23 febrero, 2016

Al rescate del espacio escultórico

por Pablo Lazo

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La historia es simple. En el siglo XVIII, el rey Henry VIII de Inglaterra pasaba sus veranos en el palacio del bosque de Richmond, a 16 km de Londres. Durante sus paseos, encontró un paraje donde, entre dos arbustos, se abría una vista espectacular de la Catedral de San Pablo, construida por Wren en el siglo XVII. Incluso, gente de su corte, realizó un bosquejo de aquella vista —que había seducido a su rey, por imponente y majestuosa— en ella, se representaba la iconografía de una parte de Londres, reconstruida después del incendio que la destruyó en 1666.

Casi 300 años después, esta vista de la catedral de San Pablo, es una de las 7 vistas protegidas hacia el edificio desde distintos puntos –todos ellos en Londres o sus cercanías–. Cualquier proyecto arquitectónico que entre –por su verticalidad– en estos conos de visión, es sujeto a un exhaustivo análisis de calidad, que debate entre lo “nuevo” y el patrimonio. Este conflicto no es exclusivo de Londres, incluso en ciudades como San Francisco, Vancouver y Edimburgo todo el sistema de planificación urbana en altura tiene estas vistas protegidas hacia determinada zona o edificio singular, que ayuda a “controlar” las nuevas edificaciones vecinas en altura –tanto en calidad como en cantidad. En 2008, un proyecto de Norman Foster llegó a ser proyectado cuatro veces para lograr ser aprobado y aparecer dentro de una de las vistas protegidas de San Pablo.

En Londres, desde la década de los sesentas, el sistema de planificación urbana ha tratado de responder a la pregunta de cuál es la forma correcta de la ciudad. Las vistas protegidas son una de las herramientas más eficaces para que el ala conservadora de los planificadores londinenses mantengan la ciudad como un museo. Qué tan alto un edificio debiese ser y dónde es el mejor lugar para ubicarlo son preguntas que subyacen dentro de este ejercicio de planificación urbana ultra-conservador.

En la ciudad de México, este tipo de protección urbanística es inexistente. Estas “vistas protegidas” son una fluida combinación de preocupaciones relacionadas con la transformación de la ciudad. Para algunos, las ciudades están cambiando demasiado rápido y en los lugares equivocados. Están perdiendo su carácter; algunas zonas son remplazadas por edificaciones genéricas como cajas de cristal que dejan de comunicar un sentido de contexto y localidad. Los rascacielos sustituyen la tradicional escala humana de la ciudad, mencionó alguna vez Ada Louise Huxtable en un memorable artículo en defensa del barrio neoyorquino de Gramercy.

Las “vistas protegidas” son un mecanismo de gestionar el cambio: restringiendo el crecimiento en algunas zonas, protegiendo y preservando aquellas donde exista un aspecto significativo a ser protegido. Ciertamente ayudan a priorizar el encuentro del ojo del ciudadano con la urbe –podríamos pensar que la metrópolis debiese verse bien para estar bien.

El pasado día 16 de enero de 2016, al recibir la nefasta noticia de que el Espacio Escultórico de CU ha sido invadido —dentro de sus vistas— por una nueva construcción en su proximidad, pensé que si es necesario que la Ciudad de México tenga un esquema de vistas protectoras y, parafraseando a Ruskin, “que la arquitectura que existe tenga el derecho a evaluar el impacto que causará lo que viene”.

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Estas restricciones podrían detonar la creatividad, alentar a los planificadores y arquitectos a pensar en los diseños y propuestas para mejor encajar dentro de la esencia del lugar, en diálogo con el contexto, en vez de buscar una singularidad monumental, atroz dentro del paisaje urbano. Aunque, ciertamente, ante tal iniciativa habrá otros argumentos en su contra —pro nuevos proyectos y densificación urbana que buscan reconstruir la ciudad—, el objetivo consistiría en crear un balance entre dónde y hasta dónde se puede construir algo tan genérico y anodino como el edificio que invade la vista del Espacio Escultórico.

Para los críticos, una política de “vistas protegidas” puede ser interpretada como una política a corto plazo, en contra de una filosofía de planificación urbana. Pero dentro de esta dicotomía, la posibilidad de regular algunos puntos —o zonas como el espacio escultórico, las torres de Satélite, la Catedral Metropolitana entre muy selectos puntos— plantea una postura de equilibrio entre lo que se quiere proteger y lo que se debe construir.

Difícilmente se demolerá la aberración que ahora todo visitante observa al visitar el Espacio Escultórico —por mucho tratamiento cosmético que se intente. Volviendo a Ruskin y a Londres, la Ciudad Universitaria –en su totalidad– requiere de un programa de crecimiento y expansión que tome en consideración no solo la arquitectura sino la percepción y la vivencia que las personas tienen de sus monumentos en su vida cotidiana.

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