22 mayo, 2019

Architetture del buon senso

por Miquel Adrià | @miqadria

Las arquitecturas recientes mexicanas están saturadas de cordura. Quizá nunca los extremos estuvieron tan próximos y las corrientes mexicanistas e internacionalistas -aparentemente opuestas- que oscilaron a lo largo del pasado siglo, están cada vez más difuminadas. Cierta homogenización se cuadra alrededor del trabajo iniciado por Alberto Kalach y eventualmente seguido por otros arquitectos más jóvenes, en la búsqueda del tino más que del riesgo, de la precisión más que en el alarde y de la contención más que de la investigación. Una mesura -como virtud- acomodada en el presente, cuya atemporalidad rechaza cualquier vínculo con el pasado o guiño futurista.

A lo largo del pasado siglo la arquitectura mexicana osciló desde actitudes claramente internacionalistas, acríticas y de notable factura, hasta posiciones periféricas en busca de una identidad nacional. En la exploración de rasgos propios los arquitectos de la primera mitad de siglo XX hallaron en el estilo colonial el código semántico que debía impregnar la arquitectura mexicana, mientras que los nuevos funcionalistas –Juan O`Gorman, Juan Legarreta- liderados por José Villagrán, radicalizaban sus posturas desde el rigor técnico al servicio de la sociedad. Años más tarde, el Estilo Internacional se vio como una opción domesticada del funcionalismo que a todos convenía, adaptándose a las exigencias particulares de cada usuario y en respuesta a la imagen de progreso y modernidad, sin ignorar sus virtudes económicas. Con Barragán, la preferencia por la forma, incluso vacía de contenido, estuvo presente en las distintas tendencias, enfatizando la preeminencia de lo cerrado frente a lo abierto, lo representativo frente a lo funcional y lo estético frente a lo ético. Al finalizar el pasado siglo, el panorama oscilaba entre la masividad expresionista de Teodoro González de León, los escenográficos paisajes cromáticos de Legorreta y las propuestas tecno-internacionalistas de de TEN Arquitectos. Tras unos primeros años años del siglo XXI en que la arquitectura icónica pre-crisis hizo mella en los proyectos de algunos jóvenes más regidos por la urgencia de pertenecer al formalismo globalizado que por encontrar una expresión propia, emergió la obra de Alberto Kalach como la más original y escultórica del reciente panorama nacional.

Tras él, destacan algunos despachos como Rocha-Carrillo, Tatiana Bilbao, Productora, Derek Dellekamp, Pancho Pardo, Frida Escobedo, Ambrosi / Etchegaray, Rozana Montiel, MMX, Fernanda Canales, Manuel Cervantes –todos ellos de la Ciudad de México- Macías Peredo, Luís Aldrete y Atelier ARS –de Guadalajara-, Jorge Gracia de Tijuana o S-AR de Monterrey, que destilan con sensibilidad los signos de sus tiempos en clave local y responden al contexto y a las necesidades del mercado inmobiliario desde cierto pragmatismo. De este rico panorama de arquitectura emergente se subrayan ocho despachos bien sea por la singularidad de sus propuestas como por la calidad de su factura.

