24 abril, 2013

Las (dona)ciones a la UNAM

por Juan José Kochen | @kochenjj

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Si la ‘donación’ del edificio de la División de Estudios de Posgrado de la Facultad de Economía de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) fue desafortunada, el ‘nuevo’ edificio de la Unidad de Posgrado de la universidad no conoció la fortuna. En pleno conflicto estudiantil ante la ‘toma’ de la Rectoría de Ciudad Universitaria, el rector de la UNAM, José Narro Robles, inauguró la ‘nueva’ Unidad de Posgrado de la universidad. “Unidades y centros alrededor de una aldea común” –dijo Narro– que recibirán a 26 mil estudiantes de posgrado de todas las facultades, algunas ya reubicadas en este edificio. La ‘nueva’ sede del posgrado aterrizó a un costado del edificio de Legorreta+Legorreta inaugurado en 2010, donado por Carlos Abedrop Dávila (presidente de Grupo Empresarial Olmeca y egresado de la Escuela Nacional de Economía en 1943) quien se acercó al actual rector de la universidad para regalar un edificio a la universidad con una inversión de 70 millones de pesos, bajo la condición de que fuera diseñado por Ricardo Legorreta. A partir de un basamento de piedra que consiste en dos volúmenes intersectados entre sí formando un transepto con volados en sus extremos para “enmarcar la reserva ecológica de la universidad formando un encuadre visual como eje de comunicación”, el edificio de Economía ahora tiene como vecino a la unidad de posgrado.

“La Dona”, como ahora le llaman al recién inaugurado inmueble, fue construida por la Dirección General de Obras y Conservación de la UNAM –al igual que el edificio de Legorreta– y encargado por asignación directa a María José Ordorika, hija del arquitecto Imanol Ordorika (1931-1988), quien formó parte del grupo de arquitectos de la generación hispano-mexicana, en su mayoría exiliados de la República Española como José Luis Benlliure Héctor Alonso Rebaque y Ángel Azorín Poch. El proyecto destaca por sus acabados en concreto aparente y el tono rosa-beige que parecen haber resistido los más de 60 años de la UNAM, y consiste en dos círculos que concentran el programa arquitectónico dejando ‘áreas públicas’ entre cada circunferencia. Si en el Posgrado de Economía la estructura parte de un círculo hecho de piedra natural que acoge la biblioteca, con la idea de simular que el edificio surge de la tierra, aquí la doble estructura circular obstruye las visualidades e iluminación natural una de otra y se asienta sobre la reserva ecológica de la UNAM creando una fortaleza anular. Con dos accesos, uno para las rutas de autobuses del campus y otra que conecta un estacionamiento de centro comercial, “La Dona” es un proyecto ensimismado por su programa. Las distintas sedes de cada posgrado no se identifican si no es por las pequeñas placas que indican su ubicación, pues la separación es interior, por lo que es necesario ‘dar vueltas en círculos’. Nadie se enteró de este proyecto más que la dirección de los posgrados de las facultades, muchos reacios a reubicarse. Es cuestionable el proceso; aunque habrá que esperar a ver el funcionamiento y día a día del edificio.

El Centro Educacional Albatros (1971), la Secundaria Cumbres (1974), la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo (1975) o la Universidad Anáhuac (1976) de Imanol Ordorika serían buenos ejemplos para resolver un proyecto para una sede de posgrado. Y si bien hace poco se dieron a conocer proyectos de Google (NBBJ) y Apple (Foster & Partners) con base en un partido arquitectónico radial, aquí la geometría es poco entendible por la monotonía de su intención; una simulación creativa con revestimientos añadidos. Dejemos de lado el aumento del presupuesto en el proyecto –tres veces la cantidad inicial–, el resultado final de los acabados o por qué hay una escalera roja metálica en forma de gusano –cerrada– para subir a una azotea que no se puede ocupar. A 60 años de la inauguración de Ciudad Universitaria, ¿qué pasa con el crecimiento y desarrollo de los nuevos proyectos en el campus de la universidad?, ¿cómo se gestionan y deciden?, ¿por qué ocurren aterrizajes forzados de obras descomunales como éstas?, ¿por qué si tenemos una destacada Facultad de Arquitectura no se convocan concursos que vinculen a los maestros con los estudiantes –y futuros postulantes a maestría y doctorado que ocuparán los espacios– como ocurrió en 1952?

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