23 enero, 2018

El futuro es un no lugar

por Pedro Hernández Martínez | @laperiferia

 

El 5 de diciembre de 2016, Amazon, el gigante de las ventas online, publicaba en su perfil de YouTube un vídeo titulado Introducing Amazon Go and the world’s most advanced shopping technology. La idea era tan sencilla como radical, y parecía sacada de una historia de una ciencia ficción, pero con un nivel de realismo que hacía preguntarse por qué a nadie se le había ocurrido antes: Amazon proponía el primer supermercado en el que no sería necesario servicio ni personal, se puede entrar, tomar los productos que necesites y salir sin pasar por caja. Sin colas. Una app en nuestro dispositivo móvil es la que reconocerá qué hemos seleccionado y nos cobrará de manera automática. Las intenciones eran simples: reducir costos a partir de la reducción de personal y aligerar el proceso de compra, haciéndolo más rápido, al tiempo que ampliaba el concepto: oculto tras de los espacios de compra, un grupo de cocineros y trabajadores se dedicará a preparar platillos al momento. Amazon veía en su propuesta el futuro del comercio minorista: un extenso conjunto de cosas al alcance de la mano donde no necesitamos esperar. Para unos será un alivio especial, aquellos cansados de hacer cola a la hora de ir a la tienda de la esquina — sea una pequeña de abarrotes o cualquier franquicia tipo Oxxo, Circle K o Seven Eleven; para otros, una amenaza: el trabajo de cajero es el segundo más común en los EE.UU.

Aquel vídeo, una primera ilusión, se hizo realidad esta semana en Seattle con la apertura de la primera tienda de la compañía que resume estas características. Curiosamente, el tan anunciado comercio sin colas rebasó sus espectativas y los primeros usuarios tuvieron que esperar para poder comprar en el nuevo modelo de negocio. Pese a ello, fue un éxito, y cientos de usuarios compartieron en sus redes sociales qué tan fácil y práctico les había resultado. Aun así, ya sabemos, las modas son pasajeras; habrá que esperar un tiempo para ver qué tan bien funciona la propuesta y si se expande en el futuro a otros lugares, aunque todo apunte a que sí, a que nos encontramos con el primer negocio en su tipo.

El futuro — en las compras, al menos — será más rápido y fugaz, y, aparentemente, más accesible para el usuario. Amazon lo cree, y ya ha anunciado la compra de una cadena de supermercados, la aparición de una sección de bienes raíces en la empresa y la redefinición de su entrega a domicilio con la venta de productos frescos.

En un mundo como el actual, donde parece todos tenemos prisa aunque en ocasiones no sepamos por qué, los espacios tradicionales comienzan a transformar el sentido de su uso de acuerdo a los nuevos sentidos que otorga la tecnología. Bien es cierto que los supermercados, todos iguales y parecidos (sea el lugar del mundo que sea), ya eran aquellos entornos entendidos desde el anonimato, “no-lugares”, tal y como los definió Marc Augé, entornos donde lo social, el encuentro, se sustituye por el tránsito. Sin embargo, esta propuesta supone un paso más, no sólo permite un proceso más rápido y barato, sino que también reduce al mínimo la interacción social; la tecnología sustituye cualquier posibilidad de diálogo: será un algoritmo el que se encargue del proceso y el que, más temprano que tarde, aprenderá a reconocer nuestros hábitos de consumo. Ahí podemos ver el siguiente paso, la llegada de ofertas personalizadas de acuerdo a nuestras prácticas; y el siguiente a éste, la transformación y predicción de nuestros deseos y la producción de consumidores, transformados en meros números: lo que compras, lo que vendes, la cantidad de veces que haces uso del servicio…

Un modelo que no está reñido con la producción de una ciudad que puede ser cada vez menos inclusiva. Perdón por sonar pesimista, pero ya la ciencia ficción —que había imaginado antes un comercio sin colas — ha dado muestras de un posible síntoma futuro en el que las relaciones sociales o el acceso a los lugares se plantean en esos términos: frente a la posible democratización de los lugares de compra que cabría pensar de estas tecnologías, ¿podremos imaginarnos tiendas a las que solo se pueda acceder con apps-vip, limitadas a aquellos usuarios que puedan pagarlas o, como plantea Black Mirror en uno de sus célebres episodios —Nosedive—, puedan acceder a ellos por estar bien valorados según alguna forma de voto?

No es tan difícil de imaginar. En el mencionado capítulo de la serie, los habitantes de la historia sólo pueden acceder a determinados lugares de la ciudad o hacer uso de determinados servicios de calidad si su puntuación social —otorgada por las sonrisas que sean capaces de emitir ante los demás y por el voto de estos— lo permite. Las apps, los algoritmos, el Big Data, son, sin duda, los modelos de control y exclusión social más extendidos hoy. Ellos no ven a los usuarios como personas con cuerpo, sino como meros datos definidos desde la eficiencia y rendimiento: aquellos que, de acuerdo al código sean reconocibles como buenos consumidores, pueden acceder a ellos. En tales términos, el capitalismo se esforzó durante mucho tiempo en convertir el espacio de las interacciones sociales —aquellas no mediadas por las apps o el comercio— en anomalías a evitar. Ya centrados en la ciudad, lo que interesa es reducir las posibilidades de un lugar a sus condiciones de consumo. La tecnología móvil, ubicua, hace posible eso. Y ello requiere infraestructura, aparentemente no visible o que, al menos, no estorbe. En el caso de Amazon Go, un conjunto de cámaras y otros sensores ubicados en el techo de la tienda registran el progreso de los consumidores a través de la tienda: qué toman, qué dejan, qué se llevan, etc.

La aparente libertad que deriva del avance tecnológico conlleva también un reverso siniestro: la cesión de nuestra privacidad a las manos del comercio privado, seguramente no tan malicioso como suena aquí descrito, pero opaco, finalmente. ¿Qué pasará más allá?, ¿será algún tipo de antecedente de los modelos de consumo que que vengan después?, y, a sabiendas que el espacio público es hoy, más que nunca, un reflejo de los espacios de consumo, ¿le afectará esta tecnología también? Falta mucho para ello, sin duda. El costo de la infraestructura para una tienda de estas características es muy alto aún y su fase es aún experimental. Pero no es descabellado pensar que, quizá en un universo distópico, el acceso a un lugar –pretendidamente público– pueda estar controlado a través de una tecnología como ésta, aparentemente inocua pero que se despliega y se desliza en nuestra vida invadiendo en nuestra privacidad. Ése parece el único destino posible que le queda a la ciudad, cada vez más vendida al consumo y la especulación.

La pregunta que nos queda sería otra: ¿a quién pertenecerá la tecnología que lo haga posible?

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