4 septiembre, 2014

Arquitectura sin arquitectos (II)

por Juan Carlos Cano | @canoveraoo

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Para tratar de entender las ciudades contemporáneas hay que entender sus periferias. Esos sitios en apariencia informes que atestiguan el brutal crecimiento demográfico, el flujo humano de la vida rural a la vida urbana. Poblaciones enteras aparecen de la noche a la mañana, sin importar que no existan infraestructuras, servicios o equipamientos; luego se van formalizando, crecen y se convierten en urbanizaciones paralelas a la ciudad a la cual se anexaron. Así, una serie de viviendas autoconstruidas ocupan un espacio antes vacío donde sus habitantes se organizan, conscientes de que son pioneros especialistas en la improvisación y el oportunismo, y comienzan a levantar viviendas precarias, efímeras, pero que con el tiempo se ampliarán, se subdividirán, cambiarán de uso, se volverán a ampliar, sin más reglas o limitaciones que aquellas que les permita la economía y la intuición. Son las periferias inciertas, lugares donde la vida cuelga de un hilo.

Hay algo de heroico en estos pioneros. Saben que juegan contra las reglas y al mismo tiempo saben que en realidad no hay reglas, por el contrario, ellos están creando las directrices de la urbanización contemporánea. Han arribado a territorios inexplorados y los han transformado en barrios. Llegan a la ciudad con la ilusión de encontrar, si no un paraíso, al menos la salvación y terminan creando una nueva manera de entender el funcionamiento de la convivencia urbana. Es notorio el alejamiento de la mayoría de los arquitectos y urbanistas hacia este fenómeno. Las últimas hebras del tejido urbano se han autoconstruido en un aparente desorden alejado de los planes de los “especialistas”. Ellos llegan después, entre fascinados y anonadados, impotentes ante la contundencia de lo sucedido. Algo similar ocurrió a finales del siglo XIX cuando los arquitectos se mantuvieron al margen de las innovaciones estructurales y fueron los ingenieros los que vislumbraron el futuro. Hoy en día, el crecimiento informal de las ciudades va marcando la pauta de los ejercicios de diseño y planeación urbana. Ya no hay utopía, hay una realidad improvisada y expandida cuyas repercusiones apenas hemos empezado a  asimilar.

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Ante estas situaciones, de pronto aparecen miradas frescas que no pretenden analizar ni solucionar los problemas, simplemente mostrarlos con franqueza. Miradas laterales que sirven como relatos del presente. Una de estas es la que actualmente se exhibe en el Museo del Chopo de la Ciudad de México, la exposición Arquitectura sin arquitectos de Sandra Calvo. Al sumergirse en una investigación de los procesos de autoconstrucción en Colombia, ella se acercó a una familia que estaba en vías de ampliar su casa en Villa Gloria, Ciudad Bolívar, un barrio de Bogotá, y juntos idearon un método para tomar las decisiones del crecimiento de su vivienda. Un ejercicio de observación y participación que terminó siendo un sistema lúdico y eficiente para facilitar los procesos de autoconstrucción. La familia y Sandra Calvo, junto con todos los que aparecieran por ahí y quisieran colaborar, tomaron la casa existente como punto de partida y construyeron con hilos las posibilidades futuras de la vivienda. Utilizaron un código sencillo: hilo negro para los muros, puertas o ventanas en los que la familia estuviera de acuerdo, hilo rojo para aquellos elementos donde existía discrepancia. De esta manera, el crecimiento quedaba visualizado en tercera dimensión y se podía discutir in situ sobre las ventajas o desventajas de hacer tal o cual cosa. El resultado es sorprendente, el método funcionó como un verdadero sistema de organización para la toma de decisiones en el proceso de construir una vivienda. Los hilos crean espacios imaginarios fácilmente comprensibles para los habitantes de la casa. La virtualidad espacial hace más evidentes los probables errores que surgirán durante la construcción, los encuadres de las vistas, los recorridos. Además, la recreación abstracta de cada ventana, de cada ladrillo, sirve para entender no sólo el espacio sino la probable textura del material que lo va a contener.

Al mismo tiempo, los hilos en el aire tienen otro significado, muestran, como dice Calvo, “una obra en estado de apuntalamiento, un gesto escultórico en estado de equilibrio infinito e inestable”. Aquí está representada cierta fragilidad vivencial, la vida colgada de un hilo, las condiciones precarias de la vivienda, la inestabilidad física de muchas de las construcciones, pero sobre todo la inestabilidad de vivir al límite de las reglas. Una condición relativa, ya que la noción de legalidad en los barrios periféricos es prácticamente irreal. No existen permisos de construcción, evidentemente nadie va a contratar a un arquitecto, los reglamentos son casi nulos, la corrupción enorme, y por lo tanto el riesgo de ser expulsado o desalojado depende de la habilidad con la que uno se mueva. En estos sitios la certeza de la propiedad no existe, todo está a medio construir, a medio hacer, no sólo la materia física sino el completo entendimiento de la interacción social. Por otro lado, estos hilos también se pueden entender de otra manera, los hilos que unen los vínculos afectivos de la solidaridad que se da entre los familiares que participan en la construcción de la casa. Una solidez sin la cual es difícil comprender la supervivencia.

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En el Museo del Chopo se presenta la construcción con hilos de una vivienda y sus códigos, así como videos y fotografías del proceso de construcción real en Colombia. Sería un error ver este trabajo como una “pieza” artística aislada. Si bien la construcción con hilos es sorpresiva y la manufactura precisa e impecable, no se puede comparar con la fuerza que estos hilos llegan a tener en el sitio de la construcción, en su contexto natural, donde el propósito principal es servir de guía para una construcción sólida. Estos hilos efímeros sirven para tomar decisiones y su destino es desaparecer. Son parte de un proceso poco común:  “habito, mientras construyo, mientras proyecto”, en vez del ortodoxo: “proyecto, luego construyo y después habito”.

Según ONU-Hábitat, en 1975, 500 millones de personas vivían en barrios informales . Su previsión para 2015 es que esa cantidad se incrementará hasta los 1300 millones de personas. Una cifra que representa el 43% de la población urbana en lo países en desarrollo. Este es el  presente y el futuro de nuestras ciudades. La autoconstrucción ya es la cotidianidad. Un ejercicio vital que posee unas reglas particulares en las que la única prohibición es quedarse estático. Cuando empezamos a entender el fenómeno, este ya ha mutado. El caos aparente de estas construcciones es simplemente otro orden, aquel de las soluciones adaptadas a sus circunstancias. La paradoja es que las ciudades autoconstruidas no tienen una tradición sobre la cual cimentarse ni qué conservar pero tampoco son algo que se debe erradicar y combatir. Es una práctica eficiente y mejorable de ocupación del terreno que usa los escasos recursos a su disposición. Son hilos complejos que se pueden desanudar en cualquier instante, pero que forman una trama sólida bajo el aire, invisible sólo para aquellos que no alcanzar a distinguirla entre tanta transparencia.

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