24 diciembre, 2015

Arquitectura moderna y arquitectura mexicana

por Alejandro Hernández Gálvez | @otrootroblog

“No creo que exista una arquitectura mexicana característica y diferenciada, pero sí creo que hay una arquitectura mexicana que revela lo que somos y cómo vivimos actualmente.” Eso fue lo que respondió Augusto Álvarez en un cuestionario que realizó la revista Arquitectura México en su número 100, publicado en abril de 1968. Augusto Harold ÁlvarezGarcía nació el 24 de diciembre de 1914, en la ciudad de Mérida, Yucatán. Estudió en la Escuela Nacional de Arquitectura, de la Academia de San Carlos. Entre otros, tuvo como compañeros de generación a Alberto T. Arai, Mauricio Gómez Mayorga, Carlos Lazo y Ramón Marcos. Trabajó en las oficinas de Carlos Contreras y Mauricio M. Campos y recibió su título de arquitecto el 24 de enero de 1940. Durante su carrera profesional trabajó asociándose con Enrique Carral, Juan Sordo Madaleno, Hector Meza, Jose Adolfo Wiechers, Ricardo Flores y Jose Luis Creixell. En su etapa de madurez, su arquitectura de líneas puras y modulada con obsesiva precisión, reflejó la clara influencia del Estilo Internacional.

En el número 100 de la revista Arquitectura México se hicieron las mismas preguntas a otros trece arquitectos, además de Álvarez. A la misma pregunta —¿existe una arquitectura mexicana contemporánea característica y diferenciada?— Enrique Carral, que frecuentemente se asoció con Álvarez en distintos proyectos, y autor, entre otros edificios, del desaparecido Conjunto Manacar, respondió: “en la actualidad todos los países y en particular los que están en pleno desarrollo, están tratando de encontrarse a sí mismos para poder manifestarse. La arquitectura moderna en México —agregó— tiene como característica principal esa inquietud: la búsqueda de sus propias raíces.” A la misma pregunta, Juan Sordo Madaleno, también socio ocasional de Álvarez, dijo: “la arquitectura mexicana, podemos asegurarlo, tiene un claro sentido internacional. Sin embargo, dentro de ese sentido internacional se diferencia.” Mario Pani, categórico, empezó diciendo que “la verdadera arquitectura debe ser la imagen indirecta de un pueblo,” para luego afirmar que, en México, “la arquitectura tendrá más color, será más encerrada; como se vive más hacia adentro y existe un menor sentido de la comunidad, que se expresa en las separaciones de nuestras casas y en las bardas que las encierran.” Trece años mayor que Álvarez y maestro de varias generaciones, incluida la del yucateco, José Villagrán dijo que, “queriendo o no, lo que se hace en México, bueno, mediocre o malo, tiene sello propio,” algo así como darle la vuelta a la pregunta definiendo lo mexicano como una condición casi geopolítica. Juan O’Gorman, nacido en 1905, en vez de responder a cada pregunta, entregó a la revista un largo ensayo en el que, entre otras cosas, decía que la arquitectura profesional en México había seguido “los lineamientos trazados originalmente por los grandes arquitectos europeos” y luego la influencia de los Estados Unidos, pero que “la mayoría del pueblo mexicano, es decir la masa popular o la gente del pueblo, no encuentra expresados en esa arquitectura sus anhelos y en gneral siguen considerando a los edificios modernos como «cajas o cajones» sin belleza.” En 1968, O’Gorman pensaba que la arquitectura moderna se había vuelto ya una nueva academia y que cualquier arquitecto, de cualquier escuela, en cualquier parte del país y para cualquier tipo de edificio, proyectaba “siguiendo los recetarios perfectamente conocidos que no son otra cosa más que aplicaciones del paralelepípedo y del paralelogramo como base de toda forma arquitectónica, logrando alcanzar como objetivo estético el total aburrimiento.” Ricardo Legorreta dijo:

Aunque el desarrollo de los sistemas de comunicación y transporte ha modificado el concepto de arquitectura local haciendo dudar a algunos arquitectos de sus posibilidades y conveniencias, creo que pocos países han tenido circunstancias tan favorables para un movimiento arquitectónico nacional como México en los últimos años. Sin embargo, la mayoría de los arquitectos mexiandos no sólo no la fomentamos, alejándonos de los principios morales, cultuales y profesionales básicos para lograrla, sino que vamos cayendo en el absurdo de pretender que “tipismos”, malas copias de arquitecturas pasadas o conceptos superficiales son la base de una arquitectura mexicana.

Tal vez la primera persona del plural que usó Legorreta en su respuesta era sólo una muestra de humildad, siendo el más joven de los entrevistados —en el 68 tenía 37 años— al mismo tiempo que estaba terminando el Hotel Camino Real, un ejemplo de nueva arquitectura moderna mexicana. La respuesta de Luis Barragán también es larga y compleja. ¿Existe una arquitectura mexicana contemporánea y diferenciada? No, dice y agrega: “hay obras que se han hecho en México bien diferenciadas de las que existen en todo el mundo” pero que “no pueden considerarse que forman parte de la arquitectura mexicana creando un estilo.” Barragán menciona como un caso de arquitectura que se distingue como mexicana pero, al mismo tiempo, resulta una creación genial y asilada, a la Biblioteca Central de Ciudad Universitaria, de Juan O’Gorman. El segundo arquitecto mexicano en apropiarse de los muros de color —el primero sería el mismo O’Gorman, en las casas de Diego y Frida, por ejemplo— parece ponerle algunos peros a los muros de colores: a los murales de la integración plástica. Según Barragán “no puede lograrse la integración plástica sin religiosidad, de hecho sin un tema religioso.” Y si desconfía del mural también lo hace de su contraparte moderna: el ventanal, que genera espacios inhabitables, aunque entiende que no se trata sólo de un problema de transparencia literal, para usar el término de Collin Rowe: “la vida privada, dice, esta siendo relevada y ya no es cosa de nuestra época. La intimidad de una recámara no existe más con la televisión y el radio: uno está viviendo el exterior todo el tiempo.”

Un año antes de responder al cuestionario de Arquitectura México Augusto Álvarez había escrito: “si vivimos en un mundo en el que las distancias se acortan cada vez más, en donde los medios de comunicación son cada día más fáciles, haciendo que las influencias de otros pueblos y culturas se entremezclen, ello permite que los logros de las ciencias, la tecnología y la industria no sean el patrimonio de una sola nación sino que forman un bine común.”

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