8 marzo, 2018

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por Isabel Zapata | @bestiecilla

 

 

“Las cosas se duplican en Tlön; propenden asimismo a borrarse y a perder los detalles cuando los olvida la gente. Es clásico el ejemplo de un umbral que perduró mientras lo visitaba un mendigo y que se perdió de vista a su muerte. A veces unos pájaros, un caballo, han salvado las ruinas de un anfiteatro”.
–Borges

 

 

Existe un fenómeno que consiste en leer un libro en el sitio en donde sucedieron los hechos que éste narra. Da igual si los hechos en cuestión sucedieron o no: uno bien puede leer la Ilíada en la ciudad turca de Hisarlik, donde estuvo alguna vez la antigua ciudad de Troya (que en realidad son nueve ciudades construidas una sobre otra: una cebolla arquitectónica), cruzar los mares de Nueva Inglaterra en un barco ballenero parecido al Pequod en busca del cachalote blanco o sentarse a la sombra de algún árbol cerca del Castillo de Montaigne, de preferencia con vista a la torre principal, a revisar lo que el padre del ensayo escribió sobre la amistad, sobre los mentirosos o sobre cómo filosofar es prepararse para morir.

¿De qué sirve sacar la visa, hacer las maletas, pasar horas en un asiento de avión que cada vez deja menos espacio para estirar las rodillas? Las respuesta es quizá demasiado simple, por no decir demasiado humana: emprender la lectura en el lugar donde sucedió cierta acción nos permite caminar por la páginas de un libro –leerlo– como si sus renglones constituyeran una ruta a seguir. Ante la descripción de otro que pisó el mismo sitio en un tiempo diferente, la ciudad real adquiere nuevos significados y texturas. Al contrario de lo que podríamos pensar, una ciudad contenida en un libro no estrecha sus espacios, sino que los abre ante cada lector. Nos coloca en dos planos distintos a la vez, como si el libro fuera una ciudad o como si la ciudad fuera un mapa gigantesco desplegado sobre sí mismo. No en vano Borges advirtió, en el cuento Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, que una representación ficticia de la realidad puede invadir y reemplazar paulatinamente a la realidad misma.

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Leer Doña Flor y sus dos maridos, la novela de Jorge Amado, me despierta unas ganas repentinas de viajar a Salvador de Bahía, esa ciudad brasileña que es dos ciudades, la de arriba y la de abajo, unidas por un elevador. La dualidad que la ciudad propone empata con la de los dos maridos de la cocinera Floripides Guimarães: Vadinho, fogoso amante que no por ser un fantasma es menos caliente, y Teodoro, un farmacéutico cuarentón de impecable formalidad. A quien camine por las calles del centro histórico, el Pelourinho, no le costará imaginar a los personajes entre la multitud o asomados por los balcones multicolor de las construcciones antiguas. Así como un mapa que resalta los edificios en los que vale la pena detenerse, la ciudad dentro del libro está plagada de pistas: en una de las calles del Salvador real, Largo da Palma, aún se conserva la fachada de la escuela de cocina ficcional “Sabor y Arte”, donde Doña Flor vivía y enseñaba.

Escena de la película Dona Flor e Seus Dois Maridos (1976), adaptación del libro homónimo

 

No es exagerado decir que hay libros que han conseguido mostrarle al mundo la belleza de una ciudad o antojar al viajero a recorrer sus calles con ojos nuevos. La saga Dos amigas, que sucede casi toda en Nápoles, es un buen ejemplo de esto. Además de contar la historia de la amistad entre Lina y Lenù, los libros de Elena Ferrante son el retrato de una época y la radiografía de una ciudad en plena transformación. Más allá de un mero escenario para la acción, la ciudad con sus casas, tiendas y plazas es parte integral de la historia narrada y la descripción de las calles constituye un mapa de tal precisión que hay quien se ha dado a la tarea de trazarlo para que otros puedan vivir en él.

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La arquitectura de la ciudad rebasa a la ciudad.

Así como la descripción de calles y edificios es necesaria para que los protagonistas de una historia tomen forma en el espacio, nosotros también habitamos la ciudad de otro modo al caminarla con libro en mano. La próxima vez que vayas al Castillo de Chapultepec lleva contigo una copia de Noticias del Imperio, asómate a la ventana, abre una página al azar y piensa en Carlota, mujer de Fernando Maximiliano José, Archiduque de Austria, Príncipe de Hungría y de Bohemia, Conde de Habsburgo, Príncipe de Lorena, Emperador de México y Rey del Mundo, que nació en el Palacio Imperial de Schönbrunn y fue el primer descendiente de los Reyes Católicos Fernando e Isabel que cruzó el mar océano y pisó las tierras de América, y que mandó construir para mí a la orilla del Adriático un palacio blanco que miraba al mar y otro día me llevó a México a vivir a un castillo gris que miraba al valle y a los volcanes cubiertos de nieve, y que una mañana de junio de hace muchos años murió fusilado en la ciudad de Querétaro.






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