13 febrero, 2020

Avenida chapultepec renovada

por Alejandro Hernández Gálvez | @otrootroblog

En agosto del 2015 el gobierno de la Ciudad de México anunció la construcción de un ambicioso proyecto no en sino sobre avenida Chapultepec bautizado como el Corredor cultural Chapultepec. La ambición detrás del proyecto era, como en la gran mayoría de las propuestas urbanas emprendidas por el gobierno encabezado por Miguel Angel Mancera, más financiera que urbana y el pretencioso nombre con que se presentó buscaba esconder la realidad del negocio. No lo logró. Lo que sí logró fue que el engaño, señalado pronto por muchos, suscitara una coalición contra el proyecto en la que participaron personas y grupos con intereses diversos, a veces incluso divergentes, tomando una posición frente a intervenciones urbanas de ese tipo que se resumió en un lema: ¡así no!

Se publicaron textos, hubo debates, mesas de trabajo, una campaña de información organizada de manera colectiva para hacer frente a la propaganda del gobierno de la ciudad, camisetas, pancartas, una marcha y al final una consulta en la que, sorprendiendo incluso a quienes estábamos contra el proyecto, Shopultepec perdió por dos votos a uno.

Tras el rechazo, el gobierno de Mancera se sentó a la mesa para con todos los implicados decidir qué hacer. Fue más una formalidad que una auténtica muestra de interés por hacer algo. Casi una farsa que, hoy sabemos, escondía las condiciones tan ventajosas para los supuestos inversionistas como desfavorables para la ciudad a las que el gobierno había accedido. A un año de la consulta, escribí aquí mismo: «Hubo varias sesiones de trabajo y dos o tres oficiales, frente a los encargados del gobierno. Del lado del ¡así no!, entre todos pedíamos todo. Había los pragmáticos que ofrecían la solución más simple: buenas banquetas, buen mobiliario público, buena iluminación. Más árboles, menos coches. Había los utópicos que planteaban ese momento como la posibilidad de pensar otra manera de hacer ciudad, de concebir y planear proyectos urbanos, nunca sin nosotros, se dijo. Como cuando la campaña contra el Corredor, se organizaron grupos, se hicieron propuestas, pero del lado del gobierno sólo se sentaron a esperar. A esperar, a mi parecer, que el grupo se fracturara, que las discrepancias internas terminaran por ser más fuertes que los acuerdos, que todo se olvidara. Y así fue.»

 

Esta semana el gobierno de la ciudad inauguró las obras en avenida Chapultepec. La opción fue la que se había apuntado como la más evidente: ensanchar y mejorar banquetas, instalar mobiliario urbano e iluminación, más árboles, carril confinado para bicicletas. En general la intervención es una mejora notable en una calle que, pese a su importancia, estaba en pésimo estado. En lo particular, se notan fallas y faltas en la ejecución de algunos elementos. Y aunque las banquetas fueron ensanchadas —algo ya de aplaudir en una ciudad que por décadas a privilegiado a la minoría que utiliza el automóvil frente a los peatones—, descontando jardineras y mobiliario el espacio para caminar sigue siendo escaso en relación con el dedicado a los coches.

El mismo día que se presentaron las obras no faltaron los cuestionamientos en las redes sociales sobre cuánto tiempo estarían las banquetas así, limpias y libres de ambulantes —notemos la costumbre de equiparar limpieza con la ausencia de cierto tipo de personas y actividades. Al día siguiente que recorrí la calle ya estaban ahí, desde temprano y en domingo, ambulantes y bicicletas a media acera. Es algo que no se  puede evitar tan fácilmente sólo con el diseño de una banqueta, pero que quizá podría haberse incluido pensando —sin duda causando controversia— en la mejor manera de hacerle lugar a lo que sabemos tarde o temprano lo ocupará, pese a los deseos de quienes imaginan la calle ideal como una foto de las ramblas barcelonesas sin gente y sin ambulantes —y olvidan otras fotos de la misma calle con gente y ambulantes, de los que también algunos locales se quejan soñando en la imagen ideal de otra calle en otra ciudad.

Ese espacio que aun nos falta a peatones, ciclistas y, sí, también a vendedores, es el que hoy ocupan, lo sabemos, cientos, miles de automóviles particulares. Y también sabemos que no es demasiado soñar suponer que pronto, como ya ocurre en otras ciudades del mundo, esos espacios dejarán de ser exclusivos del auto y excluyentes de todo lo demás. Esperemos.

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