21 junio, 2014

¿Ruinas modernas?

por Alejandro Hernández Gálvez | @otrootroblog

Durante los dos períodos en que fue presidente de Francia, entre 1981 y 1995, principalmente con el pretexto del bicentenario de la Revolución Francesa, François Mitterand promovió la construcción de varios proyectos. El Museo del Louvre se amplió y renovó con la pirámide diseñada por I.M.Pei y, para vaciar un ala del palacio, Paul Chemetov proyecto el enorme edificio del Ministerio de Finanzas en Bercy. Se construyó la Ciudad de las Ciencias en los terrenos del antiguo matadero de París, que luego se transformaría en el Parque de la Villette, de Bernard Tschumi, mismo donde también se construyó la Ciudad de la Música, de Christian Potzamparc. En un concurso el desconocido Carlos Ott presentó un proyecto para la Ópera de la Bastilla que muchos pensaron era de Richard Meier, favorito de Mitterrand. Y otro desconocido pero danés, Johan Otto von Spreckelsen, ganó el concurso para el Arco de la Defensa. Jean Nouvel construyó el Instituto del Mundo Árabe, mientras también al borde del Sena, más al oeste, Dominique Perrault les ganó a Meier, Tschumi, Koolhaas y Nouvel, entre muchos otros, el concurso para la Biblioteca Nacional de Francia. También, aunque lo inició su antecesor, Valéry Giscard d’Estaing —cuyo arquitecto favorito era el catalán Ricardo Bofill— le tocó inaugurar el Museo de Orsay, donde la italiana Gae Aulenti transformó el interior de la estación de trenes con una intervención que hoy se ve más pesada que las máquinas que antes la ocuparon.

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Pero no sólo es que la intervención en Orsay hoy parezca pasada de moda: se ve vieja, maltratada, seguramente por el abuso al que sometemos al edificio cada día miles de turistas —los baños, siempre escasos y muchas veces descompuestos, son la prueba. Lo mismo le pasa al Louvre, pese a que las intervenciones no han parado tras la pirámide, polémica en su momento, y de nuevo podríamos culpar al interminable flujo de turistas que lo recorren, mapa en mano, tratando de encontrar la obra maestra ante la cual hay que tomarse una foto —es inútil intentar ver la Mona Lisa mientras, afuera de esa sala, otras cuatro obras de Leonardo tienen un público más bien moderado. Sin embargo, no hay que culpar a los turistas de todo. La Opera de la Bastilla, menos frecuentada por éstos, también ha resistido mal el paso del tiempo. En ese caso habrá quien responsabilice al arquitecto, inexperto, o al jurado, por confundirse en la atribución. Y ahí está la Gran Biblioteca, con su bosque inaccesible al centro, que sólo puede mirarse a través de unos cristales que ya perdieron su brillo y transparencia. La Villette y la Ciudad de la Música, hasta donde supongo llegan muchos menos turistas, también se ven desgastadas. Acaso Perrault, Tschumi o Potzamparc, fueran y sean más conocidos que Ott, pero en la época que hicieron esas obras, ¿también eran inexpertos?

¿O cuál es el problema de toda esta arquitectura que no resistió en buen estado ni siquiera treinta años? La arquitectura moderna —usando el término de manera vaga, imprecisa, más que como estilo o ideología como pura fecha— parece que no hace buenas ruinas. Eso lo sabía Albert Speer, el arquitecto de Hitler, pero seguramente no lo imaginó Le Corbusier —las fotos que tomó Victor Gubbins de la Villa Savoya antes de la restauración parecen demostrarlo, aunque él recuerde la ruina con nostalgia. Probablemente Marsella o Chandigarh serían mejores ruinas. No se si el Seagrams o la Farnsworth.

Alguna vez oí que la pintura moderna exige tantos o mayores esfuerzos de parte de restauradores y conservadores como la clásica, antigua. Parece lógico, es casi darwinista: aquellas obras del pasado lejano que no tuvieron las condiciones para resistir aceptablemente el paso del tiempo desaparecieron. Pero también tiene que ver, sin duda, con las técnicas empleadas. Los antiguos pintaban siguiendo técnicas conocidas y probadas, su aprendizaje era parte de lo que había de dominar un maestro y se consideraban un secreto esencial del gremio. Los modernos experimentan, incluso más con las técnicas y con los materiales que con las formas. Hagamos un cuadro con pintura de auto y pedazos de cera, a ver qué pasa. A los diez años antes que a los cien el violeta es azul y las superficies se quiebran.

A la arquitectura moderna y contemporánea le paso igual. Tarde descubrimos que la cornisa, que se fue cuando a la venustas se la mandó al diablo porque sentamos a la belleza a las rodillas y la encontramos amarga, también afectó a la firmitas, que la perdimos en el grano fino: los edificios no se caen, se desmoronan; la lluvia y el polvo no les dan una pátina: los manchan; y las grietas no les dan carácter, no hacen ruinas: se arruinan.

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“Imaginémonos como arquitectos, armados de una amplia gama de capacidades y poderes, inscritos en un mundo físico y social lleno de restricciones y limitaciones. Imaginémonos también que luchamos para cambiarlo.”

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