3 julio, 2018

Arquitectura y sacrificio: necesitamos buenas historias

por Pablo Goldin Marcovich

“¿Puede haber algo menos ‘político’, como punto de partida de una insurrección, que una cuestión de flashes de carretera? Y sin embargo, ¿puede haber algo más ético que el rechazo a dejarse esquilar como borregos?”
Comité Invisible

 

En nombre del progreso, la densidad, el capital o la causa que esté en boga, la transformación urbana exige tolerancia a quienes la experimentan. A veces, soportar “el cambio” es cuestión de tener buena relación con el vecino para aguantar con menos odio el sonido de los martillazos de una obra a tempranas horas de la mañana o resistir estoicamente la vibración de un edificio mientras en algún predio cercano excavan con maquinarias pesadas. Cuando esto no sucede, estalla el conflicto, se procede a las clausuras, aparecen los granaderos o se convoca urgentemente a ruedas de prensa con las cuales justificar un proyecto y un largo etcétera de reacciones de ambas partes. Nadie es indiferente a una obra y menos aún en una región tan apretada como la Zona Metropolitana del Valle de México donde todo es colindante. Arquitectura es sacrificio, también son votos, recursos, promesas y compromisos que tejen una narrativa que supera su naturaleza material para introducirla en el ámbito literario casi teatral de quienes conviven con ella. La arquitectura son historias y me gustaría reflexionar sobre el relato que estamos construyendo a partir de ella en la Ciudad de México y la importancia que la narrativa tiene para nuestra profesión.

Durante los últimos meses hemos visto desfilar promesas de todo tipo de proyectos que hacen eco a demandas ciudadanas para mejorar el entorno en el que habitan y simultáneamente empujan agendas que atienden a alguna causa mayor. A través de la candidatura de Alejandra Barrales, se retomó la  necesaria discusión sobre el futuro de los terrenos del actual aeropuerto Benito Juárez que Salomón Chertorivski propulsó durante el sexenio anterior, en otros foros relacionados a otras candidaturas se cuestionó y defendió hasta el hartazgo el proyecto del nuevo aeropuerto e incluso el Segundo Piso de la ciudad de México regresó a los reflectores para seguir siendo objeto de polémica. No es novedad, la arquitectura es una actividad que habita en el centro del conflicto, que puede motivar a una sociedad para que los proyectos sucedan o enfurecerla para detener su avance. Por lo tanto, cuestionarnos qué tipo de edificios estamos proponiendo nos ayudaría a entender de qué clase de historias estamos formando parte.

Ejemplos concretos sobre este punto existen muchos, podríamos comenzar por el memorial  del sismo del 19 de septiembre y su enredada travesía hasta la aparente cancelación. Por encima de la calidad de las propuestas, que ciertamente tomaron horas de trabajo a sus participantes, podemos cuestionar el guión original de este episodio porque es una historia que tiene algo de ejemplar y reincidente en la manera en que sucedió: ¿Sabiendo que nadie lo había reclamado para qué lo propusieron? Como pocas veces, la ciudadanía estaba unida para trabajar en conjunto y había propuestas claras a partir de sus demandas. Sin embargo,  los organizadores prefirieron insistir en concebir un memorial en un predio como el de Álvaro Obregón 286 en el cual parece más razonable hacer una investigación de orden penal que cualquier otra cosa. Por otro lado, ¿Si ya lo habían convocado por qué no lo ejecutaron correctamente? Los cuestionamientos podrían seguir en casi todas las direcciones hasta adentrarnos en la escala de grises que acompaña el proyecto y levanta otros cuestionamientos, ¿si ya conocían a los actores que probablemente se opondrían al proyecto al grado poner en juego su realización y sus demandas, por qué no escucharlos para no terminar por dinamitar el concurso? Y la peor de todas, ¿si ya lo hicieron porque no pudieron defenderlo?  Historias bien construidas con argumentaciones sólidas podrían resistir a las críticas más feroces y las audiencias más exigentes. La polémica no necesariamente es enemiga de la buena arquitectura, sin embargo la falta de algún tipo de coherencia narrativa genera proyectos que solo pueden cimentarse sobre el inestable discurso de sus promotores y terminarán por caer bajo su propio peso dejando una estela de documentos pdf. sin uso con cargo al erario público y un desgaste en todos sus participantes y detractores.

La producción de la verdad, como argumenta Oscar Terán en el prólogo de El discurso del Poder de Michel Foucault de Folios Ediciones, son relatos coproducidos que podrían concebirse como un ordenamiento de dominios donde lo verdadero y lo falso pueden ser regulados por aquellos que lo producen. Quien domine ese orden, por lo tanto, será quien determine la dirección de las acciones que respondan a ellos. Lo mismo un  discurso podría servir para justificar un CETRAM como para negarlo, podría convencernos del estado de urgencia en el cual opera el actual aeropuerto con la intención de construirlo sobre los terrenos del lago como podría argumentar la ampliación del aeropuerto de Toluca; podría construir un memorial a las víctimas del sismo como impedirlo y destinar esos recursos a otro proyecto. Los números no mienten, pero es posible mentir con números tanto como  se puede cambiar el criterio de una medición, me comentaba mi amigo politólogo Santiago Alvarez Campero.

La respuesta a esta relatividad se encuentra en la definición de prioridades que permitan concebir con mayor solidez la manera en que razonamos la intervención al territorio en el que cohabitamos y garantizar la certidumbre de los proyectos que surjan en consecuencia de esta construcción del discurso. Propongo enfocarnos en criterios menos volátiles y más determinantes para la calidad de vida de los ciudadanos, como la geografía y la demografía, por ejemplo, y construir, a manera de demiurgos, las historias que resuelvan las situaciones adversas relacionadas a ellos con la misma imaginación y convicción con la cual se construyen los proyectos que terminan siendo resguardados por granaderos para poder llevarse a cabo.

