11 mayo, 2020

(Baño Maria)²

por Pablo Goldin Marcovich

Para Aurelio, Andrés y Pavel

Coinciden en mis pensamientos desde hace días, la crisis sanitaria con el proceso de elaboración de un cuento y el propio texto. Eventos y circunstancias distintas que a raíz de las dos semanas de confinamiento que llevo en Barcelona donde vine a a finales de febrero para hacer prácticas de la maestría, han ido entremezclando los últimos sucesos con el relato que acompañaba la pieza “Tórax” de Escobedo-Solíz en la edición de LIGA número 30.

La invitación a escribir llegó exactamente hace un año estando en Moscú. Se inauguró la exposición en verano y con la clausura pensaba que el episodio había terminado. La idea principal del texto y lo absurdo de la trama, sin embargo, regresan periódicamente señalando frente a cierto tipo de escenarios el trágico momento en que, de manera involuntaria o deliberada, la estrategia de la batalla no corresponde con la amenaza. No faltaron señales de alerta en esta pandemia, lo dice claramente Pablo Ordaz en el artículo Crónica de una epidemia que nadie vio venir en el periódico El País. Se tomaron medidas buenas y otras malas en todos los países y aún así, dentro de la certeza numérica de que esto sucedería, subsiste la sensación de sorpresa y decepción al vernos sumergidos en algo que aún no tiene respuesta más que estar aislados. 

Dos versiones tuvo el texto. La primera se centraba en el pabellón y la idea del usuario aislado dentro de las distintas capas de un contenedor. Mencionaba a Jim Carrey saliendo del interior de un rinoceronte y a Jonás, Gepetto y Capitanazo cautivos dentro de un cetáceo. Hablando con Wonne Ickx, director y curador de LIGA, para comentar el texto, acepté su propuesta de que el escrito podía ser por sí mismo una pieza. 

En la segunda versión, decidí no analizar directamente la obra sino inscribirla en un cuento. Recurrí a Ray Bradbury y apareció entre mis búsquedas el relato de un monstruo submarino seducido por la sirena de un faro. Guiado por su canto, el monstruo decide salir de las profundidades del océano para visitarlo y enfurecido por su indiferencia, lo estrangula hasta derribarlo. Me hipnotizó el aspecto trágico y absurdo del malentendido entre ambos. A la sordera del faro, el monstruo respondía con ceguera. 

La tensión que describía el cuento comenzaba a apoderarse de la nueva versión del texto. Por hermosa que fuera la experiencia que Torax proporcionaba, me parecía que el conjunto de polines provocaba al usuario ofreciendo un elemento parecido a un arca que no flotaba como un arma sin balas o una pelota desinflada. Una pieza que un usuario en caso de tormenta al no entender la naturaleza de la obra se ahogaría de rabia al no poder usarla.

Surgió entonces la idea de la construcción de un arca que una puerta mantiene prisionera y las dudas que genera ver que los personajes, conscientes o no del error, siguen trabajando en ella. La misma situación de anomia que genera en una tienda cuando la segunda caja está cerrada o un servicio telefónico que promete ayuda no resuelve nada. Hay una parte de irremediable o inconsciente en ello, otra que corresponde a la probabilidad tolerada en un análisis de riesgos y otra a la posibilidad de fracaso que balanceamos con alcanzar lo que deseamos. La crisis sanitaria de la pandemia es tan extensa y compleja que alberga todas las posibilidades.

Se trata de un peligro del cual llegaron los primeros rumores en enero. Que cada mañana hasta mediados de febrero se traducía en mi dormitorio en Moscú en el chequeo de temperatura de todos los estudiantes que habían viajado a China durante vacaciones. Entre ellos mi compañero de cuarto proveniente de Wuhan cuyos padres, en esas fechas, ya estaban en aislamiento junto con el resto de la ciudad. Una reacción en cadena que clausuró miles de eventos. Entre ellos, primero, la Bienal de Shenzhen, causando entre los enterados más dudas que alarma; el Mobile World Congress de Barcelona, generando en los periódicos tantos espantos como reclamos; y poco a poco el resto quedó en silencio

El escenario actual en ese entonces se figuraba como una delgada línea negra en el horizonte que ni siquiera sabíamos qué significaba y cuyas consecuencias tampoco logro terminar de imaginarlas. Causa vértigo pensar la responsabilidad que implica que algo tan cotidiano como agarrar una perilla y luego tocarse la cara pueda terminar por poner a toda una sociedad en cuarentena. Construimos calles para vivirlas, plazas para coincidir con desconocidos, estadios para hacer conciertos masivos, bares para estar amontonados, transportes colectivos para mover masas y aeropuertos para estar comunicados. Vaya miseria pensar que de la incompatible mezcla de ciudad y epidemia a futuro la convivencia física, por placentera o detestable que fuera, desaparezca. 

