por Aura Cruz Aburto

Estamos muy acostumbrados a celebrar la arquitectura por las obras concretas que encierran pensamiento hecho materia y que disponen a formas de vivir. Sin embargo, la actividad del pensamiento y la creatividad también edifican otro tipo de cosas: construyen mentalidades, individuos y colectividades que practican, producen, reproducen y reinventan el mundo.

Forjar esas mentalidades es labor solo de los grandes maestros. En este campo de sujetos escasos, porque para tal hazaña se ha de ser tenaz e incansable, se encuentra José María Buendía Júlbez. No es que Chema, como es llamado por los amigos, no haya hecho y siga haciendo arquitecturas materiales relevantes, pero los individuos que construye para disponerlos al encuentro de sí mismos, es decir, de su propia autoconstrucción, sujetos libres, es, al menos para mí, la más loable e impactante de sus tareas. Desde Alberto Kalach, Juan Palomar, Billy Springall, Enrique Norten, Héctor Módica, y muchos más arquitectos destacados, han sido y son discípulos de Buendía, y no necesariamente porque todos y cada uno de ellos repliquen sus posicionamientos arquitectónicos, pero sí porque de alguna manera ese llamado a ser ellos mismos y a articularse con su propia historia, resuena de una u otra forma en su memoria.

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Dos de los personajes nombrados anteriormente, Juan Palomar y Alberto Kalach, han decidido darle mayor visibilidad a ese conjunto de saberes que Chema ha compartido por varias décadas entre no pocas generaciones a través de un documental que, los que participamos en su factura, confiamos que no solo a través de palabras conmovedoras a veces, otras reflexivas y apasionadas, sino también del poder de la colección de memorias visuales por mano de Yupica, cineasta que se reconoce a sí mismo como el, hasta ahora, último discípulo de Buendía, logremos compenetrar a todos aquéllos que decidan conocer a un “luchador incansable” que no quiere poco sino “cambiarlo todo”.

Buscamos que se conozca, más allá de solo el gremio de los arquitectos, la voz de alguien que se ha mantenido firme en la autenticidad y la crítica que no cede desde el campo de sus pasiones: la arquitectura y la poesía. Esa es otra de las maravillosas rutas que el caso de Buendía nos abre: cambiar el mundo desde la propia trinchera, saber que nuestra labor tiene repercusiones en la factura del mundo de cuya creación somos corresponsables. La arquitectura tiene responsabilidades sociales porque, aunque su practicante no ponga atención en ello, sus acciones habrán de repercutir en las condiciones de posibilidad de un tipo de sociedad, más abierta o más cerrada, más justa o más desigual. Por eso Chema se ha proclamado en más de una ocasión un anarquista pero también un socialista estético, un mundo que por medio de las materialidades disponga un mundo más justo.

Hasta ahora hemos avanzado intensamente en las grabaciones con Chema, pero aún nos faltan trabajo y, para realizarlo, recursos. Para ello hemos lanzado una campaña de procuración de fondos en Fondeadora bajo el nombre del documental “Buendía: Yo quiero cambiarlo todo”. Los invitamos a unirse y a contribuir para la culminación de esta labor de divulgación del ideario de una persona sumamente peculiar que en tiempos de desesperanza nos permite retomar el cauce.






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