31 agosto, 2016

Cruising: una ética de lo público

por Víctor Altamirano | @victoralt

Ciudades Paralelas es el inicio de una serie de entrevistas y reflexiones en torno a las formas marginalizadas de habitar la ciudad, formas que existen a pesar de los discursos unificadores que buscan volverla para una clase única de urbanita: la ciudad de las mujeres, la ciudad de los peatones, la ciudad de los que no tienen un techo y la ciudad de los afectos distintos serán algunos de los segmentos que buscamos abordar. Iniciamos con esta pregunta: ¿se puede hablar de que las políticas públicas de la ciudad son incluyentes o representativas de una comunidad que rebasa los límites de la marcha LGBTTTI anual y de las demandas que esta misma plantea?; ¿a quiénes dejan de discriminar las legislaciones que combaten la discriminación?; ¿quiénes no están en ese “público” que presuponen las políticas públicas incluyentes? Pensando la relación unívoca que las políticas públicas pretendieron establecer entre la ciudad y la comunidad gay, en Arquine publicaremos textos que nos permitirán diluir, desde todas las aristas que nos sean posibles, parte de su andamiaje. El diálogo se establecerá a partir de las diferencias, de las múltiples maneras de vivir lo gay en la ciudad. Esperamos que esta primera exploración nos permita fragmentar la visión construida en torno a lo urbano por parte de quienes toman decisiones y de quienes se conforman como una oligarquía.

 


 

Sexo en parques, sexo en la calle, sexo en vapores, sexo en el metro, sexo en cines. Sexo público, sexo semiprivado, sexo privado. Miradas de reconocimiento, arrimones, mamadas: intimidad pública. Las sexualidades divergentes —no sólo la homosexual— han creado varios lenguajes urbanos para satisfacer sus necesidades físicas y comunitarias, se han apropiado de lugares públicos para tener encuentros, para generar comunidad con todas las implicaciones de esta palabra: intimidad, transmisión de conocimiento, creación —y rechazo— de identidades, reconocimiento en el otro y perpetuación de la alteridad. De todas éstas, el cruising —que pareciera tener a su pariente cercano en el honorable flâneur parisino por su apertura a la ciudad— es probablemente la más afamada.

La ciudad, como espacio urbano distinto, se sustenta en los encuentros con la alteridad. Las ciudades no son grandes pueblos. Por el contrario, son espacios en los que se está en continua comunión con el otro y que, por consiguiente, generan lenguajes de vida e interacción con el espacio que serían impensables en comunidades más pequeñas. En los espacios públicos, cada individuo convive con otros sin que haya una función específica que determine esa interacción. Desde finales del siglo XX y en lo que va de éste, el discurso de segurización —ese intento por vigilar todos los espacios, por eliminar cualquier riesgo posible a costa de la comunidad misma y las libertades— ha llegado a catalogar el contacto indefinido con los otros como algo riesgoso. Abrirse al otro, del que nunca se sabe lo que desea (el famoso che vuoi? lacaniano), es abrirse al riesgo de lo desconocido, de la destrucción de la seguridad y las normas. La ciudad —en particular los espacios públicos— nos enfrentan continuamente a este che vuoi? Desde el encuentro con un extraño en el metro hasta la interacción momentánea con los vecinos o con otro comensal en un puesto de gorditas, todo encuentro en la ciudad está determinado por esa pregunta continua. Sin embargo, este riesgo continuo del yo, este enfrentamiento urbano a la otredad, no debería ser sinónimo de peligro.

De hecho, en The Death and Life of Great American Cities, Jane Jacobs caracteriza este encuentro riesgoso con el otro como una disminución factual del peligro. Jacobs festeja el flujo de personas en su calle, a los muchos visitantes a un bar cercano, visitantes de diversas clases, desde obreros hasta turistas y literatos, porque es justamente este encuentro continuo con el otro, este desafío continuo de la homogeneidad, lo que mantiene segura su calle por las noches: lo que le permite deambular por la ciudad a oscuras.

