11 abril, 2018

Belleza

por Hernán Díaz Alonso

El tema de la belleza tiene varios ángulos. Históricamente es una cuestión fundamental de cualquier práctica creativa, ya sea arte, diseño o arquitectura. Por un lado está la Belleza, con B mayúscula: disciplinaria, histórica, que tiene que ver con la estética y con un problema filosófico, y que en cualquier momento de la historia resulta de acuerdos sociales sobre su significado. Por otro lado, en los últimos veinte años, detrás de la discusión sobre las computadoras y la era digital, los parámetros de la belleza se han vuelto más complejos: no puede tenerse una idea total de la belleza. Además, la aceptación de distintas formas de perversiones ha influido en nuevos mecanismos de lo que consideramos bello. Dentro de esa lógica, hay también una discusión temporal sobre esto y que explica la diferencia entre lo bello y lo bonito. Esto último es temporal, parcial, depende de una época. La belleza es una cosa más duradera, aunque haya nuevas condiciones para definirla que derivan, para bien y para mal, de la explotación del individualismo: hoy en día pesa más la acumulación de opiniones individuales que la posibilidad de generar consenso. No es casual que en estos veinte años hayamos visto la caída del pensamiento de izquierda, e históricamente la idea de belleza ha sido una idea progresista.

Hay que agregar que si hay interés en el problema de la forma, necesariamente hay interés en el problema de la belleza, ya sea porque se quiere crearla o bien desafiarla. Picasso o Bacon o, más recientemente, gente como Cindy Sherman, Damien Hirst o Matthew Barney o, en el mundo de la arquitectura, Frank Gehry, Zaha Hadid o Kazuyo Sejima, han trabajado desafiando los cánones de lo que entendemos como belleza. Más allá de las decisiones individuales, pero también del consenso. Sumemos a esto que durante mucho tiempo tratamos de crear perfección mediante técnicas imperfectas. Hoy, gracias a las técnicas de producción, hay un deseo de introducir imperfección a través de métodos perfectos. Ahí queda atrapada la belleza.

La arquitectura, como cualquier práctica viva, tiene momentos en los que se la canoniza, sea el Renacimiento o la modernidad. La arquitectura moderna, que en un momento se vio como algo sencillo, sin pretensiones o incluso algo barato, después, al quedar reducida a mi parecer equívocamente al minimalismo, se entendió como algo bello o más bien elegante. Y ahí hay otra diferencia: no es lo mismo lo bello que lo elegante. No es el gusto y menos el buen gusto. Si hablamos de los diseños de Alexander McQueen o de la arquitectura de Frank Gehry, elegancia no es lo primero que viene a la cabeza, pero sí belleza. Hay una simplificación al asociar elegancia y belleza. Para mí la belleza, bien entendida, tiene un compromiso con lo contemporáneo; reducida a la elegancia, tiende a valorar procesos de simplificación. Por ejemplo, podemos argumentar que el fenómeno Trump y lo que lo rodea es resultado de un proceso de vulgaridad estética nacida de la reality TV. Pero también puede argumentarse que el minimalismo, no sólo como fenómeno estético sino como idea de simplificación, contribuyó a ese fenómeno al construir un aparato de poder sobre ideas muy simples. La relación entre vulgaridad y exceso y simplificación y minimalismo no es simple y lineal. La tecnología tal vez simplifique la vida, pero en ese proceso nuestros cerebros y nuestras reacciones emocionales se vuelven menos receptivos a la complejidad. Y la belleza se encuentra más en condiciones complejas que en la simplificación.

La belleza sigue siendo el acto fundamental del proceso creativo. No le creo a ningún diseñador que diga que no quiere hacer algo bello, aunque la belleza no sea central en su obra. La belleza extrema, en una persona o en un edificio es extraña, rara. Yo la comparo con la sal: un platillo sin sal no tiene sabor, pero con demasiada sal no puede comerse. Si todo tuviera una belleza extrema perderíamos la capacidad de distinguirla y asombrarnos. Pero podemos identificar cualidades de belleza en muchos objetos, incluyendo los más banales. Es muy deshonesto pensar que hay una escala absoluta de belleza: hay distintas ambiciones. Aldo Rossi, decía que no hay excusa para la mala arquitectura. Yo pienso no hay excusa para no buscar la belleza en cualquier esquina. No es algo superficial, no es un lujo. La belleza genera mejores sociedades y mejores ciudades. Hay que aspirar a lo bello. Tal vez la belleza sea como los sueños y sabemos que lo peor que puede pasarle a un sueño es que se cumpla.


 

Este texto fue publicado en la Revista Arquine No.80, un número que propone veinte palabras clave y veinte autores de referencia para reflexionar sobre este periodo.

 

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