Lo denunciaba Joseph Conrad hablando del Titanic y lo personificaba el astronauta Vladimir Komarov subiéndose a una nave espacial sabiendo que eran muy pocas las probabilidades de que regresara. Cuando lo que nos mantiene a flote falla, se rompe algo en nosotros haciendo evidentes la mezcla de ingenuidad, fragilidad y energía malgastada. 

¿Qué hicimos todos estos meses? ¿En qué otras batallas estábamos inmersos? ¿Si los esfuerzos por hacer ciudades más densas y compactas que promocionábamos, con todas las virtudes del modelo, fueron también la leña que alimentó al fuego, qué sigue y cómo las adaptaremos a este tipo de eventos?

Las respuestas vendrán de todos los sectores pero la escala del problema invita a cuestionar si será necesario centralizar aún más las regulaciones para articular en un solo plan maestro el uso de un cubierto hasta la logística de un hemisferio o distribuirnos, separar las ciudades en comunidades y que cada una establezca los protocolos de sus futuras cuarentenas. Diría que un nuevo paradigma podría guiarnos. Sin embargo, creo que el problema no es tanto un tema de visión como de implementación. Escasean productos y servicios mientras se apilan teorías, señales, planes e instructivos.

Queda desear, desde la cuarentena que ha convertido a los departamentos en celdas, que la próxima línea negra que se asome en el horizonte anunciando una tormenta, podamos leerla mejor y no cargar con la lapidaria sensación de un mal cálculo, una siniestra decisión o una sorpresa. En las ciudades postpandemia el arca debe permitir a los necesitados hacer uso de ella, tenga esta forma de respirador, de servicio, edificio, institución o linterna. Encontrarnos enfrentados tan nítidamente a la situación de racionalizar equipo médico y alimentos habiendo simultáneamente tanta riqueza, forma parte de la lista de anomias que incuba el modelo contemporáneo de ciudad, ese ente multitudinario en el que confiamos y trabajamos sin tener muy claro hasta dónde nos puede llevar y que a raíz de esta crisis podría cambiar.

El cuento que comencé a escribir hace un año termina con el inicio de la tormenta. Quedan estas semanas para determinar, imaginar o alucinar qué sucede dentro y después de ella aunque parecería que hacer caso omiso de las señales sea parte de nuestra naturaleza  como bien lo habían descrito los relatos griegos hace siglos. De ahí el enredado proceso que logró que una lejana epidemia navegando a través de nuestros sistemas escalara hasta convertirse en pandemia.

 

  

“He pensado que algún día me llevarías a un lugar habitado por una araña del tamaño de un hombre y que pasaríamos toda la vida mirándola, aterrados.” 

Los poseídos, Fiódor Dostoievsky (1871-1872). 

 

Baño María 

Sé cómo termina la historia y también cómo comienza. Aparece en el horizonte una línea negra que anuncia una apocalíptica tormenta. Cuando ésta se presenta, un grupo de arquitectos y voluntarios que construyen una nave para salvarse, descubren que su creación no pasa por la puerta. 

El intervalo entre ambos momentos es más confuso, hay días que imagino tiendas saqueadas por personas que batallan por albercas inflables con las cuales flotar sobre la ciudad inundada. En otras, una peregrinación de miles de voluntarios que se dirigen al interior de la galería como si fuera un mausoleo y deciden refugiarse en esa jaula, aún sabiendo que no detendrá el agua. Imagino a raíz del anuncio de la catastrófica tormenta, una ciudad operativamente desierta, sin electricidad y nadie que la gobierna. Sitiada, donde no son las ratas muertas en la escalera el síntoma de una peste sino los pabellones hechos con las cimbras de los edificios que quedaron en proceso de obra que se extienden sobre la ciudad existente. Piezas anónimas de arquitectura que nacen de la ansiedad de la gente, de sus ganas de interactuar con un sistema urbano al que sólo pueden acceder digitalmente y la comunicación depende de laberínticos menús telefónicos donde el ser vivo que se enfrenta al algoritmo es el que pierde. 