Así, el trabajo de Mauricio Rocha y Gabriela Carrillo se decanta hacia la conceptualización desde los potenciales de lo preexistente con tecnología al alcance. La obra de Mauricio Rocha (Ciudad de México 1965) es el desenlace de un discurso que da continuidad entre proyectos y obras, entre instalaciones y edificios, entre lo efímero y lo atemporal. La obra de Rocha permea cierta esencialidad formal y conceptual desde la expresión del material y desde la geometría como respuesta al contexto. Para él el uso comedido de los silencios −arquitectónicos−, es la antesala de frases esenciales, a veces lapidarias. Mauricio Rocha comparte ese espíritu con Gabriela Carrillo (Ciudad de México 1978), construyendo con ideas precisas y pocos recursos, ante un panorama contaminado por el exceso de forma y el delirio por el detalle virtuoso, al que reaccionan con una gramática básica y arcaica, sustentada en la materialidad, las texturas y la luz. La economía, tanto de recursos como de elementos, forma parte de su método y de su práctica de trabajo, donde el módulo pauta y el esqueleto y la piel no se confunden. La estrategia está por encima de la composición. La expresión del material, a medio camino entre el rescate de técnicas autóctonas y el experimento, muestra el paso del tiempo. Mauricio Rocha y Gabriela Carrillo no están interesados por lo espectacular, por la arquitectura-imagen, sino por el espacio como contenedor de emociones. Entienden la arquitectura como una experiencia, un diálogo entre lo existente y lo nuevo. El Centro Cultural Los Chocolates, en Cuernavaca, está ubicado donde anteriormente hubo una terminal de autobuses pintado de color marrón «chocolate» del qué hereda el nombre. El nuevo Centro utiliza el perímetro del predio como borde sólido para delimitar dos espacios abiertos al interior: el jardín y la cancha, sobre la cual flotan tres volúmenes qué funcionan como puentes habitables. El edificio esta construido con sillares de tepetate color chocolate como revestimiento de una estructura de acero y concreto. La cancha bajo los puentes paradojicamente es casi triangular y remite a la ironía de la mesa de billar circular que diseñó Gabriel Orozco.

Ambrosi y Etchegaray depuran cierto esencialismo que podría etiquetarse como “menos es suficiente”, parafraseando el menos es más de Mies van der Rohe, desde muros de block y losas de concreto que remiten a una obra inacabada para el ojo poco atento. En el trazo de Jorge Ambrosi (Ciudad de México, 1977) y en el valor que le da al dibujo, está un modo de pensar y construir que acoge tiempo y espacio a la vez. Con Gabriela Etchegaray (Ciudad de México, 1984) cultiva una arquitectura austera que hace sencilla la complejidad y al mismo tiempo huye del minimalismo de supermercado. Ellos usan la modernidad como referente, donde encuentran antecedentes útiles en la historia. Su obra está plagada de intervenciones sutiles pero precisas, refinadas aunque modestas, lejos de la obviedad, donde las nociones de tipo y permanencia fungen de pentagrama para las notas de la forma. No son imágenes preconcebidas sino composiciones holísticas. De ese desprendimiento de lo anecdótico procede su gusto por lo elemental, por lo mínimo, donde la idea debe estar implícita en la materia. Bloques, losas y columnas, viguetas y bovedillas aparentes expresan una sinceridad casi didáctica. Muros y ventanas, huecos, aberturas y terrazas, aluden a una ruina o a una construcción inacabada, a medio ocupar, como la mitad de lo que se construye en México. Pareciera que en el Vivero Guayacán, más que recurrir a la arquitectura prehispánica remiten a las excavaciones de los sitios arqueológicos, reconociendo en cierto modo que las construcciones de Ambrosi y Etchegaray piden pasar inadvertidas para mostrar otras previas.

El trabajo de Fernanda Canales (Ciudad de México 1974) compagina investigación y práctica. Sus ensayos sobre la modernidad mexicana del pasado siglo o sus estudios sobre vivienda colectiva han alimentado el rigor proyectual de sus propuestas construidas. La tarea del arquitecto es transformar la realidad, mejorarla si cabe, desde el oficio de construir sin perder la fidelidad de las primeras intuiciones, ni la memoria histórica y tipológica. Asi, la casa Bruma y la casa Terreno, ambas en Valle de Bravo, están pensadas en función de un mismo tema: el patio, desde usos distintos. Ubicadas en terrenos muy grandes, se abren a las vistas sobre los espectaculares paisajes que por la noche desaparecen. Ahí, el patio ofrece un espacio exterior acotado, que enfatiza el paso del tiempo. Canales reinterpreta la arquitectura vernácula en estas casas de lujo, atendiendo condiciones particulares de terrenos con pendiente y respetando los árboles existentes. En la Casa Bruma, dos patios –uno alto con mucha vegetación y otro bajo y vacio- articulan el programa repartido en nueve volúmenes sobre plataformas a distintos niveles y vistas que se abren a orientaciones distintas, desde cierta ambigüedad entre interior y exterior. En la Casa Terreno, que iba a ser de piedra, resultó muy difícil llevarla al terreno y se optó por tabique troceado, exaltando su superficie rugosa. Son casas de vacaciones que se proyectaron, no tanto desde las necesidades primarias, sino desde los deseos.(1)

