2 enero, 2017

¿Es tan malo que ya es bueno?

por Juan Palomar Verea

Gabriel Camarena decía que para hacer esta enorme estramancia de concreto se había destruido la casa solariega del mayorazgo de Porres Baranda (o de algún otro que la memoria confunde). Es el mayor y más grotesco monumento al coche que hay en el centro de Guadalajara. Una serie de llantas de cemento inflado que le dan vuelta y vuelta a la esquina de Morelos y Parroquia, en la mera contraesquina de la colonial iglesia de Jesús María.

Es, probablemente, lo que se conoce como construcción (¿arquitectura?) brutalista. Es ésta una corriente que estuvo de moda en los años sesenta y setenta del siglo pasado en diversas partes. Se caracteriza por una exhibición, efectivamente brutal, de estructuras, materiales y gestos formales, que se acercan, en la mayoría de los casos, a una especie de primitivismo expresionista. Por fortuna, estos despliegues de músculo narcisista fueron –en las ciudades civilizadas- casi siempre realizados en contextos a los que podían hacer el menor daño posible. Hay casos excepcionales y notables: el Barbican Center de Londres –que por sí mismo no es mala pieza- pero el cual siguen lamentando, por su agresividad, tantos londinenses. Otro es el edificio de la escuela de arquitectura de Yale, debido a Paul Rudolph, cuya evidente hostilidad fue contestada por lo menos dos veces por los propios estudiantes, que lo incendiaron en ambas ocasiones.

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Alejandro Zohn, entre nosotros, de repente se inscribía en el brutalismo, dentro de su versión más refinada: el Archivo del Estado, por ejemplo, por avenida Alcalde.

El estacionamiento de las llantas de concreto tiene una particularidad: es, virtualmente, un monolito, ya que su espiral de hormigón se extiende sin interrupción desde el nivel de la banqueta hasta su último piso. Esto, por lo menos le presta cierta integridad y consistencia a la gran mole. Más o menos recientemente se le quiso agregar un techo de corriente lámina que quedó a la mitad, todavía más arriba. Ojalá que atinen a quitárselo.

De cualquier manera, y por más benevolencia que se aplique, el estacionamiento sigue siendo tan espantoso hoy como en su primer día. Es tan malo que, por pura perversidad, pudiera ser bueno. Es una gravísima anomalía del centro, (no tan) increíblemente permitida por el Inah y demás autoridades. Afortunadamente, los coches van en irremisible salida. En algunos años las instancias locales, siguiendo, como siempre tardíamente, las enseñanzas de ciudades más avanzadas, terminarán por limitar drásticamente el acceso de los vehículos particulares al primer cuadro citadino. Por elemental sobrevivencia.

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¿Qué se hará entonces de tanto estacionamiento? ¿Qué pasará con el “Michelin” de concreto que nos ocupa? Fácil: un edificio mixto. Dos plantas de comercio, servicios y oficinas. Y lo demás de viviendas. Gracias a su sencilla planta y a lo suave de la pendiente continua es perfectamente posible hacer adecuadas plataformas ligeras y otros ajustes con lo que el edificio se adecuará a las nuevas y mucho más benéficas funciones.

Tenemos, como ciudad, que ver cómo componemos tanto destrozo. Los edificios de estacionamientos del centro han sido, en su mayor parte, una agresión frontal a la imagen patrimonial y al sano funcionamiento de la ciudad. Es hora de, paralelamente al ordenamiento de la movilidad, ir viendo cómo se habrán de reciclar estas estructuras. Adaptaciones, demoliciones parciales, reusos inteligentes. Con el estacionamiento redondo, el tremendo y rotundo “Michelin” de concreto por delante.

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