30 Noviembre, 2013

La ciudad tomada

por Alejandro Hernández Gálvez | @otrootroblog

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Varias veces debo haber usado este título que, obviamente, replica al del cuento de Cortazar La casa tomada una casa que sus propietarios van cediendo cuarto por cuarto a una presencia extraña hasta terminar en la calle. La ciudad, por supuesto, pese a lo que muchas veces se haya dicho, no es como una casa, en ningún aspecto. Pero también podemos ceder espacios uno tras otro y de hecho así ha sucedido.

No es novedad que esta ciudad ha sido tomada por una minoría que ha usurpado el uso del espacio público y que impide al resto de los habitantes el libre ejercicio de sus derechos. Por supuesto no me refiero a ninguna organización política o gremial sino a los automovilistas. Según un estudio presentado hace poco por la UNAM, en la zona metropolitana de la ciudad de México sólo el 20% de los viajes diarios se realizan en automóviles particulares. Sólo dos de cada diez viajes en la ciudad se realizan en automóvil privado y sin embargo, según el mismo estudio, lo son más del 90% de los vehículos que circulan en las calles de la ZMCM. Si 9 de cada 10 vehículos en la ciudad sirven sólo para 2 de cada 10 viajes al día es clarísimo que una minoría ocupa el espacio de todos y diría yo que de manera abusiva: los autos además de llenar las calles —cuya función, en la mente de los automovilistas, es únicamente permitir su paso, por lo que impiden el de peatones y ciclistas— sino que también ocupan las banquetas —estacionándose indebidamente. Esa minoría, además, se niega a perder sus privilegios: si se prohíbe estacionarse en alguna calle protestan y si se propone que se cobre por hacerlo también protestan. El gobierno de la ciudad no sólo los solapa sino que los apoya: construye pasos a desnivel y autopistas elevadas a los que dedica tanta o más inversión que a otros tipos de transporte. Lo peor es la corrupción generalizada que ha instaurado. Quienes tenemos la edad suficiente recordamos cuando la policía de tránsito —los mordeloneshacían negocio extorsionando a los conductores en vez de multarlos al cometer una infracción al reglamento. Para evitar esa mala costumbre alguien decidió que sería mejor no multar a nadie. El resultado es eso que antes llamé corrupción generalizada: los automovilistas hacen literalmente lo que quieren con absoluta impunidad —como acelerar cuando el semáforo cambia a luz roja, sin importar si hay peatones a la vista— y los vemos casi a cada esquina realizar maniobras que envidiarían en Rápido y furioso o en las viejas películas de John Landis.

La semana pasada un pequeño pero intenso escándalo ocupó miles de frases de 140 caracteres en la república paralela de tuiter. La policía de tránsito desalojó a varios que hacían un día de campo en el estrecho jardín sobre el río de la Piedad, entubado a lo largo del Viaducto Miguel Alemán. Era el tercer año que un grupo, encabezados entre otros por Elías Catán de Taller 13, hacían el día de campo con la idea de revelar el potencial de un sitio donde pasa un río —que la mayor parte de los chilangos jamás hemos visto, más que cuando llueve demasiado y se desborda, inundando la autopista. Proponen un paisaje alternativo: el río corriendo a cielo abierto y con agua limpia, jardines, transporte público eficiente. Pero la policía terminó con el apacible picnic. Dijeron —y el jefe de gobierno del DF lo reiteró al día siguiente— que no se trató de un desalojo sino que conminaron a los activistas a retirarse por su propia seguridad. Sorprende la diligencia del jefe de gobierno y su policía en este caso cuando en la ciudad hay cientos o miles de cruces en los que atravesar la calle es mucho más riesgoso que practicar capoeira con los ojos vendados sobre el río entubado en el Viaducto y jamás he visto ninguna acción del gobierno capitalino que ponga realmente la seguridad del peatón y luego la del ciclista y la de quien viaje en transporte público antes que la de los automovilistas.

La reacción de la policía también encendió de nuevo el debate sobre el derecho a ocupar un espacio: muchos veían una respuesta distinta del gobierno ante las marchas y los plantones de la CNTE, por ejemplo, repitiendo la disyuntiva absurda entre libre manifestación y libre tránsito que ha comentado Carlos Bravo Regidor —quien registró, de paso, el racismo sumado al rechazo a ese otro tipo de ocupación del espacio público.

Una semana después del asunto del picnic, Rufino León, secretario de Transportes y Vialidad del DF, anunció que el gobierno de Mancera presentará una iniciativa para una nueva ley de movilidad en la ciudad que tendrá al peatón como “eje rector”. Habrá que esperar la nueva ley pero sobre todo su efecto en acciones concretas, pues aunque muchas de ellas sean aparentemente simples —como pintar bien los prácticamente inexistentes pasos peatonales y obligar a los automovilistas a respetarlos o propiciar el uso seguro de la bicicleta más allá de los confines de cuatro o cinco colonias de moda—, serán numerosas y simplemente hacer banquetas caminables y bien diseñadas es una tarea compleja que bien podría ser un objetivo primordial de un gobierno. 

People cross a street in Tokyo

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