28 abril, 2020

Augusto F. Álvarez por Felix Sánchez

por Félix Sánchez | @F_pesci

Escribo estas líneas con la emoción contenida para destacar una estampa de mi amigo Augusto F. Álvarez, hijo de un grande de la arquitectura mexicana del Siglo XX  Augusto H. Álvarez. Yo también como hijo de otro grande sé el peso que ejerce en lo positivo y en lo negativo ser hijo de una figura. Es claro que cada uno se forja un camino y como dice el poeta Antonio Machado “ Caminante no hay camino, se hace camino al andar”

Augusto le tocó hacer camino y fuerte en el hacer gremial, genuinamente abocado a promover y defender al arquitecto en su actividad. Miembro distinguido de la Junta de Honor que tuve el privilegio de presidir (CAM-SAM 2012-2014) Augusto ya portaba sendas credenciales como coautor del reglamento para concursos de proyectos de arquitectura,  y en esta Junta le dimos vuelo y Él logró consolidar la idea de los concursos. Además fue gran  promotor de Bienales y miembro distinguido como jurado de muchos concursos, inclusive algunos en donde coincidimos. Quienes hemos participado alguna vez como jurados entendemos la problemática de revisar con cuidado más de 150 trabajos; créanme que es una actividad desgastante, pero también muy estimulante por que en  la conversación y los juicios de otros jurados calibras tus propios pensamientos. Se aprende.

Siempre admiré su ojo crítico y su sensibilidad para juzgar la buena arquitectura, su educación y linaje se lo permitieron, con una ventaja sabía discutir y argumentar las fortalezas y debilidades de las propuestas y nunca tratar de  imponer su criterio- nada fácil en el valle de los egos de los arquitectos-. Lo digo por experiencia en muchos jurados alguien siempre quiere imponer su selección. Por eso digo que es muy difícil ser jurado y en verdad Augusto siempre fue un gran jurado. Esto lo enaltece.

También lidero y fue  promotor incansable de la Bienal Panamericana  de Quito, de la cual fue presidente.  Cada dos años nos hablaba para  que mandáramos nuestros proyectos a concursar, él se echaba a cuestas los costos de los envíos o de plano los llevaba en el avión. Alguna vez me dijo mi “satisfacción es demostrar lo buena que es la arquitectura mexicana”.

Sirva esta mínima estampa de la personalidad jovial de Augusto – siempre tenía un chiste picaresco para  abrir el diálogo-. Promovió y  creyó en los concursos de ideas. Los concursos  le permitían ver y medir en una lámina la potencia y madurez, conocimiento, e intencionalidad de un arquitecto ya supusiera  una figura o un nuevo  protagonista.  Con esto  Augusto se puede dar por bien servido. Agradezco ser su amigo.

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