28 mayo, 2020

Afuera

por Alejandro Hernández Gálvez | @otrootroblog

Salir a la calle. Abrir la puerta de casa, dar unos cuantos pasos y ya: estás afuera. ¿A dónde ir? ¿A la derecha, en dirección a la avenida, cruzarla, seguir hasta el parque, entrar? ¿O a la izquierda? El camino es un poco más largo pero se llega a otra avenida, ésta de doble sentido y, más allá, a un barrio pintoresco y populoso. Tras unos cuantos cientos de metros, no más de un kilómetro de camino en ciertas direcciones, la ciudad se torna, poco a poco o de golpe, extraña, confusa, a veces amenazadora, quizá la intuyes peligrosa. Aunque probablemente conozcas muy bien una zona a unos cuatro o cinco kilómetros de tu casa, aquí y allá, entre estos sitios familiares, el mapa de la ciudad está perforado, como un queso o un libro apolillado, por pequeñas o grandes lagunas desconocidas que, muchas veces, seguirán siéndolo por siempre. Y precisamente como un queso o un libro apolillado: carcomida su sustancia por algo inesperado. La experiencia que tiene el transeúnte de la actualidad urbana disgrega la totalidad compacta del mapa virtual de la ciudad —en el fondo, todo mapa lo es— transformándola en una multiplicidad de espacios que se pliegan y despliegan caprichosamente. Salir a caminar por la calle de una gran ciudad con tranquilidad, entonces, no es fácil. Y eso nada tiene que ver con el temor paranoico a cierto tipo de violencia urbana. Andar por las calles de una ciudad contemporánea es, siempre, aventurarse y más: perderse. “Nueva York —escribe Paul Auster— era un espacio inagotable, un laberinto de interminables pasos y por muy lejos que fuera, por muy bien que llegase a conocer sus barrios y sus calles, siempre le dejaba la sensación de estar perdido.” Y eso que dice Auster de NuevaYork, lo podemos decir de Londres, de París, de la ciudad de México, de Shanghai o de Río, aunque jamás hayamos estado ahí. “Perdido, añade Auster, no sólo en la ciudad, sino también dentro de sí mismo”.

¿Dentro o fuera de sí? En la misma novela Auster escribe: “Ser un hombre sin ningún interior, un hombre sin ningún pensamiento”. Salir a recorrer las calles de una gran ciudad es perderse porque es, también, salir de sí mismo. Trocar una intimidad conocida por la variable compañía de los extraños; una soledad por otra, pública, como la de aquél hombre de la multitud del cuento de Poe. En un relato de Kafka un anciano se pregunta cómo puede alguien atreverse a ir de un pueblo a otro, de dónde saca el valor para tal hazaña que, bien pensada, podría llevarnos toda una vida. Y de verdad, cómo es que nos atrevemos ya no a viajar media jornada sino tan sólo a salir de nuestra propia casa, a cruzar el umbral que nos separa de los otros y volvernos justamente eso: otros; uno más entre tantos. Igualados, disminuidos a lo mínimo y esencial que nos define apenas como ciudadanos. “Soy un ciudadano efímero y no demasiado descontento —escribió Rimbaud— de una metrópolis creída moderna porque todo gusto conocido ha sido evitado en el amueblado y en el exterior de las casas, así como en la traza de la ciudad. Aquí no señalarías las huellas de ningún monumento de superstición. La moral y la lengua reducidas a su más simple expresión, ¡al fin! Estos millones de personas que no necesitan conocerse tienen tan similar educación, oficio y vejez, que el curso de su vida debe ser mucho menor de lo que una loca estadísitica encuentre para los pueblos del continente.”

La visión decimonónica de la vida metropolitana que nos presenta Rimbaud ya contiene los rasgos esenciales de la contemporánea que no es, según algunos, más que su exacerbación al límite. En la calle, como ciudadanos iguales a cualquiera, a ninguno, somos reducidos a las señas particulares de una credencial o de un pasaporte e incluso menos: a los cuatro dígitos memorizados de un NIP, que nos bastarán para acreditar nuestra identidad y, literalmente, acceder al sistema. La moral y la lengua reducidas a su más simple expresión, ¡al fin! Esa reducción no puede más que espantar, y si somos incapaces de lidiar con ella, terminamos asumiéndonos como meros móviles de velocidad variable entre dos puntos en los cuales, con suerte, recuperamos nuestra humana condición: un nombre, un rostro, una mirada.

En la contraportada del libro Hermanos de Carmelo Samonà, se dice que trata de “un hombre que vive con su hermano enfermo en un viejo apartamento situado en lo alto de la ciudad, circundado por terrazas. Un apartamento grande y misterioso similar a un laberinto familiarmente habitado, pero infinitamente rico en sorpresas y secretos. Para entretener al enfermo, pero también para comunicarse con él, inventa un complejo ritual de juegos y viajes en la ciudad y en los espacios del caserón semidesierto.” Casi a medio libro, en el doceavo de los veintiún capítulos, los hermanos salen a la calle. “¡Y henos por fin en la calle! —dice el que narra. ¿Qué suerte de zozobra, qué nuevo e imperceptible desasosiego nos sobrecoge a partir de ese instante? Caminamos en apariencia en perfecta armonía, cerca o no muy lejos uno del otro; en realidad lo primero que se produce en cuanto ponemos un pie en la calle es un cambio gradual de las relaciones entre nosotros.” Y más interesante aun, prosigue: “Es como si tuviésemos que reconquistar vínculos, formas de comunicar y unidades de medida partiendo otra vez de cero.”