La muerte de las grandes ciudades que Jane Jacobs comienza a trazar en la década de 1960 ha encontrado su apogeo en las grandes urbes actuales, donde se invita a todos a pensar que cada individuo, cada persona con la que uno se encuentra puede ser un terrorista, un asaltante, un violador, un secuestrador. En las grandes urbes el riesgo del encuentro con el otro ha sufrido una transformación ideológica que lo convierte en un peligro y justifica así una transformación que busca desaparecer todos los espacios públicos, con la excusa de la seguridad y en favor del mercado. (Tan sólo pensemos en el discurso que fundamentaba al Corredor Cultural Chapultepec: la calle es un espacio peligroso, por lo que su privatización, convertirla en un gran centro comercial, nos salvaría de los peligros que la acechan.)

La Ciudad de México, como buena metrópoli occidental, solía contar con muchos espacios públicos que habían sido reclamados por sus habitantes para el cruising, sin que por ello fueran espacios donde sólo existía este tipo de encuentros. Parques (la Alameda, el Parque Hundido y el “Caminito Verde” en la UNAM), cines porno (el cine Teresa), baños (el Finisterre) y barrios (Zona Rosa) se cuentan entre los más públicos. Existen, además, espacios más privados, los famosos lugares de encuentro y clubes de sexo, de los que su razón de existir es únicamente el cruising. Los más públicos de estos espacios, como ha ocurrido en todo el mundo, han desaparecido —o están en proceso de desaparición— gracias a proyectos económicos de “rescate” que en realidad buscan privatizar los espacios y reducir a las mercantiles el tipo de interacciones que ocurre en ellos.

La protección del Espacio Escultórico de la UNAM, provocada en parte por un incendio, hizo que desapareciera el Caminito Verde. La remodelación de la Alameda, que buscaba convertirla en un espacio turístico y familiar, algo que en realidad ya era, acabó con el cruising nocturno en sus pasillos y entre sus árboles. La conversión del cine Teresa en un pequeño centro comercial acabó con un espacio de interacción y esparcimiento (sexual) para convertirlo en un lugar regido sólo por el consumo, lo que sin duda siguió el modelo de rehabilitación de Times Square que terminó por completo con sus diversos cines porno para transformarla en un espacio destinado al turismo, uno que incluso rehúyen los habitantes de la ciudad. Un espacio público se convirtió en un espacio exclusivamente comercial, donde cualquier tipo de interacción —no sólo la sexual— está determinada por las necesidades del mercado.

Las intenciones para Zona Rosa parecieran ser las mismas. Esta subsección de la colonia Juárez, que podría considerarse un barrio en sí misma, ha estado inmersa en proyectos fallidos de recuperación desde hace varias décadas. Zona Rosa es un lugar particularmente importante para la “comunidad” gay, a pesar de no contar con la carga histórica de otros barrios de este tipo como Castro en San Francisco o Chueca en Madrid. En él se concentran bares, sex shops con sus respectivas cabinas, varias ONG y cruising callejero. En Zona Rosa conviven las diversas “comunidades” gay, sin importar que sea preeminentemente juvenil, y sirve como un punto de encuentro entre subculturas y como espacio libre para ejercer y buscar una identidad sexual. Zona Rosa, como barrio, funge como un espacio público para sexualidades divergentes, como un espacio de interacción entre clases y entre generaciones. Además, como bien menciona José Ignacio Lanzagorta, es un lugar que siempre ha mantenido una actividad económica importante. Por lo tanto, el rescate de Zona Rosa tiene menos que ver con un rescate económico que con un proceso de privatización de los espacios públicos —y de la intimidad— que forma parte constitutiva de la construcción de nuevos mercados que dicta el sistema neoliberal y su idea de ciudad.

¿Por qué es tan importante la privatización de la intimidad que conlleva la privatización de este tipo de espacios de cruising? Las sexualidades divergentes funcionan afuera de una lógica normalizadora o en respuesta a ella, simplemente porque son ajenas a ésta. Lo anterior no implica que sean revolucionarias, simplemente sugiere que tienen la posibilidad de serlo. Cuando se habla de heteronormatividad, a lo que se hace mención es a un conjunto de aparatos —en ocasiones contradictorios— que establecen un tipo específico de sexualidad imaginada como algo natural. Existen sexualidades no heteronormadas dentro los encuentros entre hombres y mujeres, y existen sexualidades entre personas del mismo sexo que buscan conformarse con un modelo de normalidad. La heteronormatividad actual surge en el siglo xix, y se corresponde con una estratificación específica de lo privado y lo público. Como mencionan Michael Warner y Lauren Berlant en su ensayo “Sex in Public”, es un aparato ideológico que da a la separación entre familia y trabajo un aspecto de normalidad: en vez de presentarse como una consecuencia de las divisiones económicas imperantes se convierte en el sustento natural que pareciera justificarlas.

