10 diciembre, 2015

Bibliotecas y librerías

por Alejandro Hernández Gálvez | @otrootroblog

En el libro en el que se presentaban los proyectos finalistas y el ganador en el concurso para la Biblioteca de Francia, Bernard Marrey escribía acerca de la historia de las bibliotecas. Decía que “probablemente no haya sido un azar si, a principios del siglo XVIII, el término biblioteca, del griego biblion-théké, armario de libros, sustituyó en francés al término librería, más común y usado desde el siglo XII.” Marrey cita un texto de Eugène Morel, publicado en 1910, en el que explicaba la afortunada distinción: “cada año se queman grandes cantidades de libros ensuciados por el préstamo, medida higiénica, y se extraen los volúmenes que son de uso excepcional: anuarios envejecidos, primeras ediciones, periódicos viejos diez años, y esas honorables reliquias se le dan a guardar a un conservador de una biblioteca.” Para Morel, según Marrey, las librerías tenían agentes mientras que las bibliotecas tenían conservadores: unas destinadas al uso, otras a la conservación.

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Entre los finalistas de aquél concurso estuvo Rem Koolhaas y su Oficina para Arquitectura Metropolitana. Según Anthony Vidler, aunque obviamente no se construyó, ese proyecto fue una de las obras de arquitectura más emblemáticas y con mayor influencia de finales del siglo XX. Tras el proyecto para la Gran Biblioteca de Francia, OMA presentó otro para Paris, una biblioteca universitaria en Jussieu, en el que en vez de apilar un piso sobre otro, se despliega un suelo continuo que alcanza todos los niveles. Ese proyecto tampoco se construyó. El tercer concurso para una biblioteca que realizó OMA sí lo ganaron: el de la Biblioteca Pública de Seattle. En el libro de presentación del proyecto para el concurso, con el clásico cinismo koolhaasiano, se afirmaba que “la biblioteca —library, aun, en inglés— representa, acaso junto con la prisión, el último universo moral aceptado: el acomodo común para actividades «buenas» (o al menos necesarias).” Como recuperando lo dicho por Morel, se afirmaba que “la bondad moral de la biblioteca está íntimamente relacionada con el valor del libro: la biblioteca es su fortaleza, los bibliotecarios sus guardianes.” Koolhaas y su equipo no apostaban por la idea de resguardar libros, pues hoy la información se acumula en soportes que requieren mucho menos espacio que los libros, sino por el espacio social y público, por el uso, pues, y no por la conservación. En efecto, la de Seattle es una library y no una biblioteca.

En 1979 Jorge Luis Borges dio cinco conferencias en la Universidad de Belgrano. La primera la dedicó al libro: el más asombroso de los instrumentos del  hombre, pues es una extensión de la memoria y de la imaginación. Dice que por mucho tiempo pensó en escribir una historia del libro, no como objeto físico, cosa que no le interesa, sino sobre “las diversas valoraciones que ha recibido.” De Pitágoras a Emerson, pasando por Cristo, Shakespeare y Montaigne, entre otros, Borges habla de los que hablaban y de los que escribían. Contra la idea de que el libro terminará desapareciendo —ya en el aire en 1979 y antes—, Borges dice que eso no pasará, pues el libro “es una de las posibilidades de felicidad que tenemos los hombres.” Borges también dice que al leer un libro antiguo “es como si leyéramos todo el tiempo que ha transcurrido desde el día en que fue escrito y nosotros.” Pero también habla de algo que apunta a la diferencia entre la biblioteca, la caja de libros, y la librería, el lugar donde se usan:

Tomar un libro y abrirlo guarda la posibilidad del hecho estético. ¿Qué son las palabras acostadas en un libro? ¿Qué son esos símbolos muertos? Nada absolutamente. ¿Qué es un libro si no lo abrimos? Es simplemente un cubo de papel y cuero, con hojas; pero si lo leemos ocurre algo raro, creo que cambia cada vez.

Entre 1955 y 1973, Borges fue director de la Biblioteca Nacional de Argentina, cuyo edificio se encontraba en la calle México. En 1958 se decidió construir una nueva y más grande biblioteca. Borges presidió la comisión que determinó el programa a cumplir por el nuevo edificio. Se convocó a un concurso y el 12 de octubre de 1962 se eligió al equipo ganador: Clorindo Testa, Francisco Bullrich y Alicia Cazzaniga. Clorindo Testa nació en Nápoles el 10 de diciembre de 1923. Su familia emigró a la Argentina cuando el tenía tan solo unos meses. Se graduó como arquitecto en la Universidad de Buenos Aires en 1948. En 1959 ganó el concurso para el edificio del Bando de Londres y América del Sur, que se terminó en 1966. El edificio de la Biblioteca Nacional tardo 30 años en construirse y se inauguró en 1992. De ese edificio Testa dijo algo que podría anticipar ciertas ideas de Koolhaas en Seattle y París:

En el caso de la Biblioteca, lo más importante es que se respetó el paisaje. No se hizo un edificio aplastado en el suelo. En este caso, quedó levantado, es como si el paisaje fuera abierto. Está metido adentro, su terraza cubierta funciona como una suerte de radiografía de lo que es el edificio: uno ya sabe cuál es el auditorio, cual es el corredor. Se asemeja a una plaza pública. Tiene miles de metros cuadrados pero el factor de ocupación del suelo son unos cuantos centenares: lo constituyen las patas de adelante y al hall de entrada.

Como los proyectos de Koolhaas, el de Testa es una biblioteca que también quiere ser una librería, un edificio que, como de los libros decía Borges, puede cambiar cada vez que se usa.

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