Salir a la calle implica caer, recaer en el grado cero de la identidad. De no ser por la carga del término podríamos decir que salir a la calle es alienarse, volverse extraño. Y habrá que recobrar, reconquistar uno por uno los vínculos, formas de comunicar y unidades de medida. Recrearnos en la calle. Quienes son incapaces de hacerlo recorren las calles con la mirada perdida y el pensamiento puesto en su destino o en su punto de partida. Ahí donde aún eran alguien y no uno de tantos, no uno más entre la multitud. En alguna de sus conferencias, Gertrude Stein al hablar de la identidad decía: “Yo soy o porque mi perrito me conoce.” Pero al salir a la calle el perro se distrae, olisquea todos los rincones e intenta seguir cualquier cosa que se mueva, mientras uno, luchando contra él, quiere obligarle a obedecer, a reconocer quién manda ahí; simplemente: a reconocernos. En la calle ni el perro nos identifica. Nuestro mundo se reduce al aire que toca la piel que nos limita y más allá: lo otro, lo desconocido. Hay que reinventarse, rehacerse cada vez que se sale a la calle. O atravesar de prisa como si no estuviésemos ahí —pues de hecho, en algún sentido, jamás estamos ahí plenamente. En la misma conferencia Stein añadía: “Identidad es reconocimiento, usted sabe quién es porque usted y los demás recuerdan algo sobre usted.” Pero en la calle casi nadie recuerda nada sobre nosotros. Stein terminaba esa frase afirmando: “Pero realmente usted no es eso cuando está haciendo algo.” Nosotros no somos eso que los demás, el perro o uno mismo recuerda ser —eso uno lo ha sido. Uno realmente es eso que no recuerda porque aún, a penas lo esta haciendo. Uno es ese hacer, esa acción. Y así, sobre todo, salidos a la calle.

Por eso en la calle quienes mejor se encuentran son quienes salen dispuestos a perderse. Los desde siempre ya perdidos, los vagabundos sin nombre ni domicilio; los criminales y los marginados; los buenos para nada y algunos más. Pero también quienes se atreven a perderse por un tiempo tan sólo —a perder su tiempo. Los niños y los adultos, por ejemplo, que juegan en la calle. El jeugo es casi el único modo aún vigente de apropiarse de ese espacio extraño que es la calle. Olvidados por completo los ritos comunitarios, sacros o políticos que nos permiten hacer —temporal y, por lo mismo, cíclicamente— del espacio exterior un lugar habitable, sólo quedan, como último recurso, esos pequeños rituales, sutiles y perecederos, reinventados cotidianamente en el juego. Por eso hay que sospechar que el enfado del señor burgués —desprotegido en esa exterioridad ante la que no sabe cómo actuar— frente a los niños o los vagos que juegan en la calle es, en el fondo, envidia. Envidia de ese poder, no muy secreto pero que tampoco se entrega fácilmente a cualquiera que tema convertirse precisamente en eso: un cualquiera.

El juego trastoca el espacio público, como lo hacen también las inusuales manifestaciones de lo sagrado o lo político, transformándolo en uno lúdico. Ambos espacios se rigen por reglas —reglas del juego— pero de muy distinto orden. Las líneas blancas pintadas en el suelo que definen —como si fuera para siempre— el paso peatonal, el carril de uso exclusivo, la vuelta prohibida, el lugar reservado, difieren radicalmente de aquellas otras líneas, trazadas con tiza, que disponen provisoriamente el terreno propicio para el juego. Y a pesar de tal condición provisional —o quizás gracias a ella— el juego logra hacerse de un espacio propio más allá de las estrictas relaciones entre lo público y lo privado. ¿Cuántas veces, andando por la calle, desprotegidos como cualquier ciudadano, nos hemos topado con una pequeña horda, envuelta en su propio espacio, que controla una esquina o domina una calle? Gritan y corren de un lado a otro; se conocen entre sí; se llaman por un nombre —muchas veces inventado y diferente al que llevan en sus casas. No están lejos esos comportamientos de los de aquellos otros dueños de la calle, los ya por siempre perdidos: los criminales, los vagabundos y buenos para nada —otras formas del juego, quizás, con más riesgos y tomadas demasiado en serio. Por eso el buen señor burgués cuida a sus hijos y les prohibe salir a la calle —tierra de nadie—, donde se arriesgan a perderse entre juego y juego y, citando de nuevo a Rimbaud, “algún bonito crimen que pía en el fango de la calle.”

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