6 junio, 2017

La otra Ciudad de México: urbanismos electorales

por Isaac Torres | @isaac_chato

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El mapa presentado por el PREP que ilustra la preferencia electoral en las últimas elecciones por la gubernatura del Estado de México se caracteriza por mostrar dos manchas rojizas, similares a dos manchas de sangre. Una de estas sangres es roja intensa y domina en tamaño. La otra mancha es de una sangre más oscura y concentrada, más morena. Está segunda mancha representa la zona más prolífica en violencia urbana de todo el territorio nacional.

La elección que ocurrió este domingo 4 de junio, en particular la disputa por la Gubernatura del Estado de México, ha sido uno de los fenómenos mediáticos de la política con mayor atención por parte no solamente de los medios, sino desde el interés propio de la población, que ha seguido minuto a minuto el proceso, con el característico suspenso que reina en las elecciones de margen cerrado. Asistimos y seguimos puntualmente el espectáculo de la democracia, que cual película de Cantinflas, siempre acaba igual, pero sin moraleja.

El sistema ha arrojado resultados que han sido devastadores para la franja electoral que esperaba una alternancia en el régimen mexiquense. La derrota es política pero sobre todo moral. Además este golpe moral contagia los ánimos de aquellos que no somos electores de ese territorio, pero que estamos conscientes de que esta elección impacta más allá de los límites políticos del Estado de México, hacia el Estado de la Política Nacional, y en particular también –evidente y geográficamente–, a quienes habitamos en la Ciudad de México.

Más allá de todas las irregularidades e impugnaciones señaladas durante las campañas y la elección misma, así como el mal sabor de boca de un proceso que no parece del todo transparente y equitativo, hay un arrojo de información interesante de leer a nivel cartográfico y que nos habla de la forma en que la configuración de dos metrópolis hermanas, Toluca y la Ciudad de México, moldean sus territorios políticos e ideológicos.

La expansión de la Zona Metropolitana de la Ciudad de México sobre los municipios del Estado de México que operan como fronteras de la zona política antes conocida como Distrito Federal, es en gran medida el resultado de una política ciega por parte de los 90 años de gobiernos priístas que han utilizado a su favor la pobreza, marginación y ruralidad de sus territorios para construir un bastión electoral que favorezca a su partido y evidentemente, otorgue privilegios a un grupo de familias y empresarios en el poder.

La corrupción y la indiferencia a lo largo de varias décadas, han creado una bestial ciudad hecha de muchas ciudades, que conecta a la franja de municipios conurbados del Estado de México con la ciudad central –ahora rebautizada como CDMX– reproduciendo errores y desatinos en todo su territorio a lo largo de su historia moderna. Entre estos errores y desatinos, por mencionar solo algunos, destacan un desmedido crecimiento industrial sin control ni regulación ambiental o sanitaria; un monstruo transportista de concesiones y mafias que opera un pésimo y riesgoso servicio de transporte público; una acelerada expansión inmobiliaria sobre terrenos poco aptos para su desarrollo, especulando y dinamitando el sistema financiero y crediticio de los trabajadores; una marginación de enormes proporciones en zonas urbanas y semiurbanas que da como producto un exquisito caldo de cultivo para el crimen; una ruralidad al margen de la productividad y el desarrollo cultural; un pueblo con poca imaginación para vislumbrar posibilidades de cambio, sin contar claro, los orgullosos índices de secuestros, asesinatos y feminicidios de la región. Algo así como el Nueva York de los ochentas, mezclado con la Ciudad Juárez de los noventas, el Río de Janeiro de los dosmiles y con el DF del Negro Durazo y los Panchitos con un nostálgico toque del Buñuel de Los Olvidados, pero no en blanco y negro sino a todo color. Con mucho rojo, sobretodo.

Ese lugar que acabo de describir es el Estado de México en sus límites con el nor-oriente de la Ciudad de México, en donde duerme la mitad de la población que durante el día trabaja en la ciudad y que de noche vuelve a casa en un transporte deplorable, bajo un cielo negro, oscuro y violento. Esa otra parte de la Ciudad de México, que alguna vez conectó sus lagos en una sola región y que hoy vuelve a ser región unificada en varios aspectos, uno de ellos incluso el político. Esa región a la que un metro y un tren le son insuficientes. Aquello que en el urbanismo local conocemos como la Zona Metropolitana de la Ciudad de México.

