4 abril, 2018

Antropoceno

por Dpr Barcelona

Cuando Las Patronas lanzan comida en bolsas a las entrañas de La Bestia, quizá no son conscientes de la relevancia de su gesto a escala geológica. Movidas por empatía, activan colectivamente un mecanismo ancestral de cooperación recurrente en todos los seres vivos, una vez superada la etapa de recelo y competencia. Al instinto competitivo que traza fronteras, intercalan una estrategia inteligente que inventa protocolos, revienta límites y difumina fronteras.(1)

Existen otros gestos que generan flujos con impacto a escala geológica. Quizá no somos conscientes de que en nuestros bolsillos llevamos pequeños trozos de África procesados en China y del gasto energético y material de la infraestructura que nos permite estar continuamente conectados.(2) La necesidad de actualización y los ciclos cortos de renovación se traducen en teléfonos obsoletos apilándose en los cajones de nuestras casas.

Los párrafos anteriores ilustran dos formas de relación de la especie humana con el entorno y la presión que constantemente ejercemos sobre él. Un proceso de consumo y desposesión continuos, acelerado especialmente a raíz de la Revolución industrial y puesto en evidencia por el cambio climático, es el que ha llevado a plantear conceptos como el Antropoceno, que sugiere que hemos entrado en una era geológica marcada por la influencia de la actividad humana en el planeta.

No existe consenso respecto al inicio del Antropoceno,(3) algunos proponen buscarlo en los albores de la agricultura, ya que es donde pueden encontrarse las primeras evidencias de sedimentación que delatan esta actividad humana que les permitió asentarse en comunidades con densidades nunca antes vistas, mientras que otros autores señalan la Revolución industrial o el inicio de la carrera nuclear.

¿Y qué papel tiene la arquitectura en este panorama? Hasta ahora entendíamos que todas las realizaciones arquitectónicas han ocurrido durante el Holoceno. Es bajo las condiciones ambientales de este periodo geológico en las que nuestra disciplina ha ido especializándose. Sin embargo, estas condiciones no son inmutables y tenemos certeza científica de que han ido cambiando aceleradamente desde finales del siglo xix.(4) Actualmente hay cierto consenso del impacto de la práctica arquitectónica sobre el medio ambiente. La mayor parte de este impacto no se debe tanto a la construcción sino al consumo de energía derivado del transporte, de técnicas y materiales constructivos. Además, los análisis de ciclo de vida de los edificios coinciden en que es mayor el impacto energético por su mantenimiento que por su construcción. Las buenas prácticas apuntan a que el reciclaje, la minimización del transporte y el uso de recursos locales son las mejores estrategias de mitigación.

Sin embargo un repaso crítico nos muestra que las premisas ambientales están lejos de ser las que regulen la producción arquitectónica y que en la profesión siguen importando más las valoraciones estéticas o económicas. Por otro lado, las estrategias de adaptación y cobijo que hemos refinando responden a condiciones ambientales que previsiblemente no sigan siendo las mismas. Así que al parecer practicamos una disciplina todavía muy coqueta y poco previsora.

Y es que en realidad, los arquitectos disponemos de pocas herramientas e incluso de lenguaje para lidiar con fenómenos complejos o con cambios evolutivos. Y el panorama incierto que tenemos por delante desborda las habilidades técnicas, estéticas y formales que presuntamente definen la excelencia arquitectónica. Lo sostenible no es más que una etiqueta bucólica o un eslogan de marca para adaptarse a condiciones ambientales que en realidad son difícilmente reversibles, mientras que la incertidumbre y el cambio son las verdaderas constantes que tenemos por delante.(5) Los defensores del aceleracionismo lo han comprendido al anticipar un hipotético fin del capitalismo y su ethos productivo, de los que al parecer no seremos capaces de renunciar. Porque seamos absolutamente sinceros: no hemos logrado mucho con buenas intenciones, apelaciones morales o previsiones desalentadoras. Mientras tanto la arquitectura sigue siendo en realidad una práctica subordinada a los intereses, posibilidades y consecuencias del sistema financiero.

¿Es posible reorientar nuestra profesión frente a este panorama? Tal vez el reto esté en una paulatina reconversión, que incorpore protocolos que permitan responder a la incertidumbre en lugar de generar soluciones cerradas. Una estrategia de acciones capaces de incorporar accidentes y generar respuestas emergentes a problemas que no han aparecido todavía, que es como funciona la evolución.

Es posible que en el gesto de Las Patronas encontremos alguna pista. Este grupo trabaja colectivamente con la incertidumbre; sus acciones afectan y se ven afectadas por una infraestructura de movilidad. Sin planificarlo a largo plazo, inciden sobre un flujo de vidas y memorias, ayudan a modificar la ecología de las poblaciones, de los sistemas urbanos y las regiones en los que interactuará la población que emigra. Y de forma análoga, quizás el coltán, cobre y demás minerales de nuestros teléfonos móviles estén a la espera de nuevas formas de minería que los rescaten de nuestros cajones.

Porque no sólo moldeamos el mundo con nuestra actividad; el medio ambiente también nos moldea a nosotros y los cambios que introducimos modifican entornos y organismos que al final tienen consecuencias sobre los habitantes del planeta, es decir, nosotros mismos. La arquitectura del Antropoceno será menos anthropos y más colectivo. Un sistema de gestión de incertidumbres que genere soluciones dinámicas y evolutivas útiles para diferentes formas de vida, sean humanas o no.

 


 

Este texto fue publicado en la Revista Arquine No.80, un número que propone veinte palabras clave y veinte autores de referencia para reflexionar sobre este periodo.

 


1. Para más información sobre Las Patronas ver: https://es.wikipedia.org/wiki/Las_Patronas
2. Parikka, J., The Anthrobscene. Minneapolis, University of Minnesota Press. 2015.
3. En 1873 el geólogo Antonio Stoppani señaló el creciente efecto de la humanidad sobre los sistemas terrestres. Se atribuye al biólogo Eugene Stoermer haber acuñado el término Antropoceno y al químico Paul Crutzen haberlo popularizado.
4. Ver informes del Intergovernmental Panel on Climate Change, disponible en: http://www.ipcc.ch/
5. Sugerimos hacer una lectura crítica de la valoración del premio Pritzker (disponible en: http://www.pritzkerprize.com/2017/jury-citation) o de los esloganes de Stefano Boeri sugiriendo que sus “bosques verticales” combaten la contaminación urbana y permiten que la población siga creciendo. Disponible en: https://www.dezeen.com/2017/03/31/video-stefano boeri-vertical-forrests-entire-cities-filledwith-tree-covered-skyscrapers-movie/

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