14 mayo, 2015

Arquitectura sin revolución

por Alejandro Hernández Gálvez | @otrootroblog

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En una carta del 25 de mayo de 1964, escrita entre la ciudad de México y Phoenix, Colin St John Wilson le dice a un estudiante de arquitectura sus impresiones de un simposio en el que había participado ese año, en la Universidad de Columbia, sobre la arquitectura en los años 30: “empecé a entender por primera vez que hay una diferencia fundamental entre la interpretación americana y la europea del papel de la arquitectura en la sociedad. Pues la arquitectura moderna de la que hablaban los participantes me resultaba irreconocible. Se definía desde un punto de vista de la sola madurez estilística del llamado «estilo internacional», profundamente enraizado en el Neo-Clasicismo y bastante alejado de los problemas de su sociedad. Nada de la Carta de Atenas, ningún eco de «arquitectura o revolución«, nada sobre nuevos estándares ni del fervor de algunos grupos por poner la arquitectura al servicio de la gente: arte por el arte, amen.”

Colin St John Wilson nació en Cheltenham, Inglaterra, el 14 de marzo de 1922 y murió el 14 de mayo del 2007. El obituario publicado por The Guardian dos días después de su muerte, dice que fue el menor de los hijos de Henry Wilson, obispo de Chelmsford conocido como el obispo rojo, por su apoyo a los republicanos durante la Guerra Civil española. Estudió arquitectura primero en Cambridge entre 1940 y 1942 y, tras la Segunda Guerra, en Bartlett, donde se tituló en 1949. Entre 1950 y 1955, bajo la dirección de Leslie Martin y junto con James Stirling, Alison y Peter Smithson y Alan Colquhoun, entre otros, diseñaron un prototipo de vivienda social. Con varios de estos arquitectos también fue parte del Independent Group, en el que también participaba Reyner Bonham y artistas como Richard Hamilton, Eduardo Paolozzi y Nigel Herderson. Diseñó junto con Martin varios edificios para la Universidad de Cambridge y el anexo a la escuela de arquitectura de esa misma universidad. Entre 1962 y 1997 trabajó en el diseño del edificio de la Biblioteca Británica.

La carta de Wilson a un joven estudiante antecede por 14 años a Delirios New York, el libro en el que Koolhaas postula su manifiesto retroactivo para el manhattanismo y sostiene que en América se construyó sin pensarse la arquitectura que Europa pensó sin construir. Para Wilson, la arquitectura que se construyó en los Estados Unidos, al menos la que se catalogaba como parte del Estilo Internacional, era una versión deshuesada de lo que se había planteado en Europa en las primeras décadas del siglo XX. En otro texto, titulado El arquitecto comprometido, publicado en el Journal of the Society of Architectural Historians en 1965, Wilson dice que parecía cierto que “la arquitectura para ciertos grupos en Europa se pensaba como una actividad revolucionaria” en la que “un cuerpo de ideas” se transformaba “apasionadamente en un cuerpo de construcciones.” Esas dos partes, dice, “debían ir juntas: hablar sólo del desarrollo de un sistema plástico o del existenz minima no era suficiente.” De nuevo en su carta al estudiante, dice que “en Europa, la noción de una nueva arquitectura resultaba polémica, pues, para bien o para mal, un cuerpo de ideas entero estaba en juego: sociales, técnicas y formales. Ese cuerpo de ideas iba de la perilla de la puerta al plano de la ciudad.” Un compromiso de tal dimensión, según Wilson, requería un tipo de juramento hipocrático, que no encontraba entre los arquitectos que habían participado en la transformación del movimiento moderno a un simple Estilo Internacional. Para Wilson, el abandono de los ideales de cambio social y político que acompañaban las transformaciones estéticas de la arquitectura —que él veía como una característica de la arquitectura en los Estados Unidos pero que hoy podemos entender como algo extendido al mundo entero— era una regresión en la que la búsqueda de una arquitectura “pura” o autónoma terminaba en objetivos triviales. En ese sentido, la relación de la arquitectura con el poder, en la que “la arquitectura de las más altas ambiciones nacieron para servir las aspiraciones no de los poco poderosos sino de los muchos sin privilegios gracias a la tecnología y a la producción masiva,” se revertía a ser la misma de siempre: arquitectura al servicio de unos cuantos.

En otro de sus textos, Open and Closed, Wilson escribió: “Desde hace mucho se ha establecido la afirmación de que la Nueva Arquitectura, liberada del sistema cerrado de los Estilos, se enfrentaría a un modo de acción sin precedentes constantemente abierto a todos los retos que las circunstancias y demandas en desarrollo presentan. Contrasten esa afirmación con la siguiente, dicha en 1957 por Alvar Aalto: «la revolución en arquitectura continúa, pero como todas del mismo modo que todas las revoluciones: empieza con entusiasmo y termina con cierto tipo de dictadura.” Más adelante Wilson agregaba: “no importa cuán brillante técnicamente, este «nuevo lenguaje» es una colección de adjetivos; la ausencia de verbos (planear, pensar, organizar) hace que la construcción de oraciones inteligibles resulte imposible. Parece que a las decisiones que ahora se toman les hace falta el nutrimento del pensamiento y se pliegan sólo al exasperante gusto.”

Para Wilson, la revolución de la arquitectura —basada tanto en las ideas como en las obras— había sucumbido a la dictadura del gusto y la oportunidad de transformar la sociedad había cedido ante la tentación de sólo seducirla.

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