28 julio, 2020

Arquitectura de acceso remoto

por Pablo Emilio Aguilar Reyes | @pablochief

 

Para que la arquitectura pueda ser considerada tal, ¿tendrá que construirse necesariamente para personas? El arquitecto australiano Liam Young escribe en su ensayo, Los edificios donde guardamos el mundo: “Cada época tiene su propia tipología arquitectónica icónica. El encargo soñado alguna vez fue una iglesia, el modernismo tuvo sus fábricas, además de la vivienda. Durante la última década celebramos al decadente museo y a la galería. Ahora tenemos el centro de datos. […] Pero estos edificios son más que infraestructuras computacionales, se están convirtiendo en las construcciones culturales de nuestra época. En una época en la que nuestra historia colectiva es digital, estas formas neutras son las bibliotecas de nuestra generación, nuestras catedrales, nuestro legado cultural”*. Sin embargo, el diseño de dichas catedrales, de los centros de procesamiento de datos y centros de distribución, no apela a la habitabilidad de las personas. Estas zonas de exclusión humana, anota el mismo autor, “no tienen nada que ver con nuestros cuerpos, […] nos resultan externas, totalmente indiferentes, sin que seamos ya parte de la ecuación en ninguna manera”. 

Sin duda los centros de datos y el resto de los componentes del sistema informático son indispensables para llevar a cabo los ciclos de producción característicos de la actualidad. Sobre todo, si analizamos estas cuestiones a través de la perspectiva de la reciente cuarentena. Conforme ha progresado la implementación de medidas cautelares ocasionadas por la situación de Covid-19, ha disminuido nuestra ocupación del espacio urbano en medida inversamente proporcional a nuestra creciente ocupación del espacio virtual; un espacio virtual del cual son anfitriones los servicios de datos de acceso remoto (la nube) las plataformas digitales de contacto en tiempo real (Zoom, etc.) y las redes sociales. Por lo tanto, la totalidad — inimaginablemente enorme — de información codificada en forma de bits y las muchas órdenes de magnitud superiores (bytes, Kb, Mb, Gb, Tb, etc.) termina en alguno de los centros de datos de las empresas de servicios digitales (Google, Amazon, Apple, Facebook, etc.) a manera de multimedia, información financiera, bases de datos, espacio de almacenaje, servidores, información encriptada, etc. La mayoría de los centros de datos más importantes están en los estados de la costa este de Estados Unidos, en lugares donde el precio de la energía hidroeléctrica es relativamente barata y donde hay incentivos fiscales para instalarlos; ”Aquí es donde vive Internet”, apunta Liam Young. Durante el breve instante en el cual tardó en descargar y visualizarse la página de internet que contiene este texto, accediste remota y momentáneamente, a través de kilómetros de fibra óptica, a una fracción de la información que está almacenada en algún centro de datos. Los centros de datos son las unidades de procesamiento central de un complejo sistema nervioso, del cual cada uno de nuestros dispositivos con conexión de band ancha, celulares, computadoras, tablets, electrodomésticos, pantallas, vehículos, etc., son terminales nerviosas, receptoras y emisoras.

Efectivamente, como afirma Liam Young, el diseño de los centros de almacenaje y procesamiento de datos apela exclusivamente a las necesidades de las máquinas que están en su interior. Un único ingeniero de Facebook basta para supervisar el correcto funcionamiento de 25,000 servidores al día, es decir, más allá del mantenimiento, la presencia humana en estos espacios representa un estorbo. Por tal motivo, es fácil simpatizar con la afirmación de que estos lugares son zonas de exclusión humana. Sin embargo, la aseveración que hace la cita anterior al decir que los centros de datos “se están convirtiendo en las construcciones culturales de nuestra época” cobra un nuevo sentido tras la experiencia de haber estado en cuarentena, en la cual muchos de nosotros, sobre todos aquellos que estamos implicados en el sector económico dedicado a los servicios, hemos habitado durante tiempos prolongados el espacio virtual. Estar bajo el yugo de la pantalla (consumiendo hora tras hora de contenido digital o trabajando desde casa) tiende a producir una especie de hartazgo y a contradecir las recomendaciones que procuran la salud física y mental. Por lo tanto, cuando Liam Young anota que, en la época que acontece, “nuestra historia colectiva es digital”, habría que hacer un despeje y circunscribir tal cultura a formas de producción y de consumo particulares que, en ciertas situaciones, podría comprometer nuestro bienestar. 

El discurso al que suscribe Liam Young y otros similares, implica aceptar que los centros de datos son una muestra una emergente arquitectura de acceso remoto y que la disciplina arquitectónica está mudándose progresivamente, con los subsecuentes avances tecnológicos, hacia un entorno posthumano. Por otro lado, una perspectiva matizada y crítica del mismo discurso devela que, a diferencia de las catedrales, las bibliotecas, los museos, y demás tipologías arquitectónicas icónicas cuya característica compartida es que la presencia humana en ellas es un fin en sí mismo, los centros de datos son medios técnicos para un fin. Medios técnicos para un fin es una forma elaborada de decir infraestructura, es decir, por muy tecnológicamente sofisticados que sean los centros de datos, su misma naturaleza dicta que no pueden aspirar a ser más que infraestructura computacional. ¿Son arquitectura? Desde luego, en el sentido de que son parte del entorno construido, como lo es un puente, un túnel, o una estación hidroeléctrica. Desde inicios de la modernidad, la disciplina arquitectónica le ha relegado condescendientemente a las ingenierías el diseño y la construcción de redes de infraestructuras. Afortunadamente, están surgiendo nuevos discursos que admiten que cada vez es más urgente incorporar las complejidades de las infraestructuras al entorno cultural y al diseño arquitectónico y urbano. Sin embargo, buscar compensar la histórica falta de atención que la arquitectura ha tenido con las redes de infraestructura y aseverar que los centros de datos son las construcciones culturales de nuestra época, o, con las palabras del autor citado, “edificios de significado extraordinario al centro de lo que significa existir hoy”, implica el sesgo de concederle a la tecnología y a los modos de producción el estatuto de fines en vez de medios. 

Volvamos a la cuestión inicial: ¿para que una construcción sea considerada arquitectura, deberá necesariamente estar hecha para las personas? A pesar de que esta podría parecer una pregunta intrincada, su planteamiento es limitado. El caso es que es imposible construir algo que no esté hecho directa o indirectamente para personas. Si se construye algo que se entiende como extensión de una tradición cultural y que apela directamente al beneficio de un grupo de personas, se le considera como arquitectura. Pero por otro lado, si una construcción tiene como objetivo el mantenimiento de la producción y, como un centro de datos, asiste indirectamente a las personas, la podemos adjetivar como infraestructura. Los discursos que refieren a un entorno posthumano o a algún tipo de arquitectura de acceso remoto resultan atractivos porque consideran a la arquitectura como un sistema cerrado, como algo dado que está por superarse. Sin embargo, la arquitectura y las tipologías que la conforman, la vivienda, la catedral, la biblioteca, el museo, etc., no están aún resueltas. Antes de especular narrativas sobre el despliegue de la arquitectura de acceso remoto, habría que atender las muchas complejidades y problemas técnicos, culturales y conceptuales de la arquitectura de acceso directo. 


Esta y las demás citas en este texto refieren al mismo ensayo de Liam Young, incluido en el libro Donde termina la ciudad (Arquine, 2019) pp.51-56.    

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