12 diciembre, 2015

Aprendiendo de Londres y Sao Paulo: el corredor Chapultepec como anomalía urbana

por Pablo Lazo

Hace exactamente nueve meses que escucho noticias del proyecto del corredor Chapultepec. La presentación pública del proyecto tuvo –en mi opinión– garrafales fallas que en cualquier concurso internacional no hubiesen permitido la obtención ni tan siquiera de una mención. Pero en el mundo del “branding urbano” contemporáneo, todo se vale.

De todo lo que se publicó en los medios, recuerdo una declaración del equipo proyectista en la cual se argumentaba lo positivo que el proyecto traería entre otras cosas, mediante la separación de los flujos vehiculares y peatonales (uno encima del otro). Grave resulta que el mismo equipo no conozca la media docena de resultados fallidos de este tipo de intervenciones urbanas en varias ciudades de Gran Bretaña entre 1940 y 1955.

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Proyectos de los Smithson (Allison y Peter), entre otros grandes arquitectos británicos, fueron construidos en ciudades como Sheffield, Birmingham, Manchester y Londres, justamente bajo la misma parafernalia que vemos en Chapultepec respecto a un espacio público de calidad, con espacios culturales, mejor accesibilidad peatonal, zonas verdes, etc. De todas estas pasarelas, hoy demolidas, con excepción de una –de forma parcial– en Londres (en la City próxima al Barbican Centre). Esta es más un espacio semi-publico, completamente segregado de los principales flujos peatonales y sin actividades económicas relevantes que atraviesa varios edificios privados. Hace unos años le escuche a Mike Davis decir que estas pasarelas elevadas de Londres son una muestra de lo fácil que resulta construir aberraciones de espacio público y lo difícil que resulta demolerlas décadas más tarde, cuando la sociedad – incluidos políticos y desarrolladores– se percatan del error cometido.

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En el caso de Chapultepec, esta anomalía urbana no para en el proyecto mismo. Toda la especulación “democrática,» desde formar una comisión para evaluar el proyecto hasta realizar una consulta pública, demuestra la falta de profesionalismo del gobierno de la ciudad para rectificar el curso, reconocer el grave error urbanístico y aprovechar esta coyuntura para entender y pensar la importancia que tienen los proyectos urbanos de espacio público –mas allá de parques de bolsillo– en ciudades como México.

Vamos por partes; le robó a Juan Villoro una declaración que hizo recientemente al decir que un jurado representa la combinación de cinco bien intencionadas arbitrariedades. El supuesto consejo consultivo para el proyecto de Chapultepec adolecía justamente de eso: son individuos que expresaron sus diferentes puntos de vista sin considerar la estrategia de la ciudad para recuperar estos corredores urbanos en grave deterioro —dicho sea de paso, esta estrategia hasta la fecha no existe o por lo menos no es pública. Entonces, ¿cómo evaluar algo sin tener principios estratégicos a los cuales apegarse para emitir un juicio objetivo y no tendencioso?

Por otro lado, mucho se ha dicho sobre la importancia de la avenida Chapultepec para la ciudad —y mucho se ha argumentado por aquellos que apoyan el proyecto de cómo este corredor sería como el High Line lo fue para Nueva York. Esto no es más que un sofisma —como con los antiguos griegos, de gran utilidad para los políticos, porque supuestamente muestra un saber mayor ante la gente. Esto fue lo que dijeron: la avenida Chapultepec actualmente no es importante pero puede llegar a serlo y el corredor sería una panacea con resultados económicos y urbanísticos. Me atrevería a afirmar que Simón Levy y muchos otros que apoyaron esa iniciativa se basaron en un doble negativo: espacio público vuelto privado y reformar creando algo nuevo, y al hacerlo, creyeron que con la existencia de una nueva estructura a esa zona le cambiaría la cara y la jerarquía de esa avenida sería comparable a Reforma. Aunque la realidad fuera lo opuesto.

 

Quisiera ponerlo en evidencia, comparando el proceso con el de otra ciudad en Latinoamérica que, como México, quiere recuperar espacio público, atacar el grave problema del tránsito y, de paso, intentar revitalizar un área degradada. El proyecto del Minhocao en San Pablo, ha sido presentado por sus defensores como un nuevo espacio público para la ciudad. Su propuesta consiste en cerrar un viaducto elevado de 2.8 kilómetros de extensión y transformarlo en “algo”. Llevan casi dos años de consultas, trabajos con asesores y grupos de distinta índole para definir cuál es la estrategia y precisamente qué será ese “algo,” para luego organizar un concurso de ideas. La ciudad ha aceptado los dos primeros pasos: cerrarlo un día por semana al tráfico y dejarlo como espacio recreativo para bicicletas, patinadores, peatones, carritos de venta de comida, etc., y lanzar un programa público de apropiación temporal de algunas esquinas con el fin de entender el valor real de este viaducto como espacio público y no solo como infraestructura para la movilidad. Esto es lo que se ha conseguido en 12 meses: primero, que las autoridades evalúen el impacto al tránsito si esta vía fuese cerrada totalmente y, segundo, la sociedad ha comenzado a entender que un proceso democrático totalmente abierto no logra conseguir, por consenso, la esta estrategia urbana para una intervención de esta escala y que precisan de un equipo de asesores para realizar este trabajo en representación del gobierno de la ciudad.

La consulta pública a favor o en contra del corredor Chapultepec en realidad solo polarizó más la ya de por si radicalizada agenda urbana del Gobierno de la ciudad. Una clave habría sido entender que, cuando se trata de proyectos urbanos, antes del render, lo importante es saber si hay una estrategia clara de la ciudad ante su espacio público –uno de los activos urbanos más importantes— y demandar a las autoridades la presentación de esta. Es evidente que todo esto aun sigue faltando en la ciudad de México. Ojalá y no tengamos que esperar medio siglo para descubrir el grave error que seria apoyar este tipo de iniciativas.

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