La obra de Manuel Cervantes (Ciudad de México 1977) también pertenece a la (pen)última generación y forma parte de una constelación de arquitectos mexicanos que dialogan de diversas maneras con la herencia de la modernidad mexicana. Durante el prolífico pasado siglo XX hubo una corriente de primerísimo nivel que evitaba los focos de la primera página, que de cierta manera retoma Cervantes en este siglo. La continuidad con ese racionalismo moderno no implica nostalgia alguna, por el contrario, ha sabido adecuarse sin recurrir a dogmatismos ni estilos. “La corrección y neutralidad de la obra de Manuel Cervantes llevan a una arquitectura que pasa desapercibida estando en sintonía con su lugar y su tiempo, y se distingue desde la sutileza.”(2) Desde su breve trayectoria, muestra una madurez insólita, con coherencia y claridad, que obedece a la precisión del lenguaje. Un ejercicio de diseño que más que un despliegue de originalidad es un acto de control en el que se marcan ciertas fronteras. Estas pautas se repiten en cada proyecto sin importar la escala: el orden y rigor en el proceso constructivo, la modulación, el uso de materiales adecuados para cada caso, la adaptación a la topografía o a las circunstancias urbanas. No se trata de encontrar un estilo. Así, Cervantes despoja los proyectos de elementos innecesarios y desde los primeros croquis deja evidencia de los procesos constructivos que anticipan el resultado final. Objetividad, honestidad estructural, ausencia de revestimientos, son algunas de las herramientas de este arquitecto que dibuja a mano cualquiera de los detalles para tener el dominio del proyecto. El autor desaparece para que la neutralidad radical de la arquitectura muestre la contundencia de lo sutil.(3)

En el CETRAM Cuatro Caminos, los mínimos elementos constructivos no dejan lugar para revestimientos, sabiendo que sólo “prescindiendo de todo lo superfluo el arquitecto puede garantizar la supervivencia del proyecto sometido a las rebajas sistemáticas de las constructoras.”(4)

La nave industrial en Zapopan de Atelier ARS / Alejandro Guerrero (Guadalajara 1977) y Andrea Soto (Guadalajara 1987), no solo responde al programa sino que apela a la forma industrial universal y al trabajo artesanal local. Retoma la estrategia estructural y formal de la arquitectura industrial utilizando el diente de sierra como cubierta, con el fin de obtener altura e iluminación natural entre columnas. Construido con estructura metálica se utilizó block aparente como cerramiento, paneles de cemento prefabricados y láminas de zinc para fachas y cubiertas. Una arquitectura que muestra la destreza tectónica para hilvanar historia, tradición, materiales y sistemas de producción a partir de una forma representativa de su tipología.

Si, como hemos visto, en arquitecturas de mínimos el regreso a la esencia moderna funciona, también aparecen obras más adjetivadas como la Casa Roble de Macias Peredo o el Pabellón Hercones de S-AR. Éste es un taller colaborativo de arquitectura alternativa con base en Monterrey, conformado por Cesar Guerrero (Durango, 1980), Ana Cecilia Garza (Monterrey 1980), Carlos Flores (Tapachula 1980) y María Sevila (Ciudad de México 1984). Su trabajo parte de reconocer y apropiarse del lenguaje canónico de la modernidad para conformar sus proyectos a partir de prismas sólidos y precisos. Así fue el Pabellón que reintepretaba la casa Fanrsworth en madera forrada de cristal que en cierta medida retoma en el Pabellón Hercones y en los Miradores de Monterrey.

