12 julio, 2015

Buckminster Fuller

por Alejandro Hernández Gálvez | @otrootroblog

Buckminster+Fuller

Así como hay grados de inteligencia entre los hombres, grados de responsabilidad, de memoria o cualquiera otra de nuestras facultades y es necesario reconocerlo si deseamos entrar en contacto con ellos, existen grados también en lo que pudiera llamarse la percepción de la escala de los problemas. Existen individuos poseedores de un clarísimo criterio para juzgar y reaccionar ante las circunstancias inmediatas, incapaces de concebir los más elementales problemas de ética o de filosofía. Se presenta también el caso inverso. Y resulta excepcional el equilibro manifiesto. Independiente del juicio o la preferencia por una de las dos actitudes, es manifiesta la necesidad de orientarse sobre la posición que cada individuo tiene respecto a la escala de los problemas que plantea. Fuller se encuentra entre aquellos que conciben sus ideas a escala mundial; es al menos la impresión que da y la intención que manifiesta.

Esa fue la impresión de Carlos Mijares de Buckminster Fuller en las Jornadas Internacionales de Arquitectura en la ciudad de México en 1963. Richard Buckminster Fuller nació el 12 de julio de 1895 en Milton, Massachusetts. Fue expulsado de Harvard no una sino dos veces y en 1927, sin trabajo y sin dinero, Fuller empezó a trabajar en el diseño de su casa Dymaxion. Al año siguiente empezaría a diseñar el coche Dymaxion, con la colaboración de Isamo Noguchi. La revista Perspecta publicaba en 1952: “hoy Buckminster Fuller y Dymaxion son casi sinónimos, para casi cualquiera familiarizad con alguno de sus muchos proyectos: el mapa Dymaxion, las casas Dymaxion, el baño portátil, el auto de tres ruedas Dymaxion. Su teoría Dymaxion, que es la base de todos sus proyectos, busca lograr «el máximo desempeño neto por la cantidad total de energía invertida” en todos los elementos relacionados al habitar.”

Sobre la “escala mundial” de su visión —como comentó Mijares— en el mismo número de Perspecta se incluyó un texto firmado por Fuller titulado The Autonomous Dwelling Facility: the Geodesic Dome. Fuller empieza explicando que los últimos dos años los ha dedicado a “desarrollar lo que parecen ser los principios de la estructura inherente del átomo y su núcleo.” Consciente de que sus investigaciones están “fuera del trabajo de autoridades formalmente reconocidas en relación a los fenómenos atómicos,” explica que sin embargo ha ganado el conocimiento técnico en estructuras que no requiere mayor verificación teórica pues ha sido confirmado mediante experimentos físicos. Los principios que descubrió le permitían construir con una libra de estructura lo que antes requería una tonelada —de ahí el famoso ¿cuánto pesa su edificio? Eso lo llevaba a proponer abandonar la idea de casas cada vez más pequeñas para concentrarse en la amplificación de su mecánica. El problema de la máquina de habitar cambiaba de escala: “vayamos a acampar con la parafernalia competente para convertirnos en señores de nuestro entorno y de nuestro tiempo como el hombre jamás había soñado.” Su propuesta consistía en cúpulas geodésicas ligeras de cincuenta pies de diámetro, aunque la cúpula iría aumentando de tamaño progresivamente en sus proyectos hasta pasar de ser una casa a cubrir buena parte de Manhattan.

En su comentario Mijares entiende que el trabajo estructural de Fuller —las cúpulas geodésicas, en especial— son parte de “una obra de proporciones impresionantes” que implica el “rediseño mundial, general, del instrumental humano” como “primer paso para lograr lo que obviamente es la meta última: una humanidad mejor.” Mijares explica que Fuller consideraba la educación del arquitecto com aquella que presentaba la “mayor capacidad para manifestar y lograr el conocimiento y la acción integradora.” Algo parecido planteó de algún modo el filósofo Peter Sloterdijk en un texto del 2010:

Cuando en 1969 Buckminster Fuller publicó su famoso Manual operativo para la nave Tierra, asumió de manera arriesgada y de hecho utópica que había llegado el momento en nuestros sistemas sociales para que los políticos y financieros pasen el control a los diseñadores, ingenieros y artistas. Lo asumió basándose en su diagnóstico de que los miembros del primer grupo (como todos los “especialistas”) sólo ven a la realidad por un pequeño a agujero que impide que vean algo más que una parte de la misma. En contraste, en virtud de su profesión, los segundos desarrollan visiones holísticas y se relacionan al panorama de la realidad en su totalidad. Era como si el llamado romántico de llevar «la imaginación al poder» hubiera cruzado el atlántico y como si del otro lado del estanque el eslogan «todo el poder al diseño» hubiera sido descodificado.

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