9 enero, 2017

Idas y venidas de un jardín

por Juan Palomar Verea

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Una primera, esencial, recordación: hacer jardines es hacer arquitectura. Así, sin apellidos. Cualquier intervención espacial para beneficio del hombre, cargada de una significación expresiva, es arquitectura. En todas las escalas. Desde el primer jardín, el del paraíso terrenal, hasta los días que corren.

Conforme a esta visión, sorprendentemente confirmada por algunos arqueólogos, el jardín del Edén fue la primera arquitectura que marcó perdurablemente a la especie. No muros o entablamentos y columnas: árboles, arbustos, agua, espacios así delimitados. Los avatares del quehacer de los alarifes han sido muy largos y fatigosos, con frecuencia confusos. Pero la Alhambra no es más que una sucesión de espléndidas edificaciones cuya razón y sentido reside en los jardines a los que circundan.

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Pero la confusión tiende al segmento, a la parte por el todo. Los jardines fueron, conforme las técnicas constructivas avanzaban, poco a poco relegados –en muchos casos- al ornamento o la añadidura “recreativa” o meramente residual. El siglo XX resultó particularmente árido: el triunfo de la modernidad y de la técnica centró la atención en el poderío de la cal y el canto, el acero, el concreto. Existen, por supuesto, excepciones. Pero piénsese en tantos rascacielos, tantas plazas pelonas y asoladas por la insolación o la ventisca, tantos ejemplos domésticos con “jardincitos” arrinconados y paupérrimos. (Acordarse del célebre “jardincito” moderno de la película Mi tío, de Jacques Tati.) Piénsese en la arquitectura en boga, tanto en el plano internacional como en el local, en donde plantas y árboles, si existen, son solamente como un trazo de pixeles que buscan “ambientar”.

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Por eso es tan importante un jardín como Les Colombières, en Menton, Francia. Hecho por Ferdinand Bac alrededor de los años veinte del siglo pasado, constituyó un callado y poderoso manifiesto. Por azares del destino, fue a este discreto llamado al que Luis Barragán tuvo acceso, por un libro en 1925, en toda su realidad, en 1931. Y le cambió la vida, y al cambiársela produjo –claro, junto con otras circunstancias- la mejor arquitectura que se haya generado en nuestro país. Como la Alhambra, la casa del arquitecto, en Tacubaya, es imposible de entender sin el jardín. Y ese jardín generó otros: entre ellos el de Francisco Ramírez 17, frontero a la casa, y en realidad, su continuación.

Una reciente restauración, debida al talento y la generosidad de Alberto Kalach, ayudado decisivamente por el doctor Teobaldo Eguiluz, entregó todo el esplendor de un recinto deliberado y justo, una pieza de arquitectura invaluable. Completa y remata al jardín un extraordinario pabellón realizado también por Barragán a fines de los años sesenta. Es así que se consolida un conjunto artístico, Patrimonio de la Humanidad, abierto a todos los mexicanos, a todos los visitantes de otros países.

Luis Barragán afirmaba que la verdadera serenidad era el regalo máximo de un jardín. Ojalá que su ejemplo, al dedicar similar o mayor pasión a la creación de un jardín que a la de las construcciones que lo circundan, sirva para orientar los afanes de las nuevas generaciones de arquitectos. Conocer y entender su clima y su vegetación, distinguir árboles, arbustos y plantas, comprender al agua y sus maravillas, componer espacios para la reflexión, el asombro y el gozo. Conciliar la indisoluble tarea de la arquitectura: proponer los espacios, con muros y árboles, trabes y plantas trepadoras, con intemperies y claroscuros, con aperturas al cielo protector y refugios, de la pasajera vida de los hombres. Francisco Ramírez 17, Tacubaya: una insuperable clave.

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Larga vida al arquitecto naval

Arquitecturas navales: “con la economía ascética de recursos y espacios que los barcos exigen, con la limpieza y corrección estructurales que son indispensables, con la obediencia a las leyes del agua y del viento, con la sobria comodidad para sus usuarios, y sobre todo, con la esencial y esplendente belleza que un barco digno de tal nombre tiene, y que se deriva de su esencia, y que también proviene del libre espíritu de quien lo proyecta.”

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¿Es tan malo que ya es bueno?

La construcción (¿arquitectura?) brutalista es una corriente que se caracteriza por una exhibición de estructuras, materiales y gestos formales, que se acercan, en la mayoría de los casos, a una especie de primitivismo expresionista. Por fortuna, estos despliegues de músculo narcisista fueron casi siempre realizados en contextos a los que podían hacer el menor daño posible. Hay casos excepcionales y notables: el Barbican Center de Londres –que por sí mismo no es mala pieza– pero el cual siguen lamentando, por su agresividad, tantos londinenses.; y el edificio de la escuela de arquitectura de Yale de Paul Rudolph, cuya evidente hostilidad fue contestada por lo menos dos veces por los propios estudiantes, que lo incendiaron en ambas ocasiones.

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