Una historia que se desarrolla en una urbe autodevastada que espera el agua para justificar los daños que ella misma se ha infligido. Donde los habitantes a la espera de ese obligado exilio, ocupan las calles tripulando barcos encallados en el pavimento tras abandonar los edificios formales por completo. Un caos, un escenario tan absurdo y coherente como el que uno podría imaginar en el año 2019 al ver una multitud de cuerdas y polines atadas, conteniendo un espacio; una atmósfera estéticamente cargada cuya envolvente sugiere una jaula, una hoguera o una arca. 

Surge, entonces, el grupo de arquitectos que decide crear un barco al interior de un cuarto. ¿Conocían la naturaleza trágica de su acto?, ¿imaginaban las manos de los voluntarios que el arca no flotaba?, ¿si la nave no era una vía de escape, entonces qué significaba? 

La ilusión del final del milenio, cuando era posible pensar que toda ciudad merecía un gran museo, encontró su contrapeso en las décadas siguientes a base de crisis financieras, políticas y sociales que caricaturizaron ese tipo de edificios y planes maestros dejando una estela de construcciones vacías y gastos de mantenimiento. Ese periodo de optimismo en el modelo urbano precedido de una condena, produce, entre muchas respuestas, soluciones antibióticas que demuestran que los recursos para trabajar si existen o se pueden inventar. Esfuerzos para construir sistemas que permiten a la arquitectura tener una relación distinta con la sociedad, que la establecida por el mercado. Ya sea a través del orden como Superstudio o aquella escuela que condena y a la vez participa en los sucesos y modelos que en apariencia desprecian, como lo hicieron Archizoom y Rem Koolhaas. 

Los arquitectos de nuestro cuento replican ese hedonista y racional balde de agua fría, inmersos en una ciudad agobiada por sus propios demonios, a la cual se agrega aquella amenazante línea negra. Una escena donde es su propia razón la que gobierna y origina un nuevo universo partiendo de la articulación lógica de un polín y una cuerda. No hay un enchufe en su pieza, no hay un solo rincón que no obedezca a la modulación de su propio sistema. La estructura se emancipa constructiva y estructuralmente del contexto que la rodea y ofrece un refugio, un punto de partida o una prisión para aquel que se introduce en ella. 

Sería entonces aún más dramático imaginar que la obra empezó antes de que supieran de la tormenta, incluso pensar que fue el propio pabellón el que la provocó en algún tipo de ritual pagano u ofrenda. Asumir que el grupo de arquitectos que la comenzó, lo hizo sin saber de esa amenaza. Y quienes se fueron integrando voluntariamente, le atribuyeron ese propósito al ver que no quedaban más lanchas, albercas o barcos en ninguna tienda. Que los participantes nunca se comunicaron, o incluso imaginar que eran conscientes del problema que representaba la puerta, y debatían si practicarle al edificio una cesárea con el riesgo de que este colapsara. En todas esas opciones, la nave desafiante permanecía inmaculada. A ningún personaje en toda la historia le parecía necesario cuestionarla. Era la piedra que empujaban por la montaña, el desarrollo de infraestructura con deuda en Asia, su propia burbuja inmobiliaria, el tejido de Penélope que mantenía a esa complicada turba ocupada pensando si su único plan funcionaba. 

Llega una noche y la construcción está terminada, no se necesitan más amarres, ni es necesario saquear más edificios o pabellones de festivales. En el horizonte, la línea negra se hace más espesa mientras los participantes festejan viviendo quinientos días al interior de la pieza a sabiendas que en la ciudad ningún trabajo u obligación los espera. La nave y la idea de tormenta que representa, se convierten en una olla donde la tensión que provocan sus habitantes suave y homogéneamente incrementa, donde un nuevo orden y una nueva sociedad gobierna provocando guerras, conspiraciones y treguas que suceden con tal fuerza que la posibilidad de un diluvio es lo que menos les afecta. 

Grupos de choque la invaden y deciden que deben desmantelarla para construir naves más pequeñas con sus piezas. En revancha, utilizando gas pimienta, los arquitectos retoman el poder y logran para una foto, retratar su creación desierta. Reclaman entonces los voluntarios, convertidos en fanáticos, el derecho a la nave que construyeron con su propia carne. Que se les permita colgar en las paredes los ídolos y sagrarios que hicieron en esos años a través de procesos comunitarios y que los reconozcan como autores para fines mediáticos. Inclusive demandan nuevas políticas de protección de datos.

Por los siguientes cinco años, continúan las guerras abstractas y al calor del sudor de las prolongadas revueltas, aumenta la humedad y la línea negra se convierte en una superficie que cubre la ciudad completa. El cuento que escribo para esta pieza finalmente comienza:

«Grita la gente, responde la tormenta. La nave, el refugio, la prisión, no pasa por la puerta.» 

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