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Revista Arquine No.72 | Marcos para la cultura

Verano 2015
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Proyectos

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Conversaciones

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Dossier

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Las infraestructuras culturales han evolucionado desde sus torres de marfil herméticas hacia ofertas culturales y sociales que acercan al ciudadano a museos y facultades, atrapándolo con actividades periféricas. Si bien algunas tipologías arquitectónicas pueden permanecer mudas en su apariencia —como los edificios de oficinas— y otras establecen barreras precisas entre interior y exterior, entre lo público y lo privado —como los de viviendas—, otras son más permeables, y expresan, desde sus gestos arquitectónicos, la naturaleza de sus funciones.

Las infraestructuras culturales, y en especial las educativas, tienen una doble condición programática y didáctica. No sólo tienen que expresar sus funciones sino que además deben ser ejemplares. Con su habitual ironía, Humberto Ricalde llegó a cuestionar si de los Talleres de la Facultad de Arquitectura de CU deberían salir mejores arquitectos que del esperpéntico Campus del ITESM de la ciudad de México: en uno se encontraban buenos ejemplos de arquitectura y en el otro todo lo que no se debía hacer. Ambos —para él— eran igualmente útiles para la docencia.

Caso parecido son los museos, ya no sólo contenedores de las obras de arte, sino activadores de actividades sociales, obligados a seducir desde la forma del edificio, además del programa de exposiciones y la diversidad de propuestas y horarios, debiendo lidiar con la cultura del entretenimiento, definida muchas veces por las leyes del mercado.

Recientemente, Rafael Moneo proponía la “denominación de Escuela irrelevante de Arquitectura” ante la proliferación prescindible de nuevas ofertas académicas. Cabría ampliar el cuestionamiento más allá de la arquitectura: tanto como disciplina y en tanto edificio: ¿basta el edificio para construir cultura? El edificio, como modelo, ¿es capaz de educar?

En este número 72 de Arquine publicamos nuevos edificios que responden a esa doble condición programática y didáctica: escuelas y facultades, teatros, museos y centros educativos y de investigación que, cada uno a su modo, giran en torno de esa pregunta.•

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Cultural infrastructures have evolved from hermetic ivory towers to cultural and social spaces that encourage citizens to visit museums and faculty buildings, and then keep them there with add-on activities. Some architectural typologies, such as office blocks, can retain a lowkey appearance, while others, such as residential buildings, erect barriers specifically to distinguish between the interior and the exterior, the private and the public realms. Or alternatively, typologies are more permeable and display their function through architectural gestures.

In the case of cultural infrastructure, particularly educational buildings, both programmatic and didactic aspects come into play. Not only must they express their functions but also serve as examples. With his characteristic irony, Humberto Ricalde wonders whether a better class of architect should graduate from the architecture faculty workshops at the UNAM’s Ciudad Universitaria campus than from the ITESM’s absurd Mexico City campus: one provides fine examples of architecture, the other is a fine example of what not to do. Yet both, in Ricalde’s view, have been equally practical for teaching purposes.

Something similar is happening with museums. No longer simple containers for art works, museums have now become triggers for social activities, with forms designed to seduce us, and with a host of exhibition programs and concepts and schedules to compete with other types of entertainment, often defined by market forces.

Rafael Moneo recently suggested creating “the Irrelevant School of Architecture,” in response to the unnecessary proliferation of new academic programs. Could this same line of questioning apply beyond the limits of architecture: Is the building enough to construct culture? Is the building, as a model, capable of educating us?

In this issue of Arquine, number 72, we include descriptions of buildings that perform this dual programmatic and didactic role: school and faculty buildings, theaters, museums, education and research centers, each of which, in their own way, revolve around that very same question.•