15 diciembre, 2016

Leer en red

por María Buey

Leer en red

Recuerda Kenneth Goldsnith en su libro Escritura no-creativa como, “en los inicios de Internet, un amigo se lamentaba de leer con demasiado `descuido´ sus contenidos, sentía más curiosidad de llegar al siguiente clic que de comprometerse de manera más profunda con el texto”. Es innegable que la forma en que leemos ha cambiado y hasta los contenidos nos llegan estructurados de otra forma. Parsear, que viene del inglés to parse -analizar sintácticamente una oración- es la palabra que Goldsmith se apropia para referirse a nuevas formas de creación literaria en internet que responden a patrones de los códigos de la web y que nos obligan a enfrentarnos a ellos de forma distinta a la narrativa convencional. Esta situación lleva a la reflexión de cómo la forma en que leemos repercute inevitablemente en el espacio, los lugares, las posturas corporales y hasta el mobiliario que dedicamos para estas lecturas.

Todos hemos visto a alguien quedarse dormido leyendo, por ejemplo, el periódico. Los brazos pierden el control, las manos la rigidez y el periódico se desploma sobre su pecho hasta que alguien se da cuenta, recoge el periódico, lo dobla y lo deja sobre la mesa. Algo parecido ocurre al leer en la cama; te encuentras por ejemplo a tu madre dormida con el libro desparramado e intentas quitárselo para que descanse tranquila pero una fuerza subconsciente de arraigo a esa historia que tiene entre manos le hace forcejear contigo y pelea con el sueño en el intento de retomar la lectura hasta que dulcemente insistes, le quitas el libro, le quitas las gafas y, mientras los colocas sobre la mesilla, por fin se acomoda en su descanso.

Estos comportamientos son respuestas a esa forma tradicional de lectura. Si nos proponemos analizar los comportamientos equivalentes correspondientes a la lectura en dispositivos digitales, inevitablemente encontramos otras conductas. Aunque solo sea porque los destellos de las pantallas, los píxeles y la saturación cromática invitan de todo menos al sueño, resulta difícil imaginar que uno se quede dormido leyendo el teléfono.

Sin embargo, la facilidad que estos dispositivos aportan generan un abanico inmenso de nuevas situaciones en las que leemos. Sentado, tumbado, caminando o en una fila. En una reunión familiar, en una comida, desbloqueas el móvil y en un instante tienes frente a ti todo un universo de nuevos contenidos a tu alcance. A nadie sin embargo se le ocurriría sacar su libro del bolso entre el segundo plato y el postre. Indudablemente, el contexto de estas situaciones, el tiempo y la atención que dedicamos a estas lecturas es radicalmente lejano al acto consciente de coger tu libro y sentarte en el sillón.

“La `nube de datos´ -servidores de capacidad ilimitada disponibles en el éter, que podemos consultar en cualquier lugar del mundo- así como sus interfaces, privilegian la función de archivar por sobre la de eliminar”, apunta Goldsmith. De forma que nuestros ordenadores se convierten en inmensas bibliotecas repletas de gigas de información de la cual un gran porcentaje posiblemente nunca sea leído. Ésto tiene un reflejo directo en nuestras casas, estanterías y bibliotecas definiendo por completo un nuevo orden de libros, enciclopedias o catálogos que coleccionamos físicamente. Las razones del criterio con el que los consumimos ha cambiado por completo. Así los libros joya de brillantes imágenes cobran un gran auge y se vuelven un elemento clave en la decoración de los hogares del siglo XXI mientras que las novelas y ensayo tienden a consumirse cada vez más en la red.

Ningún texto que se vaya a leer online está ya cerrado. No hay nada más maravilloso, y más abrumador, que la posibilidad del clic botón derecho abrir en nueva pestaña. De pronto tu buscador se va saturando de rectangulitos en la parte superior, cada vez más pequeños, según vas abriendo más enlaces, y sigues bajando por el texto original hasta que hay algo, un enlace, una palabra desconocida o una curiosidad que te llama demasiado la atención. Tanto que te hace cambiar a la nueva pestaña antes de terminar el texto.

Ya estás perdido. Ese texto original posiblemente no lo acabes nunca. Continúas con el siguiente y comienza el mismo proceso con la salvedad de que ya tienes otra buena cantidad de pestañas abiertas que surgieron del texto previo. La mezcla que tienes frente a ti será exquisita.

El mapa de ideas que cada persona dibuja a partir del mismo texto seguro no es nunca el mismo. La maravilla de la democratización de estos avances es que nos pone a todos en el tablero de juego. Señala Goldsmith “Sólo consideremos como `leemos´ internet: analizamos, organizamos, forwardeamos, canalizamos, tuiteamos y retuiteamos. Hacemos más que solo `leer´. Por fin se ha dado aquel momento de igualdad tan teorizado, en que el lector se convierte en el autor y viceversa.”

Todo esto afecta de forma directa a la manera en que nos relacionamos y dibuja una nueva red de lugares de intercambio, que pasan de los cafés, parques y calles a la plaza virtual. El espacio público se ha deslocalizado y en lugar de quedar a jugar a la pelota en el parque quedas a jugar a Minecraft en Internet.

Todavía más cambio es que comenzamos a concebir la escritura como una herramienta para comunicar más allá de nuestras fronteras naturales y temporales. Christian Bök en su proyecto Xenotext Experiment inocula un poema a una bacteria, la más resistente del planeta que puede sobrevivir al calor, al frío y hasta a la radiación. Esto le permitiría sobrevivir a una eventual destrucción de la Tierra y así, también el poema. Un poema que el ojo humano no puede apreciar pero que se espera que pueda leerse en un futuro por quién sabe quien una vez se haya extinguido la raza humana. El espacio urbano al que queremos comunicar se amplía por millones en espacio y en tiempo. El urbanismo que conocíamos hasta ahora pierde su sentido, la escala ya es interestelar. Que habitamos de una forma híbrida el espacio ya lo tenemos asumido, estamos físicamente aquí pero virtualmente conectados con cualquier otro rincón del planeta, pero se añade ahora la cuestión de que habitamos para tiempos muy alejados en sí. Ya no pensamos el espacio en tres dimensiones, sino en cuatro. Vemos en streaming un concierto y vamos comentándolo en la misma página y a tiempo real desde cualquier parte del mundo en cualquier huso horario. Intercambiamos con desconocidos, que tornan compañeros cercanos en cuanto coincides virtualmente en varios eventos.

En paralelo a los beneficios indiscutibles de la liberación de las fronteras físicas para el intercambio de conocimiento cabe preguntarse mucho al respecto de sus consecuencias negativas, desde cómo puede afectar cambiar el aire libre por los pixeles al problema de la adicción, retratado en el estremecedor documental Web junkie.

La tecnología avanza sin duda a una velocidad mayor de lo que evolucionamos nuestra capacidad para apoderarnos de ella, lo que puede ocasionar un cierto desfase que nos haga perdernos en un nuevo universo que aun no dominamos del todo. Somos la generación bisagra y falta una actualización urgente de los sistemas educativos que nos permitan entender y dominar las posibilidades de la red para evitar que, no al contrario, ésta nos domine a nosotros. Nos enfrentarnos a este nuevo mundo virtual que nos rodea por nuestra cuenta, de forma autodidacta, lo que puede desencadenar vicios o malos hábitos pero que potencia fuertemente nuestra capacidad personal de reacción y autoaprendizaje. Nunca el ser humano había vivido tan alerta, nos reseteamos al ritmo que descargamos la siguiente actualización.

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