3 noviembre, 2016

El amor es un acto de resistencia

por Mónica Arellano | @prxcaffeinating

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“Por ser usted tan joven, estimado señor, y por hallarse tan lejos aún de todo comienzo yo querría rogarle, como mejor sepa hacerlo, que tenga paciencia frente a todo cuanto en su corazón no esté todavía resuelto. Y procure encariñarse con las preguntas mismas, como si fuesen habitaciones cerradas o libros en un escritos en un idioma muy extraño”

Cartas a un joven poeta. Rainer María Rilke.

¿A qué le debemos la falta de pasión y la apatía en las escuelas de arquitectura? No sé cómo funcione en otras carreras pero en esta creo que es normal después de todas las horas de trabajo acumuladas, del dolor de espalda y de que no te dé el sol a menos que sea para los trayectos casa-universidad, universidad-trabajo, trabajo-casa.
Alguna vez en un proyecto escolar que planteaba la remodelación de un mercado ubicado en una zona muy ‘nice’ de la ciudad me di cuenta de que todas las propuestas del grupo planteaban la demolición del mismo para empezar desde cero y evitar problemas al tratar de expresar las soluciones (todos sabemos que es más chamba investigar una estrategia —para mantener la estructura y cimentación actual de los inmuebles para luego entretejer una nueva intervención— que demolerlo y sanseacabó). La cosa es que en la esquina de aquel mercado —que creo yo aún conserva mucho de lo no tan ‘nice’ pero sí de lo cotidiano de la vida— hay un café en donde muchas veces después de aquel proyecto me senté a ver el día pasar y en donde pensé que era una pena que en el imaginario de aquel salón de clases hubiera desaparecido porque nos perdimos de mucho en esas discusiones infructuosas que trataban de construir una realidad virtual y hasta colonial pseudopragmática demoliendo aquel cafecito, invertimos mucho tiempo tratando de encontrar información de los flujos peatonales cuando sentándose uno ahí a observar te podías dar cuenta de muchas cosas que nunca se expresaron en los planos porque se ignoraban. Es una pena porque quizá hubiésemos aprendido más de sentarnos ahí un par de veces a escuchar al organillero que se ponía afuera de la cantina que estaba cruzando la calle que de todas esas clases en modo zombie frente a un proyector porque tal vez también se aprende de arquitectura caminando por las calles, viajando y conviviendo con los amigos.
¿Quién no ha sentido que exploró más sobre X tema en un café cayendo la tarde?
El problema es el exceso de trabajo esclavizante que satura y deja poco tiempo para el ocio, lugar donde surgen las buenas ideas y los ideales qué defender porque uno es más sensible con el entorno en el que vive cuando se relaciona directamente con él, ¡qué prácticos pero qué pobres somos cuando exploramos las calles con el Google Street View para conocer el terreno del proyecto!
Tal vez este proceso de diseño requiera educar seres mucho más filantrópicos y empáticos, tal vez requiera recuerdos de haber visitado esos lugares análogos en la cotidianeidad, tal vez nos hizo falta enamorarnos en una cafetería escondida en alguna calle conocida para diseñar ese proyecto que no dio el ancho. Tal vez no nos hace falta ser los más exquisitos en cuanto a gusto pero sí nos haga falta vivir para ser más arquitectos, o ni más ni menos: para ser humanos y arquitectos.
Yo creo que uno de los acontecimientos más revolucionarios ha sido tener la presencia de Alberto Pérez Gómez dentro de las instalaciones de la Facultad de Arquitectura de la UNAM sentado en una banca en medio del vestíbulo hablando del amor. Lo verdaderamente bello de esto era contemplar cómo se estructuraba un círculo de estudiantes como cuando dejas caer una piedra al agua y las ondas se dispersan y se concentran; todos —y me incluyo— teníamos los rostros perplejos de escuchar a alguien de esa talla hablar de temas que se ignoran o se dan por sentado, temas que se desarrollaban con preguntas y tonos de voz inseguros de no saber a dónde vamos (¡qué viva esa conciencia de saber que finalmente vamos a algún lado!), porque “es hermosa esa seguridad, pero la inseguridad es más hermosa”(1).

Pero es importante —antes de inventar nuevas y complicadas preguntas con términos que nadie entiende— volver la mirada a las preguntas básicas para reconocer qué es lo que vale la pena más allá del sentido utilitario de las cosas.
Es importante para (re)conocer que las emociones que nos estructuran no son un impedimento en los procesos creativos sino que son algo fundamental, para (re)conocer que todo lo que vale la pena en la vida nos mueve. Para entender la arquitectura como una promesa para el bien común. Para ver lo esencial y dejar de divagar en si la línea del eje B es demasiado clara u oscura para ese plano. Para ser a través del otro y ver más allá de estas limitantes que no nos dejan ver que nuestra ciudad, nuestra vida y nuestra escuela pueden ser mejores porque todo lo que vale la pena en la vida empieza como utopía (2).
Porque si no nos arriesgamos a sentir, a proyectar, a imaginar algo tan abrasador, tan loco y tan lejano nos estamos condenando al olor del agua estancada y a la barda de metro y medio que nos permite ver pero no salir —y estando en un país tan surrealista como México esto es imperdonable. Seguir haciendo ejercicios ficticios dentro de las aulas que nos mantengan dentro de los lineamientos inquebrantables —porque supuestamente así es la vida profesional— nos quita tiempo para pensar que todos esos imposibles pueden ser, nos quita tiempo para imaginar que nuestra labor puede beneficiar y no perjudicar a nuestra ciudad ¿por qué no experimentar ahora que estamos en las escuelas para encontrar y encariñarnos con nuestras propias preguntas, mismas que nos guiarán en la labor profesional?
Que sea esto una provocación a la cobardía de los que dicen que ‘sí’ sin cuestionar, o a los que dicen que ‘no’ sin saber, o a los que no dicen nada, o a los que creen que estamos bien así, o a los que creen que nunca estaremos mejor que antes.
No se trata de dar un sermón romántico por la nostalgia del pasado, creo que lo verdaderamente romántico está en el futuro y para eso hay que cuestionar las estructuras que nos han impuesto para ser veneradas. Nos hemos equivocado más creyendo que lo que hacemos es lo correcto que proponiendo nuevos ejercicios pedagógicos que busquen esta sustancia de atribuirle la pasión a esta carrera que pinta para formar obreros de Autocad.
Claro que esto representa una sacudida a todo lo que hemos venido aprendiendo y las sacudidas no siempre resultan gratas pero perdemos más en este cauce que nos lleva al fracaso que resistiendo a la corriente para re enamorarnos de algo que nos dijeron que era nuestro pero que nunca comprendimos hasta que nos anestesió tanto y nos perdió por no ver en dónde estábamos pisando; comprender esta profesión y hacerla nuestra con todo lo que esto significa es lo fundamental, es por eso que el amor es un acto de resistencia.
Notas:
1 Szymborska, Wislawa. Amor a primera vista.
2 González Gortázar, Fernando. Arquitectura: pensamiento y creación.

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