2 noviembre, 2016

Arquitectura y sexualidad

por Manuela Salas

oikema

Mil metros cuadrados de deseo, Arquitectura y sexualidad, es el resultado de una  investigación sobre cómo se han proyectado, construido e imaginado los espacios para el sexo en la sociedad occidental desde el siglo XVIII hasta nuestros días. La exposición en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (hasta marzo de 2017), a través de unas 250 piezas, entre dibujos y maquetas, instalaciones artísticas, audiovisuales, libros y otros materiales, explora el poder que ejercen los espacios como motor de deseo y muestra como la arquitectura ha contribuido al control de los comportamientos y a la creación de los estereotipos de género en nuestra sociedad patriarcal.

1,000 m2 de deseo presenta algunos de los proyectos que se han distinguido por subvertir  los modelos tradicionales y por postular utopías comunitarias de convivencia sexual o espacios privados concebidos exclusivamente para el placer. Pone de manifiesto como la creación de ciertos paréntesis de resistencia a lo normativo nacen sobretodo de la apropiación de lugares, y evidencia como la práctica de la arquitectura ha estado dominada por hombres hasta muy recientemente y que, en consecuencia, los espacios propuestos para el placer se imaginan desde un deseo y una fantasía masculina.

La arquitectura, como organizadora del espacio y como atmósfera, forma parte sustancial de nuestras fantasías sexuales. Muchos de los espacios presentados solo se han imaginado y se construyen a través del lenguaje o la imagen proyectada. La exposición habla de cómo los espacios de la ficción se han tipificado y forman parte de nuestro imaginario colectivo, desde lo bucólico hasta lo exótico los ámbitos disciplinarios, desde los espacios de lujo hasta los de la transgresión. La muestra presenta algunos de los proyectos que se han distinguido por subvertir los modelos tradicionales y postular utopías de convivencia sexual o espacios privados concebidos exclusivamente para el placer. Revisa las propuestas de Claude-Nicolas Ledoux, Charles Fourier, Sade, Guy Debord, la arquitectura radical de los años sesenta y setenta, Carlo Mollino, Adolf Loos, Wilhelm Reich, la arquitectura de Playboy y la obra de arquitectos y artistas contemporáneos.

La propuesta se desarrolla en tres capítulos temáticos: Utopías sexuales, Refugios libertinos y Sexografías, e incluye varios espacios autónomos que funcionan como «miniexposiciones», curados, cada uno de ellos, por diferentes especialistas.

El siglo XVIII fue fecundo en utopías espaciales y sexuales. Claude-Nicolas Ledoux proyectó para su ciudad ideal de la Saline de Chaux, el prototipo de un templo para el placer, Nicolas Restif de La Bretonne imaginó una red de burdeles estatales en su novela Le pornographe y el Marqués de Sade construyó su propia utopia del exceso, cuya puesta en escena narrativa solo puede entenderse desde su pasión por la arquitectura y las artes escénicas. La figura de Jeremy Bentham y su propuesta de un edificio para la vigilancia, el panóptico, planea sobre muchos proyectos del siglo XIX. La exposición reivindica también una relectura de Charles Fourier y de su radical e imaginativa utopia comunitaria del placer en torno de los falansterios. Reformistas o subversivas, estas arquitecturas sexuales del siglo XVIII y principios del XIX establecen cierta continuidad con utopías más contemporáneas, desde los modus vivendi de las comunidades hippies hasta los proyectos visionarios del siglo XX: Ettore Sottsass, Archigram y Superstudio, Rem Koolhaas y Elia Zenghelis.

Los refugios libertinos que se abordan en la segunda parte, muestran desde las petites maisons de la aristocracia francesa del siglo XVIII con estancias decoración y mobiliario especializado, a los apartamentos de soltero propuestos por la revista Playboy, para desentrañar que papel juega la arquitectura en las estrategias de seducción. Adolf Loos, por ejemplo, incorporó en su arquitectura protomoderna algunas experiencias sensoriales propias del siglo XVIII. El placer de su arquitectura es visual y también táctil, como la habitación forrada de piel que construyó para Lina, su primera esposa, o la casa que proyectó para Josephine Baker, quien años mas tarde cautivó a Le Corbusier a bordo del Lutetia, regresando desde Brasil hacia Europa. También Rudolph Schindler incorporó las teorías comunales de Fourier a su casa en Kings Road de Los Ángeles, y Carlo Mollino creo interiores sensuales y surrealistas para albergar escenográficamente a cientos de modelos desnudas, de cuyos torsos emergían posteriormente la forma de una mesa de centro o la estructura de una silla.

Pero sobre todo, la revista Playboy tuvo un papel crucial en el imaginario la arquitectura moderna –interiores, mobiliario y diseño de producto-: un universo de interioridad radical y entornos totales en el que se apoya el arte de la seducción. Playboy utilizó la arquitectura moderna para dar forma a una nueva identidad sexual y de consumo dirigida al hombre americano que transformó en un urbanita sofisticado. Apartamentos de ensueño, sillas eróticas, camas redondas, lámparas futuristas, equipos de alta fidelidad y arquitectos como Frank Lloyd Wright, Mies van der Rohe, Moshe Safdie, o Buckminster Fuller fueron decisivos, al publicar en la revista aportando glamour a la cultura de la arquitectura moderna. En los años sesenta el personaje que encarnó el ideal de Playboy fue James Bond interpretado por Sean Connery. En Diamantes para la eternidad la casa Elrod proyectada por John Lautner, fue el escenario ideal para un combate a muerte entre dos espectaculares asesinas contra el atractivo agente británico.

El tercer capítulo expositivo Sexografias, recorre los espacios públicos codificados nacidos de la necesidad de mantener encuentros sexuales socialmente proscritos. Ciertos grupos se apropian de calles, de baños públicos, o de parques, y el riesgo implícito de estos espacios públicos aumenta el placer del encuentro intimo. También los semi-públicos como el burdel, el motel de carretera, las saunas, las discotecas o los espacios BDSM, son sistemas sociales altamente ritualizados. Ámbitos donde la iniciación y transgresión actúan como motor de deseo: parajes exóticos para lunas de miel, destinos turísticos sexuales, barrios gais, que agregan valor a los mapas de muchas ciudades.

Por último, en 1,000 m2 de deseo se cuestiona la condición contemporánea y futura de la sensualidad y el espacio físico o virtual. Internet impone una laboriosa construcción de la imagen de la vida privada, desde el selfie al Instagram. La imagen de lo sexual publicado en las redes representa o sustituye (sublimándolas) las relaciones. La hipersexualización de la sociedad según la representan los medios, sustituye la vida sexual, donde Internet funciona como una máquina masturbadota. Entre el ciberespacio activo de relación con los otros destaca Second Life, una plataforma que se ha convertido en el paraíso de las obsesiones sexuales que rompen cualquier tabú, en entornos que dibujan con todo detalle la arquitectura y sus fantasías y los actores/avatares, pueden customizar el escenario comprando sus propios órganos en la tienda de la plataforma. La realidad virtual y la tecnología de la estimulación están creando espacios imaginarios que en poco tiempo podrían competir con el sexo presencial y la arquitectura física.

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