29 abril, 2019

Buenas banquetas, mejor seguridad

por Juan Palomar Verea

La inicial herramienta de convivencia ciudadana es la banqueta. Constituye el ámbito físico sobre el que cualquier ciudadano tiene, o debiera tener, plena potestad para hacer de ella buen uso. Medio de comunicación, herramienta básica de la marcha a pie y de la interacción vecinal: no por humildes y utilitarias dejan de guardar buena parte de la dignidad cívica.

Es bien conocida la teoría de la ventana rota: un desperfecto de este tipo en una casa genera a su vez mayores perjuicios por vandalismo e incuria, males que se van extendiendo a las fincas contiguas y eventualmente al vecindario. La incuria es como una infección que amenaza siempre con seguir avanzando. Su remedio está en el cuidado continuado, en la colaboración de todos por mantener una ciudad segura y digna.

Las ciudades son el escenario de una cotidiana pugna entre el deterioro y la renovación, entre la decadencia y la adecuada conservación de todos sus elementos. Es así que se podría hablar del síntoma de la banqueta rota: una señal de que el deterioro gana terreno, de que el desgaste normal o el provocado avanzan. Es el inicio de un proceso que, de no revertirse, redundará en mayores perjuicios para todo el ámbito citadino.

Es bien sabido que el deterioro del contexto urbano, su eventual desorden y falta de coherencia producen un efecto general de permisividad y de insolidaridad ante las necesidades comunitarias. Mayores espacios para la inseguridad.

Se puede observar, como una constante, que en las ciudades mejor desarrolladas se guardan siempre, para las banquetas, los máximos cuidados. Su superficie es homogénea y favorable a la marcha, sus proporciones generosas, sus materiales resistentes y de sencillo mantenimiento, su aspecto es agradable, facilitan en todo lo posible el tránsito de personas con incapacidad, carriolas, etcétera. Los cruces con los arroyos vehiculares guardan en todo lo posible las mismas condiciones de seguridad, con lo que tanto conductores de vehículos de motor como ciudadanía en general prestan a ellos toda la atención necesaria.

Es conocido el hecho de que en Guadalajara estamos lejos de mantener las cualidades mencionadas para nuestras banquetas. En demasiados casos su estado es deficiente y los efectos perniciosos de este hecho, como los apuntados más arriba, cunden lamentablemente.

Pero para cada banqueta debiera existir un responsable solidario con las autoridades municipales: el propietario u ocupante de cada finca alineada con la vía pública. Construyendo una conciencia de la propia dignidad, y la que para la ciudad es indispensable, las banquetas pueden encontrar mejores condiciones físicas, y encontrar su lugar como la primera muestra de urbanidad en la urbe.

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