Este tipo de división oculta una más: al separar la esfera pública de la privada, también se determina el tipo de actividades que es permisible ejercer en el exterior, en público, y por consiguiente se despolitiza una sección particular de la vida humana. De acuerdo con Foucault, la biopolítica es uno de los sustentos ideológicos esenciales del liberalismo. La biopolítica es el dominio ideológico de los cuerpos, la separación entre aquello que merece vivir y aquello que no, pero también es la división entre aquello que merece ser objeto de lo político y aquello que no. Por lo tanto, la heteronormatividad es un ejemplo de biopolítica en funcionamiento.

En este sentido, la expresión pública de la intimidad —y es importante no confundir intimidad con privacidad— implica una repolitización de categorías excluidas, al mismo tiempo que desafía las normas de aquello de lo que es permitido hablar y cuestiona la idea misma de normalidad que sustenta al sistema ideológico reinante. La desaparición de espacios públicos en favor de espacios de mercado desaparece las posibilidades políticas latentes en estos espacios y es antidemocrática —en el sentido más noble de esta palabra. Según menciona Wendy Brown en Undoing the Demos, la subsunción de todos los espacios —físicos, mentales y emocionales— en el mercado forma parte del proyecto neoliberal de despolitización: el abatimiento del homo politicus en manos del homo oeconomicus.

El cruising, como forma de vivir la ciudad, se establece precisamente en este punto de encuentro con la otredad, una forma particularmente ética de encuentro con el otro que genera la ciudad en lo público. Al final de Unlimited Intimacy. Reflections on the Subculture of Barebacking, Tim Dean propone el cruising como modelo ético de encuentro con el otro, un modelo que va más allá de los encuentros sexuales. El cruiser deambula por la ciudad abierto a los encuentros con el otro, no vive la ciudad buscando encontrar objetos que satisfagan su deseo. Por el contrario, simplemente tiene una actitud de apertura a la otredad en la que el deseo insondable del otro puede encontrarse con el suyo, sin que por ello busque integrarlo a su universo, sin que por ello destruya su alteridad.

Según Samuel Delaney, existen dos tipos de cruising, aquel que deambula por la ciudad sin buscar nada específico y que está abierto al contacto con los otros: con el otro. Esta variante reniega de separaciones de clase y sociales, se abre a la posible pareja sexual sin buscar cualificaciones previas que se conformen con un estándar de lo aceptable. La otra variante suele suceder en espacios menos públicos y busca el encuentro con aquellos que son iguales a ti, que pertenecen a un mismo grupo o con los que hay un cierto grado de reconocimiento. Delaney llama a esta variante networking, y, ante la privatización rampante de espacios, pareciera ser la única que actualmente tiene capacidades de supervivencia.

Una de las críticas comunes al cruising es que nace de la soledad y la inadecuación. Es el deseo de un individuo solitario por satisfacer sus necesidades sexuales de modo fugaz y no íntimo. Sin embargo, esta crítica se fundamenta en una idea de intimidad que es profundamente artificial, aquella que tiene como punto álgido el hogar familiar. Negar la profunda intimidad que se puede encontrar en un encuentro casual, en una plática momentánea o en la observación deseosa porque no se corresponde con un modelo específico y normativo de los encuentros niega la vastedad de interacciones posibles entre individuos; niega la posibilidad de individuación que existe en el encuentro con el otro y oculta los juegos de poder y la objetivación profunda que se puede encontrar en las relaciones íntimas socialmente sancionadas.

