2 enero, 2017

Modos de dibujar

por Alejandro Hernández Gálvez | @otrootroblog

John Berger nació el 5 de noviembre de 1926 en Londres y murió hoy, 2 de enero del 2017, en París. Berger fue un pintor que dibujó mucho y escribió más aún. A finales de los años 50 publicó su primera novela, Un pintor de nuestros tiempos, y a principios de los años 70 condujo una serie en cuatro episodios para la BBC, Modos de ver. En el primer episodio de la serie, Berger explica que se trataba no de la pintura sino de cómo la veíamos y cómo lo hacemos desde la segunda mitad del siglo XX, “porque las vemos como nadie lo hizo nunca antes” y porque descubrir cómo las vemos nos revelaría algo “sobre la situación en la que vivimos.” Ver y vivir, pero también contar, escribir.

Junto con la serie, Berger publicó un libro con el mismo título, Modos de ver. En el primer capítulo afirma que “ver viene antes que las palabras: el niño mira y reconoce antes de poder hablar. Pero hay otro sentido —agrega— en el que ver antecede a las palabras: es la vista la que establece nuestro lugar en el mundo que nos rodea: explicamos ese mundo con palabras pero las palabras nunca pueden deshacer el hecho de que estamos rodeados por ese mundo.” ¿Cómo transformó nuestro ser y estar en ese mundo que vemos —y dibujamos, pintamos o describimos— el hecho de poder reproducir esas imágenes técnicamente? ¿Cómo es el arte y el mundo en la época de su reproductibilidad técnica? El título, por supuesto, es el del famoso ensayo que Walter Benjamin escribió a finales de los años 20 del siglo XX y que el mismo Berger reconoce como la base para sus ideas.

El 21 de marzo del 2008, Viernes Santo, día en que se recuerda la Crucifixión, Berger fue a la Galería Nacional a ver —y dibujar— la Crucifixión que Antonello da Messina pintó en 1475 —pintó otras dos, unos veinte años antes, pero esta es la única en la que Cristo no está flanqueado por los dos ladrones; sólo la Virgen y San Juan aparecen arrodillados a cada extremo de la cruz. “Es la más solitaria pintura de esa escena que conozco —escribió Berger—, la menos alegórica.” Ese viernes, Berger tomó su cuaderno de dibujo y dejó su mochila —cuidadosamente, dice— en la silla vacía de un cuidador. Cuando el guardia apareció y se le quedó mirando, Berger fue por la mochila y se disculpó. La puso entre sus pies y siguió dibujando. “La mochila no puede estar en el suelo,” le dijo el guardia. Berger le explicó que intentaba dibujar la Crucifixión porque era Viernes Santo y le mostró, abriéndola, el contenido de la mochila. “¡Está prohibido!”, respondió el guardia amenazándolo con llamar a su supervisor. Berger puso de nuevo la mochila en el piso y siguió dibujando. Contaré hasta seis, dijo el guardia. Berger pidió diez minutos para terminar su boceto. Uno, dos, tres, contó el guardia. Berger seguía dibujando. Cuatro… Cuélguese la mochila, dijo el guardia. Berger le explicó que así no podría seguir dibujando. Cinco, contó el guardia. Fuck!, gritó Berger. El guardia llamó al supervisor. Acusó a Berger no sólo de colocar su mochila en el suelo, lo que estaba prohibido, sino de haberlo insultado usando lenguaje obsceno en un lugar público. Berger fue acompañado hasta la salida del museo.

Berger cuenta esa anécdota en su libro Bento’s Sketchbook, publicado en el 2011. Bento era el nombre con que sus coetáneos conocían a Baruch Spinoza, el filósofo que fabricaba lentes de aumento para vivir y que, según cuenta Berger, gustaba de dibujar. Siempre viajaba acompañado de un cuaderno donde hacía bocetos. Tras la muerte de Spinoza a los 44 años, sus amigos recuperaron sus cartas, sus manuscritos y sus instrumentos de trabajo para fabricar lentes, pero sus cuadernos de dibujo desaparecieron. Berger dice que por mucho tiempo soñó con encontrar ese cuaderno. No es que Spinoza fuera un gran artista, como Rembrandt, que vivía a unas cuadras de Spinoza en Amsterdam. Pero, ¿qué le interesaba ver, qué le interesaba dibujar al filósofo que escribió —cita que refiere Berger tras contar su expulsión de la National Gallery— que muchos errores consisten en que no aplicamos los nombre apropiadamente a las cosas. Primero vemos, luego nombramos.

En el 2005 se publicó una colección de textos de Berger sobre el dibujo. En uno de ellos explica que hay “tres maneras distintas en las que funcionan los dibujos. Hay dibujos que estudian y cuestionan lo visible, otros que muestran y comunican ideas y, por último, aquellos que se hacen de memoria.” De los primeros, dice que “las líneas en el papel son las huellas que deja tras de sí la mirada del artista.” El dibujo es un registro de la relación entre algo que vemos y la manera como lo vemos. El segundo tipo de dibujos viaja en sentido contrario: “se trata de llevar al papel lo que ya está en la imaginación. Ya no se trata de que el ojo emigre, sino de que entregue lo que se le encomienda.” Si en el primer tipo de dibujo la mirada sale a ver, aquí lanza lo que ve: proyecta. El tercer tipo de dibujo, el ejecutado de memoria, dice Berger, ni cuestiona ni propone lo visible: declara: esto he visto. Son casi tres tiempos: un dibujo registra lo presente, otro anuncia el por venir, el último da fe de lo pasado.

¿Cómo veía y cómo dibujaba Spinoza? ¿Cómo vemos y cómo dibujamos nosotros hoy, que lo hacemos como nunca nadie lo había hecho antes? ¿Qué es un paisaje, qué es un retrato? ¿Qué es ver? Esas fueron algunas de las preguntas a las que dedicó sus muchos libros y sus muchos dibujos John Berger.

Modos de ver, subtitulada al español

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