2 febrero, 2016

A través del tiempo

por Mónica Arellano | @prxcaffeinating

 

 

“Representa siempre ante ti mismo y sitúa frente a ti la era y el tiempo del mundo
y toda su sustancia (…) Después fija tu mente sobre cada uno
de los objetos del mundo y concíbelo como es en realidad,
como si ya estuviera en estado de disolución y cambio,
abocado a la decadencia, a la dispersión o a lo que quiera
que sea que constituye la muerte de todo lo de su especie.”

Marco Aurelio, Meditaciones.

 

Muchas veces hemos escuchado decir que ‘a esta generación le falta algo’, ‘ya son más flojos’, ‘ahora lo tienen todo más inmediato’, otros apuntando una gran responsabilidad en los hombros de las miradas asustadas ‘ustedes son los que van a hacer que las cosas cambien’, ‘ustedes son de las generaciones más importantes porque se criaron en un proceso de transición muy representativo’.

Lo cierto es que cada generación tiene sus problemas y mete mano cómo puede para alterarlos (esto incluye solucionarlos o empeorarlos). Llegamos, es cierto, en un momento crítico en cuanto a la evolución de la tecnología, las herramientas se potencializan y la información es cada vez más accesible. Pero esto, a su vez incluye enfrentamientos a una problemática totalizadora: la voraz industrialización, la lucha de clases sociales, el consumismo, la globalización, los problemas de movilidad, un mundo en donde se desbordan los distintos imaginarios, en donde se topan de frente, se estampan como en una casa de espejos, otros menos afortunados se pisotean entre sí, se arrancan las uñas, se tiran los dientes unos a otros con tal de suceder, con tal de ser mirados. Un mundo en donde la identidad se disuelve entre las masas formando espumas1.

Esta generación se enfrenta a construcciones dirigidas a estas masas, con todos los problemas de alojamiento y salud que esto conlleva, pero además existe ya el ejercicio del traslado de ideas a la materialidad que se tropieza con diversos obstáculos y en donde nos encontramos con una carencia de poesía, de reflexión, de cimientos que además de levantar un diálogo perenne de épocas narren nuestras historias, nuestras enseñanzas y aprendizajes para construir un puente hacia el futuro tal como lo versa Hollis en “La vida secreta de los edificios”:

Hay un ámbito en el que la representación y la cosa representada son inseparables: la tradición oral. Si un relato no se plasma por escrito, el único texto que existe para la siguiente representación es su narración anterior. Esto significa que el desarrollo de todos los cuentos es iterativo: cada nueva ocasión en que se narra establece las condiciones para la siguiente. (…) Los edificios son menos portátiles que los cuentos, pero hay importantes paralelismos entre sus modos de transmisión. (…) No es la finalidad deconstruir los cuentos, ni los edificios que hemos heredado de nuestros antepasados, sino narrarlos para que otros puedan hacer lo mismo en el futuro.2

El tiempo hace que la ciudad tenga más de evanescente que de eterno, lo ‘auténtico’, siempre se transforma, lo trascendente no se congela, si cruza las líneas del tiempo es porque ha muerto y alguien le ha dado un soplo de vida al transformarlo. La liquidez nos empuja, las olas del tiempo golpean bruscamente los objetos que a nuestro alrededor son tan activos como las llamas de la lámpara. El armario se deteriora en su sitio, la mesa se planta tan rápidamente que no está quieta, y las cortinas flotan hacia la distancia sin cesar. El resultado es una infinita complejidad.3

Lo trascendente es lo que muere todos los días, nunca es el mismo que ha sido antes, lucha, se gana la vida, es lo que en palabras de García Márquez no nace para siempre el día en que su madre lo alumbra, sino que la vida lo obliga a parirse a sí mismo una y otra vez.

¿Qué pasaría si esos objetos que producimos tuvieran la capacidad de flotar y moverse con la marea y la tempestad de una forma digna? ¿Acaso no sería más valioso llevarnos nuestras enseñanzas a través del tiempo? Pero para esto hay que seguir hablando, dibujando, transformando, imaginando. Entonces esto nunca volvería a ser lo que antes fue, cambiaría con nosotros y con las circunstancias, los edificios serían entonces, junto con la ciudad, un extremo del constructo social que se adapta al mismo (y no viceversa), que narra constantemente una historia que se va modificando de boca en boca en lugar de quedarse anclado e inundado en el pasado. La nostalgia sería lo que es, una mirada, no un peso encima de los hombros, no un ancla que nos estanque.

La vida de los objetos arquitectónicos no es algo que se pueda dibujar encima de un proyecto ejecutivo, el proceso continúa y pasa a manos de los arquitectos anónimos que lo habitan, el concepto del arquitecto-dios está tan gastado y cojo que resulta increíble que se siga escuchando en las aulas.

“Cuando un lugar carece de vida o es irreal, casi siempre hay una mente dominante detrás. La voluntad de su creador lo llena hasta tal punto que no queda sitio para su propia naturaleza” La belleza intemporal “no se puede crear sino sólo generar indirectamente, con las acciones cambiantes de la gente, al igual que una flor no se puede crear sino que se genera de una semilla”

La ciudad tanto sus edificios se desnudan frente al habitante y éste a su vez los cobija de las tempestades, los domestica. Toda arquitectura se impone, pero el fin, como es preciso, es que esta imposición sea lo más ligera, como las pantallas del cine en donde cada día se proyectan cintas distintas, como los escenarios en donde los cuerpos se disuelven, como en las aulas de danza en donde se construyen: fondue, piqué, pas de deux. Parafraseando a Cortázar yo pensaría: querida ciudad, qué vanidad imaginar que las nuevas generaciones podemos darte todo el amor y la dicha, pero a su vez, qué imaginario tan ineludible.

 


 

Notas:

1 Sloterdijk, Peter.
2 Hollis, Edward. “La vida secreta de los edificios”. El ojo del tiempo. Siruela. España. 2009 (pp. 22)
3 Valéry, Paul. The Collected Works of Paul Valéry, Vol.8. Princeton University Press. 1972 (pp. 25)
4 Christopher Alexander. Extracto tomado de “La vida secreta de los edificios” (pp. 21)

 

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