Por otro lado, estas críticas encubren una función social importante que no se ha resuelto en la nueva “aceptación” de las sexualidades divergentes. Estos encuentros íntimos y fugaces no sólo satisfacen el deseo, también generan comunidad. Pongamos un ejemplo claro y poco conocido: fue la comunidad homosexual que se reunía en parques y baños quienes inventaron el sexo seguro. La alienación del sexo reproductivo —y de sus funciones económicas— enseñó a muchos hombres que el placer no se encontraba solamente en la penetración, las prácticas sexuales de homosexuales y lesbianas son, por mucho, más amplias que aquellas que se enseñan y comunican a los heterosexuales como prácticas naturales. (Una vez más, esto no quiere decir que la sexualidad heterosexual sólo sea penetrativa, lo que implica es que la sexualidad que se enseña sí lo es.) Estas formas no penetrativas de sexualidad se han enseñado de generación a generación en este tipo de lugares, y durante los puntos más crueles de la epidemia del SIDA en la década de 1980, cuando nadie hacia nada por los miles de homosexuales que morían, fueron estas prácticas y un sentido comunitario lo que permitió su contención, no las políticas públicas.

Paradójicamente, estos lugares fueron designados en todo el mundo como “focos de infección”, como lugares de riesgo y, también durante los peores momentos de dicha epidemia, se inició una campaña por sanitizar los espacios, una campaña que estaba totalmente ligada con la privatización de todo lo público.

En el documental Chemsex, producido por VICE en 2015, se habla de una nueva epidemia que azota a los homosexuales londinenses, en específico, pero que también afecta a la mayoría de las urbes en mayor o menor medida. Chemsex son encuentros sexuales fortuitos auxiliados por drogas —principalmente crystal meth, GHB/GBL, ketamina y mefedrona— y ha sido un factor determinante en el aumento de los contagios de VIH en todo el mundo. Las fiestas en las que ocurre este tipo de encuentros suelen organizarse a través de internet, particularmente de aplicaciones como Grindr o Scruff y se pueden categorizar dentro del segundo tipo de cruising: networking. Se trata de encuentros entre iguales desconocidos. Durante el documental un tema resurge una y otra vez, aunque su exploración, en el mejor de los casos, resulta liminar: se trata de jóvenes que carecen de una comunidad, que llegaron a Londres y se encontraron con la ausencia o la desaparición de los bares gays y los lugares públicos de encuentro, por lo que su forma de buscar intimidad es precisamente en privado, donde la sociedad dicta que debe mantenerse la intimidad.

El uso de drogas en el sexo no es algo nuevo. Sin embargo, los diversos sistemas comunitarios que se habían establecido en los espacios públicos solían mantenerlo, con algunas excepciones, como un mero sucedáneo del placer. La desaparición de espacios públicos en los que se pueda dar la intimidad convierte el chemsex en el único tipo de comunidad al que estos jóvenes parecieran poder acceder. No olvidemos que Londres es una de las ciudades más gay friendly del mundo. Esta categoría, a la que ahora pertenece la Ciudad de México, es simplemente turística y, como tal, comercial. La ciudad anuncia que está abierta a hacer negocios con un tipo específico de turistas, anuncia la existencia de negocios específicos y normas de tolerancia, no la celebración, presencia o construcción de una comunidad.

La destrucción de los espacios públicos y la reducción del cruising a networking genera profundos problemas en individuos que pertenecen a comunidades alienadas. La heteronormatividad es una utopía normativa y, como todas las de este tipo, genera profundas ansiedades en todos los individuos que son sus sujetos debido a la imposibilidad de adecuarse a ella. Sin embargo, la existencia de espacios públicos en los que estas normas se transgreden a la vez que se generan comunidades y encuentros con la otredad resulta profundamente útil para contrarrestar estas frustraciones y sus dañinos efectos. La desaparición de los espacios públicos de cruising no es una cruzada del conservadurismo, por el contrario, está profundamente arraigada en el (neo)liberalismo y en su construcción de mercados. No olvidemos que no son sólo los lugares de encuentro los que desaparecen del espacio público, sino los espacios públicos en general: lo que se busca es integrar todo al mercado y eliminar sus tintes políticos.

Ante la segurización y mercadización de todas las áreas de lo humano, el cruising como actitud de contacto y apertura hacia el otro, como generador de comunidades y contrapúblicos, se revela, efectivamente, como una actitud ética: como una respuesta a la exigencia de consumir, de objetivar perpetuamente al otro.

 

ARTÍCULOS DEL MISMO AUTOR./