13 octubre, 2013

Bart Simpson en Sin City

por Miquel Adrià | @miqadria

Un nuevo vecino de pelos parados se hizo lugar entre cientos de miles de metros cuadrados de oficinas atrapadas en prismas de vidrio, donde antes apareció el palio de un teatro subterráneo y un protagónico museo fungiforme, que no encontró la manera de conectarse con el terreno ni supo dar sentido al hermético espacio que reproduce la intestina complejidad del queso oaxaqueño.

La nueva sede de la Colección Jumex en la ciudad de México, proyectada por el británico David Chipperfield, es un objeto preciso que alude sesgadamente a un sinfín de referencias. Nada es obvio. Sin embargo no faltan los guiños al lugar, los apuntes a la historia, las citas a los clásicos modernos y las pistas sobre su función. No es un alien, ni una deformación genética del sitio, sino un pieza exacta pensada desde lejos, que se inserta en un contexto en ebullición. Las alusiones miesianas -desde la modulación estricta de su geometría hasta la breve paleta de materiales- se entrecruzan con las referencias corbusianas y fabriles -filtradas en México por Juan O´Gorman en los estudios de Diego Rivera y Frida Kalho- para convertirse en un objeto de lujo. No es ajeno, además, al pasado plebeyo de la Colección en la periferia metropolitana, en Ecatepec, entre naves envasadoras de jugos y salsas. Y su función museística se desvela sutilmente tras las logias palaciegas y sus grandes ventanales que junto a su pétrea fachada escalonada y ascendente remiten al templo del arte neoyorkino –el museo Witney- que diseñó Marcel Breuer. Y no por popular es irrelevante la onomatopeya gráfica del preadolescente zurdo más famoso de la historia televisiva: un Bart Simpson que aparece y desaparece en sus fachadas laterales.

La semana pasada su autor supervisó los últimos detalles de la obra y describía su propuesta como una caja con agujeros. Algo sólido, donde el vidrio no se asoma a la fachada. Carácter y materia, capaz de generar escenarios urbanos que lo hacen un lugar público y al mismo tiempo un espacio privado para el arte. Es un palazzo que flota sobre nivel de la calle donde la plaza y el vestíbulo se confunden y el programa se desvanece entre interior y exterior. Chipperfield, que está restaurando la Galería Nacional de Berlín de Mies van der Rohe, reconoce que la caja de cristal que resultó ser una solución desastrosa en Alemania, con el clima de la ciudad de México puede rescatar esos grandes vidrios, los manguetes de acero inoxidable y el travertino con que forra pisos y muros.

El primer nivel es el piano nobile donde sigue manipulando la ambigüedad entre interior y exterior. Es una vitrina; es una galería poco práctica –reconoce su autor-, como pasa en la Galería Nacional de Berlín; es teatro y espacio público. Una cortina permite cerrar la gran vitrina, rodeada de terrazas. Es un espacio dinámico, para cine, conferencias, exposiciones, que trata de rescatar esa condición que tienen algunos museos donde existe un cierto equilibrio entre espacio para el arte y para la arquitectura.

Los dos pisos superiores son espacios de contemplación, entre arte y visitante, uno a uno, atrapados con la mejor luz posible. En el piso superior la luz baja de un techo típicamente industrial. Se filtra y difumina homogéneamente. “Los arquitectos –dice Chipperfield- siempre queremos que los museos tengan la máxima luz natural y los curadores prefieren la caja oscura. Hay que encontrar un punto intermedio, donde podamos controlar la luz”. Si el piso de arriba disfruta de mucha luz, en el piso intermedio sólo hay un gran ventanal orientado a norte que puede cerrarse. Es una sala muy flexible donde la luz no es el tema.

Algo tiene la arquitectura de David Chipperfield que desconcierta. Un hábil juego de escalas hace que sus edificios públicos conserven cierto aspecto doméstico y, a su vez, al incorporar la escala humana sorprende su majestuosidad. Con esta obra singular e icónica, que abrirá sus puertas a mediados de noviembre, se demuestra que en México se puede construir con los mejores estándares. Este Bart Simpson petrificado recuerda que la mejor respuesta al ruido visual de la Sin City mexicana, ya la había sugerido Luís Barragán con su revolución callada.

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