26 marzo, 2013

Arquitectura de marca

por Pedro Hernández Martínez | @laperiferia

España ofrece un caso claro de lo que ahora parece avanzarse en México (Del poder al milagro), allí se ve con facilidad lo que significa abandonarse a la búsqueda de una ‘arquitectura milagro’, a la búsqueda de un gran golpe de efecto a través de un diseño arquitectónico que buscaba repetir un ‘efecto Guggenheim’. En el país ibérico se especuló con el ideal de la construcción hasta tal punto que muchas periferias de ciudades españolas han quedado sumergidas en un mar de ruinas, esqueletos de hormigón y carreteras que no llevan a ninguna parte. Lo que ocurre cuando se hace sin pensar, sin medir las necesidades reales y pensando que (mucha) construcción era sinónimo de progreso porque traía a corto plazo grandes cantidades de dinero. En efecto, ese era un discurso de muchos políticos, que en la búsqueda de votos en las elecciones anunciaban por todo lo alto la construcción de equipamientos públicos, carreteras o barrios bajo los proyectos de grandes nombres de la arquitectura, cuya construcción daría trabajo inmediato a mucha gente y como resultado el disfrute de nuevos elementos urbanos para la ciudad.

Tan sólo terminó por dejar los excesos de una bonanza económica favorable. España está plagada de ellos. Un ejemplo, en otros tantos, el Centro Niemeyer en Avilés (Asturias), un espacio cultural diseñado por el arquitecto brasileño en una ciudad de menos de 100 mil habitantes, en el que se realizó una inversión pública de 43 millones de euros. Un esquema básico: un edificio cultural, un arquitecto de prestigio y mucha inversión detrás. La historia es además curiosa pues Oscar Niemeyer, que había recibido Premio de las Artes por la Fundación Premios Príncipe de Asturias a en 1989, decidió regalar el esbozo de un proyecto a la Fundación cuando cumplía su 25 aniversario. El entonces Presidente de Asturias, Vicente Álvarez Areces, decidió, bajo su propio criterio, realizar ese proyecto, que por entonces era unos pocos trazos en papel. Es decir, se lanzaron a la aventura del proyecto si tan siquiera tener el programa que lo hiciera necesario. En 2008 se colocó la primera piedra de un edificio que esperaba atraer a miles de personas a la ciudad y el sueño exacerbado de posicionarla en el mapa internacional, tal y como Frank Gehry había hecho con Bilbao. El resultado fue que una mala gestión económica y cultural acabó en un cierre forzado del espacio para volver a abrir unos meses después. El espacio se usa pero ¿se justifica la excesiva inversión supuesta?

También el reciente pritzker Toyo Ito (Pritzker para Toyo Ito) ha visto cómo su obra en España acaba siendo devorada por una mala gestión. Su parque de la relajación en Torrevieja, se muestra ahora como un pequeño pabellón abandonado e inacabado por la incompetencia administrativa, lleno de basura, que ha sido afectado un incendio e, incluso, ha sufrido el robo de las chapas de cobre que lo recubrían por parte de ávidos ladrones que buscan vender el material. Su fracaso no se debe tanto a un mal proyecto, sino a una mala gestión de los proyectos, pero evidencia además, cómo se ha malentendido la construcción de un nuevo ‘efecto Bilbao’, donde se cree que con un edificio se puede revitalizar una ciudad. Muchos políticos lo usaron como inspiración y justificación para contratar a los grandes nombres de la arquitectura mundial así como para gastar y malgestionar grandes cantidades de dinero público que acabaron por desarrollar enormes contenedores sin contenido, que además eran costosos de mantener.

Y pese a la existencia de una ley de concursos en España que busca ofrecer una participación abierta a todos, muchos proyectos no han estado exentos de ser otorgados a grandes nombres por adjudicación directa. Arquitectura de marca, que no es necesariamente mala por ser de marca, pero que ha puesto en evidencia el abuso de intereses desde el poder, desde políticos y arquitectos que buscan sólo perpetuar su imagen y ego. Creyentes de tener la potestad de que ellos son los únicos responsables en las decisiones de la ciudad con proyectos que no tenían una mirada más allá de conseguir votos cada cuatro años.

España vislumbra los excesos de una arquitectura de marca poco pensada más allá de salir en las noticias y la prensa y suplir los egos de unos pocos. México ahora, con su actual bonanza económica, puede avanzar hacia el camino que ya realizó España, pero debe aprender de sus errores, debe exigir ese algo más que un edificio de firma y es un contenido que le de fuerza así como una relación con el contexto, tanto territorial como económico y social, dándole a la ciudad y a los ciudadanos lo que necesita y no falsas promesas de desarrollo. La arquitectura de marca no puede ser un mero sello con un alto coste futuro.

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