La votación que ha beneficiado al candidato Del Mazo, –hoy virtual gobernador electo– provino principalmente del territorio que comprende la región del Valle de Toluca y la zona alta del Estado de México. En el mapa difundido por el PREP que muestra la preferencia electoral por distritos, la zona poniente del Estado pertenece en su totalidad al PRI. En los números del sistema los distritos con mayor votación priísta son Toluca y sus municipios conurbados: Lerma, Huixquilucan, Metepec, Zinacantepec, Ixtlahuaca y Almoloya; ese conglomerado municipal que difumina los límites entre el suelo rural y el suelo urbano. La Zona Metropolitana de la Ciudad de Toluca. Valle de Bravo, Tejupilco y, por supuesto Atlacomulco, son los distritos donde la mayoría priísta es absoluta. En la franja oriente el PRI conquista la zona más rural, Chalco, Acolman y Amecameca. Oriente y Poniente se conectan a su vez geográficamente a través del municipio de Zumpango, sumando 21 municipios ganados.

El triunfo de Delfina Gómez es contundente en los municipios de la Zona Metropolitana de la Ciudad de México, en Ecatepec, Tlanepantla, Coacalco, Atizapan, en dos regiones de Naucalpan, los Cuatitlanes, Tultepec, Tecamac, Tultitlán, Teoloyucan, y en el oriente hacia Valle de Chalco, Ixtapaluca y por supuesto Texcoco, la tierra de origen de la candidata. El triunfo morenista sobre el cinturón urbano se interrumpe por el fenómeno Zepeda en Nezahualcoyotl y el tradicional panismo de la zona de Satélite y anexas (el otro Naucalpan). La mancha roja más oscura forma un anillo por encima del antiguo Distrito Federal. A su vez, la mancha roja intensa forma otro anillo por encima de esa mancha oscura.

El margen diferencial es casi irrisorio, 168,000 votos de diferencia aproximada. El ganador lo logra con poco menos de 2 millones de votos, en un territorio donde tan solo el municipio de Ecatepec cuenta con esa población. Son dos regiones metropolitanas distintas en un mismo estado. En ambas ciudades el PRIísmo ha implantado el mismo modelo de urbanismo: un modelo ciego, sordo y sin cabeza. Negligente y corrupto. Indiferente. Hoy, la Otra Ciudad de México le ha volteado bandera a su creador y ha decidido agruparse en masa en contra de su antagonista, la Zona Metropolitana del Valle de Toluca, su hermana pequeña, la “ciudad camellón” como certeramente la resumió el artista Daniel Guzmán en una noche de mezcales.

La lectura que nos ofrece el mapa del PREP es como la de un juego de mesa, en donde los contrincantes ganan o pierden terrenos. Es claro que la apuesta de una ciudad y de otra son distintas. La mancha roja más pequeña tiene afinidad con el proyecto político de su vecina CDMX, en particular con su posible futuro político. La mancha roja más extensa tiene tradición con el régimen, es una ciudad creada por el sistema político y que desde 1925 ha decidido no cambiar.

La región Metropolitana de la Ciudad de México, –hoy cinturón morenista–, se halla en un estado de emergencia urbana, política y social que pide a gritos una intervención inmediata. La empatía política (o la indisoluble frontera) de esta región con la Ciudad de México ofrece posibilidades ante una futura elección de presidentes municipales, siempre y cuando se logre mantener con vida el ánimo del electorado. Con una región unificada bajo un mismo color, se abre la posibilidad de crear un frente regional que establezca diálogo y cooperación política para plantear soluciones a escala metropolitana. Incluso una posible figura autonómica que uniera a estos municipios bajo un frente regional. Tal vez en el orden utópico, la oportunidad de escalar esta ciudad (como debería de ser, en términos políticos y territoriales, e incluso imaginarios), sumando a la otra parte de la Ciudad de México y constituyendo una verdadera región Metropolitana, no solo como concepto académico o geográfico, sino como proyecto político y social.

La elección del pasado domingo que finalmente ha sido ganada por el PRI a través de todos sus cuestionables, cínicos e ilegales métodos, refleja el estado de dos ciudades que no son del todo compatibles y divide claramente el territorio mexiquense. Los dos valles componen dos escenarios políticos, urbanos e ideológicos distintos. Una mancha de sangre es más densa pero más pequeña, populosamente urbana y masiva. La otra es menos densa pero más extensa, más cercana a lo rural y más devota y tradicionalista. La elección en el Estado de México arroja múltiples saldos que serán pagados por los habitantes de sus territorios. Varios antagonismos se remarcan y los territorios se vuelven escenario y origen de la confrontación. Texcoco contra Huixquilucan. El güero contra la morena. Urbanismo precario contra Urbanismo en desarrollo. Densidad contra extensión territorial. Tradición contra Alternancia. Toluca contra Ciudad de México. 2017 contra 2018. Políticos contra ciudadanía. Los todopoderosos contra los todoentusiastas. Manchas urbanas contra manchas de sangre.

Al final lo que queda son dos ciudades que en las urnas han demostrado sus propias voluntades y realidades políticas y sus capacidades de extender sus brazos en distintas direcciones. Dos ciudades desamparadas y abandonadas a su propio y sistémico proceso de expansión sin orientación clara. Dos ciudades-región, una huérfana de padre y otra huérfana de memoria histórica.

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