Salvador Macias (Guadalajara 1977) y Magui Peredo (Guadalajara 1979), son sin duda, los arquitectos tapatíos más interesantes (junto Luis Aldrete y Atelier ARS) desde Luis Barragán. Como él, parten de lo vernáculo, sin idealizarlo; como fuente primaria para interpretarla, evitando siempre las soluciones obvias de diseño. Macias Peredo «muestran un interés imparcial en las casas sencillas, las estructuras anónimas y la cotidianidad de las culturas. Más que cautivarse por lo extraordinario crean su poesía constructiva a partir de lo ordinario, a partir de la sutileza radical»(5)

En la casa Roble, cuatro torres que corresponden a las cuatro recámaras, dan forma y fragmentan la residencia que se somete al espacio que define el hermoso roble existente. Una fachada de tabique ocre perforado por ventanas a distintas profundidades, se monta sobre el basamento de concreto. La construcción no concluye con los muros ni las ventanas sino que la segunda capa endodérmica del mobiliario define los interiores.(6)

Por último -en esta selección- cabe destacar a los miembros de MMX quienes no sólo aportan ideas nuevas si no que buscan fórmulas que les permitan aproximarse de manera más congruente a cada encargo. Su trabajo se define precisamente en ese espacio intermedio que sucede entre lo nuevo y lo sistemático; entre la reformulación constante y el método eficiente. «Objetivar las decisiones y consensuar las voluntades les ha llevado no sólo a convertir el proceso creativo en un método, sino a manifestar en los proyectos una fuerza legible.»(7) «Para MMX el valor de estar juntos radica en discutir los proyectos en grupo y lograr una densidad de ideas que quepa dentro de formas sencillas; que la solución aparezca simple en el más complejo de los ejercicios y emplazamientos.»(8)

En este sentido, MMX construye un mundo en orden, razonado. La dimensión geométrica que dan a sus proyectos es una manera de domesticar la arquitectura. Su trabajo consiste en articular y fundamentar. Es decir, hacen coincidir formas, espacios e ideas, que conecten con entornos y personas. La experiencia en obra es parte fundamental del trabajo de MMX y se refleja en su interés por los materiales, la estructura y la relación con el ámbito exterior. Prestan mucha atención en la parte constructiva, las articulaciones espaciales, en las secuencias y en los recorridos. Su visión se centra en el engranaje de las partes. En el trabajo de MMX se usa la geometría como una operación casi estructural que sustenta todo y establece un orden. En los departamentos DGB se reconoce una clara voluntad de hacer ciudad. Un patio central es el elemento articulador que integra el vacío como jardín al que se vuelcan las terrazas y las áreas públicas de los departamentos.

Con esta selección se da cuenta del trabajo de algunos de los despachos más destacados de las últimas generaciones que trabajan desde el confort de la razón, sustentado en el conocimiento de la modernidad y de la cultura local -tradición, materiales, tectónica-. Un cierto manierismo tardo-moderno qué trabaja con rigor en el presente, quizá por que el futuro mexicano es una materia demasiado incierta.

 

Publicado originalmente en la revista Casabella Nro.897, Mayo 2019.


Notas:

1. Conversación con Fernanda Canales, Arquine 86, página 24

2. Juan Carlos Cano. Elogio de la neutralidad : la arquitectura de Manuel Cervantes, Manuel Cervantes Céspedes, Arquine, México 2015, página 11

3. ib. id. página 14

4. La mano invisible, conversación entre Manuel Cervantes, Javier Sánchez y Miquel Adrià, Manuel Cervantes Céspedes, Arquine, México 2015, página 17

5. Wonne Ickx, una vara sobre una viga. Macias Peredo Calmar el ruido. Arquine. México 2017, página 44

6. Víctor Alcérreca. Macias Peredo Calmar el ruido. Arquine. México 2017, página 83

7. Fernanda Canales, MMX, Arquine, México 2019, página 250

8. ibid. página 250

 

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