25 septiembre, 2017

Temblores y señales de vida

por Juan Palomar Verea

El suelo bajo nuestros pies puede deshacerse de toda una civilización con algunas simples y enérgicas sacudidas. La ciega energía del planeta nos tiene a su merced. La vivencia primigenia, terrible, de las realidades telúricas sobre las que vivimos se hicieron más que patentes para quien escribe esta columna y las atestiguó en la Ciudad de México. Terror, incertidumbre, gente histérica, largos segundos que nadie sabía cuándo terminarían. Y una aplastante sensación de impotencia y desamparo. Es la hora de que todos los recursos de la ciencia son incapaces de prever los temblores. Cabe, entonces, primero llevar adelante las actuales y urgentísimas medidas de rescates humanos, y luego tomar con mayor intensidad todas las providencias necesarias para prevenir pérdidas de vidas, lesionados y todos los graves daños subsecuentes.

Los sismos que han azotado al país resultan altísimamente dolorosos. Afortunadamente la gente ha respondido con una viva y reconfortante solidaridad. Las autoridades parecen tener una mejor coordinación. Pero subsisten múltiples incógnitas. Habría que ser mucho más puntuales en la revisión estructural de los inmuebles y, en su caso, en su indispensable reforzamiento constructivo. También sería necesario contar con planes de contingencia aún más eficaces y previsores. Y una más intensa y permanente campaña de concientización y orientación para la población. Tal vez se debería contar, en las extensas zonas sísmicas, con bodegas permanentes y constantemente actualizadas conteniendo los avituallamientos y materiales indispensables para hacer frente en cualquier momento a las catástrofes naturales.

Está, entre tantas cosas, el grave asunto de los efectos del anterior temblor en el Istmo. Miles y miles de casas destruidas. Decenas de millares de gentes sin techo. Desde el urbanismo, desde la arquitectura, el gremio tendría que apoyar la reconstrucción decididamente. Desde Oaxaca, el maestro Francisco Toledo ha hecho un sensato llamado para evitar que se sustituyan las anteriores, adecuadas y tradicionales viviendas por habitaciones de emergencia edificadas al vapor, con precariedad de materiales y graves carencias espaciales. Su punto de vista reside en que los recursos para la reconstrucción se canalicen a la propia gente, que así pueda reconstruir sus viviendas siguiendo los patrones deseables por ellos. Habla, por ejemplo, y con toda razón, de la tipología con patio, con buenos materiales y espacios generosos. Sabe que esto tomará más  tiempo y recursos, pero afirma que es preferible.

El problema es el factor tiempo. Cada día pasado por los usuarios sin un techo adecuado representa un costo humano altísimo. Es allí, por ejemplo, en donde los arquitectos podrían hacerse útiles de inmediato. Tal vez se pudieran cambiar los ejercicios autorreferenciales tales como las exposiciones de obras de arquitectos para arquitectos por ejercicios profesionales eficaces y oportunos que puedan contribuir con soluciones habitacionales emergentes para el Istmo y otros lugares. Soluciones que combinen la rapidez de la construcción con el empleo de espacios y materiales adecuados a la idiosincrasia de la población, y con una presencia urbanística y fisonómica apropiada. Proponer nuevas soluciones tipológicas que atiendan la comprensible exigencia del Maestro Toledo con atingencia constructiva, económica y espacial. (El maestro Óscar Hagerman ha puesto ya las muestras).

Una combinación cuidadosa y flexible de una institución como el Infonavit con estas nuevas aportaciones del gremio, en estrecho acuerdo y colaboración con los usuarios, podría sentar un nuevo y muy valioso precedente.

Reconstruir los daños de los desastres naturales debería de llevar la premisa de reconstruir también las tradicionales e insustituibles formas de vida de la población, el respeto a sabidurías constructivas y humanas que deben, en medio del dolor y la pérdida, devolverle lo más posible a todos los afectados. Es la hora de la inteligente y activa solidaridad.

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