10 noviembre, 2016

Aprendiendo arquitectura

por Pedro Hernández Martínez | @laperiferia

 

Ayer se celebró una nueva sesión de Arquine Jams, dedicada esta vez al tema de la pedagogía y la enseñanza en arquitectura, un aspecto que pese al tiempo, siempre aparece a la cabeza entre las preocupaciones de la disciplina. Después de todo, la enseñanza siempre aparece atravesada por su contexto, por las modificaciones que suponen los cambios tecnológicos, los aspectos mediáticos, las transformaciones económicas e, incluso, la moda. Nociones que aparecieron en mayor y menor medida y con mayor o menor profundidad a lo largo de la discusión y entre las que destacó a la cabeza una pregunta constante: cómo puede operar la enseñanza de la arquitectura de una forma que no produzca estudiantes sumisos sino personas críticas ante los problemas, los encargos y la propia disciplina. Una preocupación que además se amplía ante la llegada de internet —ya no tan reciente— que permite acceder a cantidades ingentes de información con la facilidad de un golpe de click evitando la profundidad y limitando todo a la superficie de las cosas, donde plataformas como Twitter, Instagram, Facebook y, en especial, Pinterest se convierten en refugios del conocimiento y archivo de soluciones arquitectónicas.

Su inclusión como parte de nuestro quehacer cotidiano es tan fuerte que en una conversación reciente con amigos —arquitectos y profesores— me aseguraban enfrentarse cada vez de forma más frecuente a estudiantes que llegaban con planos y documentos que eran en realidad dibujos de otros, soluciones probadas que sólo eran copiadas sin una actitud crítica a fin de encaminar de forma rápida la solución de un edificio o un proyecto.

Se podría pensar que detrás de esto se encuentra una apatía generalizada de una generación que nació como nativa digital, sin embargo, me gustaría pensar que no es sino el miedo que hemos tenido muchos cuando éramos estudiantes: la necesidad de demostrar pronto que somos capaces de resolver un edificio para considerarnos arquitectos; el miedo, en definitiva, a fallar, a errar o no demostrar nuestras capacidades como “arquitectos”. Un miedo clásico que un mal profesor puede ser incapaz de atacar, alimentándolo hasta la frustración de no ser un “buen” profesional. Pero, ¿qué es ser arquitecto? Durante el debate del Jams, quedó claro que la arquitectura no puede ser reducida sólo a la construcción de edificios, sino que existen muchos escenarios posibles de producción: la práctica del diseño, el activismo urbano, el cálculo estructural, la teoría, la investigación o escenarios aparente más alejados como la comunicación o la pedagogía, por comentar sólo algunos. Aquí entra la labor del docente y los problemas de muchos planes de estudio que, como apuntó Juan José Kochen, muchos siguen siendo pensados sólo como una simulación de lo que significa ser arquitecto en su sentido más tradicional —el mencionado diseñador y constructor de edificios— imponiendo herramientas —muchas veces desactualizadas— o contextos utópicos donde el arquitecto sólo recibe encargos para un museo de arte contemporáneo con presupuestos ilimitados. La crítica no pasaría por proponer nuevos ejercicios o usar las últimas aplicaciones digitales —es decir, renovar las preocupaciones más directas del contexto— sino mediante la producción de estudiantes capaces de empoderar sus propias preocupaciones a fin de generar tanto una actitud propositiva ante los problemas y registrar y avanzar en sus propias preocupaciones. Una forma de enseñanza que haría que tanto alumnos como maestros estuvieran en una posición de desequilibrio constante, alejada del confort, la seguridad y de soluciones probadas y conocidas. Se trataría pues de generar espacios de discusión, de crítica y de inestabilidad en la que ambos cruzaran ideas y discutieran desacuerdos. Aunque suene a ideal romántico —que lo es— las universidades son por encima de todo un espacio de libertad, donde permitir el fallo y hacer posible propuestas desconocidas.

La pedagogía debe evitar los viejos lastres que suponen las reducciones de la arquitectura a soluciones formales o estilísticas y alcanzar nuevas ideas: ello supone mostrar al alumno la necesidad de desarrollar una actitud atenta, capaz de ver y capturar los problemas como de apuntar a las lógicas que operan detrás de las cosas. Sólo entendiendo éstas, las formas en las que opera la realidad con sus distintas capas —sociales, medioambientales, económicas, materiales, espaciales, etc.— un arquitecto podrá intervenir sobre ellas, mostrando diversas formas de actuación según cuáles sean las necesidades y posibilidades: desde un edificio a un dibujo realizado con la última tecnología computacional, de una acción callejera al detalle del encuentro entre un suelo y una ventana, o cualquier otra cosa o problema que, llegado el caso, aparezca ante nosotros. Quizás así no estemos ante la solución a los problemas de la pedagogía en arquitectura, pero al menos se podrá fomentar una actitud crítica ante las cosas.






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