6 octubre, 2017

Árboles

por Christian Mendoza

 

Después del sismo del 19 de septiembre, se hizo urgente pensar en una necesidad de la Ciudad de México que ya existía antes de lo sucedido aquel día: los parques. Una de las propuestas que han tenido mayor presencia es la de sustituir a los edificios destruidos (o aquellos que estén a punto de estarlo) por parques. Esto se justifica con dos argumentos: la ciudad tendría que ser más “verde”, más “sustentable”; la ciudad tendría que estimular mucho más la convivencia social a través de espacios públicos que no estén cercados por la inmobiliaria corporativista. Lo ingenuo (si no es que lo peligroso) de este llamamiento es que resume los problemas de la ciudad a uno sólo, como también plantea una solución bastante generalizadora. En lo que respecta al resumen, es cierto que inmuebles que cumplían apenas un año de funcionar quedaron inservibles, y que esto sucedió bajo el panorama de corrupción especulativa que ha definido el mandato de Miguel Ángel Mancera, pero este aspecto que evidenció el sismo atañe únicamente a inmobiliarias en específico y no a la totalidad de lo que representan las viviendas y los lugares de trabajo de la ciudad. También, es pertinente mencionar que no fue el único reto al que se enfrentó y se sigue enfrentando la ciudadanía: la movilidad peatonal también sufrió la falta de protocolos, además de que se puso en una superficie mucho más tangible la diferencia entre centro y periferia. Una vez que se suspendieron los servicios del Sistema de Transporte Colectivo, ¿a dónde fueron y cómo se trasladaron las personas que trabajan en las zonas céntricas pero cuyos hogares se encuentran a horas de distancia? Por la parte que involucra al espacio público, pareciera olvidarse que este se construye a pesar de las normativas que tiene o que debería tener el entorno urbano. Las normativas no condicionan la manifestación de lo público y si lo que se dice es que la convivencia social tendría que enmarcarse en un parque ya que la sociedad no puede existir rodeada de un paisaje inmobiliario, entonces la percepción de la sociedad sufre. Después del sismo, gran parte de la ciudad fue espacio público gestionado por ciudadanos. La formación de centros de acopio no institucionales, la toma del control de tránsito ante la falta de elementos oficiales y la distribución voluntaria de comida y agua a quienes trabajaban en las zonas con mayores daños son algunas de las pruebas que nos permiten problematizar el esencialismo que relaciona al parque con lo público.

Esquina de Querétaro con Tonalá, Roma Sur, CDMX. Uno de los parques surgidos a raíz del sismo de 1985

 

Entonces, ¿cómo tendría que ser la ecología de la ciudad? Para esto, resultaría pertinente dilatar nuestra noción de lo ecológico. En 2007, el filósofo Timothy Morton pensaba la posibilidad de una ecología sin naturaleza, de un terreno que no esté condicionado por las nociones tradicionales de lo “verde”, las cuales imponen un discurso respecto a la tierra y a lo humano. Lo “verde” es una solución que no problematiza a largo plazo, sino que, de cierta manera, autocomplace a quienes la practican. Se trata de una de las extensiones de un capitalismo que asume a la naturaleza como una vía para el consumo. No se está pensando en el cambio climático, sino que se está comprando “responsablemente”. O, en el caso del sismo, no se están considerando todas las aristas de lo urbano, sino que se busca parchar el daño con parques y árboles sin pensar en el costo humano, patrimonial y ecológico que conllevaría tomar ese rumbo. Actualmente la ecología es una serie de consecuencias surgidas de la actividad humana. Si bien no se puede comprender al fenómeno natural en términos de lo humano, sí se pueden medir las huellas que este deja sobre el paisaje humano. Además del pensamiento de Morton, conviene revisar la geografía contemporánea cuyos estudios comienzan a contemplar los desplazamientos , la destrucción de los entornos urbanos y la concepción, cada vez mayor, de ciudades excluyentes.

Reloj de Sol. Tlatelolco. Conmemora el lugar donde se ubicaba el Edificio Nuevo León. Fotografía Pedro Hernández Martínez

 

De este somero estado del arte, podemos inferir que las ciudades son artefactos ecológicos. También, podemos esbozar algunas conclusiones. La destrucción indiscreta de inmuebles equivale a una distribución no controlada de los habitantes que los ocupaban. Estos se desplazan a sitios que, probablemente, no tengan la capacidad de recibirlos. La destrucción de inmuebles también equivale a la fragmentación de las comunidades que ahí se forman, ya sea habitacionales o laborales (en el caso de lo laboral, muchos ciudadanos, al invertir la mayor parte de su tiempo en el transporte público, no tienen tiempo de “disfrutar” la oferta urbana de espacios públicos y tienen como único lugar de interacción sus trabajos; el incremento de parques se traduciría, entonces, a otro privilegio de quienes viven en las zonas céntricas). La destrucción de inmuebles estaría enmarcada en un panorama en el que la vivienda comienza a priorizar a las estancias temporales y encarecidas, las cuales se encuentran espoleadas por empresas privadas como Airbnb. Finalmente: un edificio bien puede acelerar la arbitrariedad inmobiliaria, bien puede mitigarla. La mitigación es una posibilidad interesante. Habría que “reforestar” a los edificios. Es decir, restaurar las consecuencias, cada vez más desiguales, de vivir en esta «Nueva Berlín» destruida.

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