Cuenta la leyenda que, en Dinamarca, de las manos de Bjarke Ingels, una planta de tratamiento de basura también será pista de ski. El argumento suena entusiasmante para cualquier tipo de público, la concepción de un duty free sobre el desierto de Texcoco, por  dar un ejemplo, una historia que lleva desde el 2001 desestabilizando la vida política de este país, es una ambición poco comparable al ideal de regresar a la ciudad lacustre y el desarrollo del Oriente de la mancha urbana con el que tantas personas empatizaban. Las pistas de aterrizaje estaban en ambos guiones pero el relato era distinto. El primero se ha venido construyendo con policías sin poder aún convencernos del por qué es benéfico en vez de amenazarnos con las consecuencias catastróficas de no hacerlo o hacerlo distinto; mientras que el segundo era el resultado de un cúmulo de voluntades e ideas durante décadas. La historia me parece sintomática. Personas han muerto y sido gravemente lastimadas en disturbios ocasionados a raíz de esta iniciativa, como sucedió en San Salvador Atenco en el 2006, y difícilmente los habitantes de la ZMVM podamos disociar por muchos años la palabra aeropuerto de las sangrientas imágenes que sucedieron durante esos enfrentamientos. Se puede culpar a quienes realizaron las gestiones del proyecto, a quienes lo comunicaron o a muchos otros actores. Sin embargo, no se puede negar el derecho a cuestionar y recibir respuestas convincentes sobre el proyecto a quienes aún no están convencidos de las razones que sustentan esta obra, ni el rol que ocuparán cuando ésta se encuentre finalizada.

Los buenos proyectos se sostienen solos y no hace falta que sean perfectos o completamente útiles para llevarlos a cabo, simplemente tienen que partir de un buen argumento narrativo. Francis Alÿs logró convencer a cientos de personas de mover una duna de arena de 500 metros de diámetro con palas en el desierto de Lima para su pieza “Cuando la fe mueve montañas”; Ciudad Universitaria surgió de la colaboración de decenas de arquitectos y profesionales; yendo al extremo, Spencer Tunick convenció a miles de mexicanos de posar desnudos para él. Las buenas historias existen y no forzosamente son el resultado de un recalcitrante racionalismo, son ideas atractivas que transmiten algún tipo de emoción a su público. Podemos seguir insistiendo en el caso del temblor para hablar de esta problemática. Iniciativas de todo tipo están contribuyendo en tareas para la reconstrucción en distintas partes del país articulando instituciones públicas con ONG, oficinas de arquitectura y voluntarios sumando microrrelatos de éxito que podrían conjuntarse en una narrativa más amplia. La contraparte son los escándalos políticos ligados a los fondos de reconstrucción en manos de una comisión legislativa que no merecen aplauso alguno.

En nombre de la crisis (cualquiera que sea) escuchamos a desarrolladores justificar una trágica e incontenible burbuja inmobiliaria y beneficiarse simultáneamente de ella, a funcionarios defender CETRAMS celebrando las migajas tributarias que aportaría el predial de una torre y la promesa de la inmensa derrama económica que el nuevo aeropuerto traerá a los habitantes que lo rodean a sabiendas de la dudosa relación que tienen quienes colindan con las rejas del actual. Si no estamos seguros del futuro que pregonan estos relatos ni de los argumentos que los apuntalan podríamos por lo menos dejar de utilizarlos de manera tan incuestionable para justificar acciones colaterales. La retórica del cambio, como menciona El Comité Invisible en su libro A nuestros amigos, “…sirve para desmantelar toda costumbre, para destrozar todos los vínculos, para desconcertar toda certeza, para disuadir toda solidaridad, para mantener una inseguridad existencial crónica.” Es un tipo de discurso que puede llegar a ser tan benéfico como contraproducente si no se tiene una dirección y una definición de prioridades clara.

En el ocaso de las instituciones, sonaba inocente o casi risible cuando Kate del Castillo le proponía al Chapo Guzmán que hiciera el bien, o cuando Simón Levy argumentaba desde PROCDMX que la inversión privada y la administración pública podían colaborar en la construcción de la ciudad sin generar deudas. Algo de verdad existe en ambas iniciativas, creo podemos imaginar un camino libertino en donde actores más diversos colaboren de maneras complejas para lograr las transformaciones que necesitamos con un nivel de beneficio que amortigüe el sacrificio que la ciudadanía debe llevar a cabo. La torre Manacar y la glorieta y el parque que sucedieron a raíz de ella son un ejemplo de urbanización palanqueada por la inversión privada, el parque La Mexicana y el aura de grises inmobiliarios y políticos que irradia son otro ejemplo de enredada historia con buenos resultados, que no quita ningún mérito a su existencia, o el curioso parque en viaducto y la experiencia surreal que contiene. No es una exigencia imposible la que hago solo se necesita una manera distinta de pensar.

¿Qué clase de historias estamos concibiendo arquitectos, economistas y políticos que son teóricamente tan urgentes como necesarias que resultan imposibles de transmitir y ejecutar o cuestionar?, ¿cuán cerca estamos de convertirnos en una ciudad como Springfield, en la que los Simpsons están asolados por un repertorio de capítulos urbano arquitectónicos que pocos beneficios traen y muchos recursos necesitan? Si queremos el sacrificio de los habitantes de la ciudad, si queremos que la arquitectura suceda, si las campañas quieren ser algo más que promesas al aire, tenemos que construir razones para que ofrecerlo valga la pena. Necesitamos buenas historias. Aunque sea para contribuir a un relato entretenido en la dimensión más teatral y literaria de la palabra. La ciudadanía lo reclama y los tiempos lo permiten. 

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