6 febrero, 2006

Arquine 34 – Hacia la metrópolis vertical

por Arquine | @arquine

México nunca se imaginó en altura. De las dos tipologías genuinamente americanas –la capilla abierta y el rascacielos- sólo prosperó la primera. En los inmensos valles que albergaron las ciudades prehispánicas, las construcciones más altas emulaban a los volcanes que dibujan sus límites. Nunca formó parte de las ambiciones mexicanas tener un little Manhattan o una réplica de la Defense.
Luis Barragán tomó de San Gimignano –y no de un downtown estadounidense- la referencia para las torres monumentales de Satélite. Sin embargo, Mario Pani proyectó la Glorieta de Insurgentes, rodeada de esbeltas torres, como un nodo que articulara las dos vialidades principales de la capital, generando nuevas condiciones de centralidad. Y sobre el Paseo de la Reforma, que nació con vocación imperial, fueron creciendo los primeros edificios altos a partir de los años Sesenta, los cuales sustituyeron a los palacetes decimonónicos implementando un primer salto de escala.
A principios de los Noventa se gestó el proyecto de La Alameda, que prometía una concentración de torres de autor, pero se truncó por la crisis económica de 1994. Poco después se construyó la Torre Mayor, que representó un segundo salto de escala, con sus cincuenta y nueve pisos de altura.

Mientras el mundo hace caso omiso al efecto “11 de septiembre”, construyendo con urgencia torres de Babel, México aprovecha la bonanza económica y los incentivos legales para edificar en altura, con prudencia. Y es que con los aires del nuevo siglo, los gobiernos entendieron las virtudes fiscales de la redensificación de las áreas centrales de una metrópoli que se yergue sobre un valle gelatinoso. Como consecuencia de estas políticas, en este número mostramos algunos de los ejemplos recientes de arquitecturas verticales que luchan por destacar dentro de un magma inconexo. Las obvias ventajas de aumentar la densidad deberían, sin embargo, ir acompañadas de infraestructuras viales imprescindibles para entretejer los múltiples centros urbanos, evitando así una previsible trombosis metropolitana.

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