14 septiembre, 2015

Belleza y verdad

por Alejandro Hernández Gálvez | @otrootroblog

En su biografía de Pugin, Rosemary Hill dice que la textura arquitectónica de los pueblos y la campiña de Inglaterra no sería la misma si aquél jamás hubiera vivido. Augustus Welby Northmore Pugin nació el 1º de marzo de 1812 en Store Street, Londres y murió pasados los cuarenta años, e 14 de septiembre de 1852. Su padre, August Pugin, había nacido en París, alrededor de 1762. No se sabe mucho de sus primeros años en Francia, más lo que le contó a su alumno Benjamin Ferrey y que este registró en la biografía que le dedicó a los dos Pugin, padre e hijo. Pugin el viejo contaba haber sido revolucionario, noble y arquitecto. Llegó a Londres en 1792 y poco después empezó a trabajar como dibujante para John Nash. Pugin y Nash conocieron y se sumaron a las ideas de Uvedale Price y Richard Payne Knight, teóricos y promotores de lo Pintoresco.

Según Ferrey, August Pugin fue un niño prodigio, con un talento intuitivo para el dibujo. “Desde niño fue rápido en todo lo que intentó y fluido en el discurso, expresando sus opiniones de la manera más dogmática, con vehemencia y volubilidad.” A los quince años trabajaba para el rey Jorge IV diseñando mobiliario para el castillo de Windsor. Hill dice que “a los veintiuno, ya había naufragado, enviudado y había sido encarcelado por sus deudas. Vivió «una larga vida en corto tiempo.» Diecinueve años y una vida más después, aun joven, murió desilusionado y enloquecido.” También dice que su influencia, que dependió no sólo ni principalmente de sus edificios, fue amplia y elusiva: “le dio al siglo XIX una idea nueva sobre lo que la arquitectura podía ser y significar.” En el bicentenario de su natalicio, William Curtis escribió en la Architectural Review que “Pugin fue un feroz crítico del burdo materialismo y de la explotación social de la primera Revolución Industrial y se imaginó el regreso a una sociedad mítica anterior a la Reforma de auténticos valores cristianos y formas arquitectónicas que sirvieran a la fe.” El regreso al gótico que buscaba Pugin no era un tema de estilo, sino la idea de buscar un nuevo modelo de sociedad.

En 1841 Pugin publicó Los verdaderos principios de la arquitectura ojival o cristiana —para Pugin no se podía desligar la religión cristiana de las formas góticas. “Las dos grandes reglas del diseño —escribe— son estas: primero, no debe haber en un edificio características que no sean necesarias para la conveniencia, la construcción o la propiedad; y segundo, que todo el ornamento debe consistir en el enriquecimiento de la construcción esencial del edificio.” Como han hecho notar Pevsner o Curtis, entre otros, la ideología racional y funcionalista del movimiento moderno ya se adivinaba en las ideas de Pugin —como también en las de Ruskin o, al otro lado del canal, en las de Violet-le-Duc. Ya estaban ahí la noción de honestidad en el uso de los materiales y la descalificación de cualquier tipo de ornamento que no se juzgara como resultado orgánico de la construcción misma, y cierto moralismo de la arquitectura moderna no es sino una versión laica del fervor religioso de Pugin. El descuido de esas dos simples reglas, decía Pugin, son la causa de “toda la mala arquitectura del presente,” en la que las características de los edificios no tenían conexión con su lógica constructiva —como en los edificios góticos. Comparar la sección de la Catedral de San Pablo con la de cualquier iglesia gótica le basta a Pugin para demostrar sus ideas: si de honestidad constructiva y ornamental se trata, la segunda cumple donde la primera traiciona: como el edificio gótico, San Pablo tiene arbotantes, sólo que escondidos, en vez de mostrarse como la decoración misma del edificio.

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Poco importa si Pugin dibujaba torres neogóticas —como la del edificio del Parlamento inglés—, sin duda muchos arquitectos de finales del siglo XIX y principios del XX podrían haber suscrito esta sentencia de Pugin: “en la arquitectura pura el menor detalle debe tener significado o servir a un propósito; e incluso la construcción misma debe variar según el material empleado, y el diseño debe adaptarse al material con que se ejecuta.” Como San Agustín o como Mies, Pugin también pensó que la belleza era necesariamente un reflejo de la verdad.

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