31 julio, 2016

Arquitectas

por Alejandro Hernández Gálvez | @otrootroblog

Figure_2.0.0

OK! OK! Hold it!

I just want to say something.

You know, for every dollar a man makes a woman makes 63 cents.

Now, fifty years ago that was 62 cents.

So, with that kind of luck, it’ll be the year 3,888 before we make a buck

Beautiful Red Dress, Laurie Anderson

 

Un censo de 1939 contaba 379 mujeres trabajando como arquitectas en los Estados Unidos. En 1949, el número había bajado a 300. En 1960 había bajado aun más: 260. En 1975 el número de mujeres trabajando como arquitectas había aumentado llegando a 400, lo que representaba el 1.2% del total de arquitectos y arquitectas con licencia y ejerciendo en todos los Estados Unidos. Esos datos los proporciona Despina Stratigakos en su libro Where Are the Women Architects? publicado este año. Stratigakos también dice que en 1926 las mujeres con licencia para ejercer la arquitectura en los Estados Unidos llegaban apenas al 1%, es decir, un crecimiento del 0.2% cada cincuenta años. A ese paso habrá que esperar mucho más para que haya una mujer por cada hombre como profesionistas en la arquitectura que para que una mujer gane lo mismo que un hombre, según cantó Laurie Anderson —hoy, por cierto, por cada dólar que gana un hombre en los Estados Unidos, una mujer recibe 79 centavos.

Stratigakos proporciona otros datos para dibujar el panorama. Los premios. De los 38 premios Pritzker otorgados, por ejemplo, sólo uno se le ha concedido a una mujer sola, Zaha Hadid, otro a una mujer acompañada de su socio, Kazuyo Sejima y Ryue Nishizawa, y en dos ocasiones las socias han sido ignoradas: Denise Scott Brown y Lu Wenyu, socias y esposas de Robert Venturi y Wang Shu, respectivamente. En Wikipedia, dice, la lista de arquitectos que va de la antigüedad a nuestros días incluye 755 nombres de los cuales sólo 29 son de arquitectas. Se puede argumentar que la entrada de las mujeres a la profesión es relativamente reciente y de ahí la desproporción. Pero Mary L. Page fue la primera mujer en graduarse como arquitecta en la Universidad de Illinois en 1878. Dos años después, Margaret Kicks se tituló en Corenell, Julia Morgan, la arquitecta de Willam Randolph Hearst, fue la primera mujer admitida en la parisina École des Beaux-Arts y se recibió en 1902. Antes que Morgan, Fay Kellogg no fue admitida en Beaux-Arts, pero en la primera década del siglo XX ya construía rascacielos en Nueva York. Stratigakos también menciona a Sophia Hayden y Elsie Mercur, a Sara Ward-Conley, Emilie Winkelmann y Margarete Knüppelholz-Roeser. Muchos nombres que la mayoría desconocemos, incluyendo arquitectas y arquitectos con un conocimiento aceptable de la historia de la arquitectura en los últimos cien o ciento cincuenta años. La razón, argumenta Stratigakos, es que esos nombres no son parte habitual de los cursos de historia en las escuelas de arquitectura ni de los índices de los libros, a excepción de aquellos dedicados a enmendar la falta.

Para una historia de la arquitectura concebida como vidas de santos —con todos y sus milagros— o de héroes y caudillos —con sus hazañas y sus revoluciones—, que es la que domina en muchas escuelas y en muchos medios, la participación de arquitectas en los pasados ciento cuarenta años parece no pasar de anécdotas marginales:

Olvidar a las arquitectas tiene que ver también, argumenta Stratigakos, con los mismos modelos usados al escribir la historia de la arquitectura. El formato monográfico, que por mucho tiempo ha dominado el campo, se presta a la celebración del «genio» heroico, típicamente una figura masculina definida por cualidades tales como la audacia, la independencia, el vigor y la rudeza, cualidades que en la cultura occidental se han codificado como masculinas.

¿Cómo sería una arquitectura femenina, hecha por mujeres? Si bien el feminismo busca rebasar esos estereotipos, es interesante tratar de entender hoy lo que en 1911 pensaba el arquitecto alemán Otto Bartning, expuesto en su texto ¿Deben construir las mujeres?, y que Stratigakos comenta. Bartning pensaba que “las mujeres producían una arquitectura femenina o débil, pues prestaban demasiada atención al cliente y un método colaborativo de diseño, insistía, debilitaba el ideal masculino de la autonomía del arquitecto.” Hoy, en cambio, puestos a elegir entre una Jane Jacobs y un Robert Moses, muchos optaríamos sin duda por la primera. Entendiendo las virtudes de la debilidad que acusaba Bartning, se puede ver en el feminismo una faceta de la crítica a la arquitectura concebida, sin disimularlo mucho, como la imposición de una forma y una sola manera de ver y entender las cosas, las casas, las ciudades y, al fin, el mundo.

Where Are the Women Architects?, Despina Stratigakos, Princeton University Press, 2016.

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