13 marzo, 2015

Arquitecturas de la imagen: notas sobre una película

por Pablo Martínez Zárate

Preparo una película que se titula Los poderes de la imagen. Es una película en preparación para otra película sobre la identidad mexicana. Para la primera, entrevisté a cineastas, fotógrafos de guerra, actrices, publicistas, teóricos y críticos del arte, artistas. Prácticamente la hago solo, con apoyo de un par de personas en dos de las entrevistas, y con la idea de compartir algunas de las inquietudes más fundamentales de mi transitar por este mundo de circos y simulacros. Aprovecharé este espacio editorial para expresar algunas ideas al respecto que permiten reimaginar los horizontes de esta columna (Plano y Trayectoria).

La pregunta detrás de la película: ¿cómo el consumo desmedido de la imagen incide en la relación con nuestro cuerpo y, al final, en nuestra apropiación de la muerte? El principio de la imagen, desde nuestra perspectiva, no es exclusivamente visual: primero es sonoro, después también táctil, olfativo, gustativo. La imagen  —entendida como soporte mental del teatro de nuestros sueños— es un poliedro formal que trasciende un solo estímulo, espacio o tiempo concreto; un complejo de formas que se nutren de nuestra experiencia multisensorial. Un plano arquitectónico en constante redefinición.

Las imágenes (estímulos transformados en signos mentales) son la condición de sentido del universo humano. La construcción de estos andamiajes simbólicos conforman un dilema central si queremos ahondar en la experiencia contemporánea (tema de la segunda película), tema angular en nuestro mundo dominado por la “información” (in-formación: transmisión de forma de un medio a otro, comunicación de relaciones, imposición-detección-transmisión de forma), donde la circulación de la(s) forma(s) ha adquirido un volumen y velocidad antes insospechadas. El dilema da luz sobre lo que aquí denomino “arquitecturas de la imagen”: los imaginarios que median nuestro habitar y tránsito corpóreo del mundo material y nuestra apropiación de nuestra condición de seres mortales a partir de los valores que el consumo de imágenes imprime sobre la vida.

¿Por qué “arquitecturas de la imagen”? La imagen, en esencia, es construcción. Cúmulo de experiencias operando en cada instante como actualización mental sobre nuestros imaginarios  (recuerdos, fantasías, temores); maquinación que define y redefine nuestros esquemas de mundo. Sucede lo mismo con cualquier edificio: el tiempo reescribe la relación entre quienes lo habitan y las instituciones que rigen su uso, así sus funciones también cambian a lo largo del tiempo. La imagen, correspondientemente, es proceso arquitectónico en constante transformación. Edificio que padece un plan perpetuo de remodelación. Y tal vez “plan” es decir mucho. La gran mayoría de las veces no hay planeación. No hay dirección, tampoco, ni control. Mayoritariamente, por lo menos, nuestro mundo imaginario responde a estímulos externos más allá de nuestro control. Y como un edificio que condensa el espíritu de una época, un paradigma simbólico también lucha contra el tiempo, lucha contra la demolición. Los poderes de la imagen son la imagen misma: un mecanismo autorreferencial. Y así, con esta entrada autológica, comienza la ampliación de esta gran mansión en ruinas, reflejo fragmentario y laberíntico de mi imaginación.

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